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Miércoles, 03 de Junio de 2020
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Antonio López: “No creo que salgamos mejores de esta crisis”

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Vía madrileña son ahora más realistas que nunca por culpa de la pandemia. Cuando ha visto las fotografías de las ciudades vacías ha apreciado el valor estético, pero le impacta la falta de vida y una soledad que para él ahora es más real que nunca. El 17 de febrero murió su esposa, la pintora María Moreno, de la que no se había apenas separado desde que se conocieron en la Academia de Bellas Artes. Pocos días después, se proclamó el estado de alarma y la reclusión le impidió salir a retratar la ciudad. No le importa porque tiene mucho trabajo por hacer. En una entrevista telefónica cuenta que en su estudio esculpe un autorretrato y en su domicilio está convirtiendo en pinturas los bocetos del interior de la casa que comparte con su hija Carmen, muy próxima a la vivienda de su otra hija, María.

Pregunta. ¿Cómo se encuentra?

Respuesta. Digamos que bien. Han sido muchos años de enfermedad de Mari durante los que ella me ha seguido acompañando. En el estudio, en los talleres que impartía…

P. Después del golpe personal llegó la pandemia. ¿Cómo le afecta en su trabajo?

R. Los escritores o los artistas, en general, trabajamos solos, en silencio. Estoy acostumbrado a eso y lo que necesito es aislamiento. El problema es para quienes hacen otro tipo de vida, y lo que más me preocupa es la situación económica que algunos ya están padeciendo.

P. ¿En qué trabaja?

R. En un autorretrato. El segundo que me hago en mi vida. El primero fue un busto que hice junto a otro de Mari. Este se me ocurrió a partir de una fotografía antigua de cuando yo tenía 6 meses. ¡Es un bebé de la República!

P. Supongo que ha aparcado las vistas de la Gran Vía madrileña en las que trabajaba hace tiempo.

R. Sí, claro. Las estaba haciendo desde lo alto de diferentes edificios a los que ahora no se puede entrar.

P. ¿Qué siente cuando ve la Gran Vía vacía de personas, como usted la ha pintado?

R. Esos cuadros míos tienen una atmósfera onírica. En realidad, salieron así porque primero pintaba los edificios y todo lo que se movía lo dejaba para después (las personas, las nubes). Me gustaron y así se quedaron: sin gente. En mis primeros paisajes urbanos sí que incluí algún personaje. Como la glorieta de Atocha (1956) con un hombre y una mujer, pero no me gustó mucho.

P. Su Gran Vía más reconocida es la de 1974.

R. Sí. La empecé a pintar en el verano de 1974, con Franco vivo y la terminé en 1980. Me la compró el padre de Mari Luz Barreiros para regalársela a su hija. He pintado muchos paisajes de ciudades, las vistas más próximas y que más me han sorprendido por diferentes razones. A Madrid, como la ciudad en la que vivo desde hace tantos años, la he retratado mucho.

P. Por las circunstancias ha retomado los paisajes interiores.

R. Son rincones de mi casa de los que en los setenta hice una tanda de bocetos. Ahora los estoy convirtiendo en pinturas.

P. ¿Algún encargo público?

R. Apenas hay encargos. Estos días me han llamado de dos entidades religiosas. Una de Vitoria y otra de Madrid. No sé en qué quedará.

P. Se dice que es usted el último representante de la escuela de Madrid. En no mucho tiempo, además de su esposa, han muerto Isabel Quintanilla, Amalia Avia, Julio y Paco López Hernández, Esperanza Parada, Lucio Muñoz…

R. Una pena. Me he quedado solo. Nunca agradeceré bastante la exposición que a todos nosotros nos dedicó el Thyssen en 2016. Fue extraordinaria y realizada con un gusto y un respeto que reconoceré siempre. Mari no pudo venir a la inauguración, pero la recorrió un par de días después y quiero creer que se sintió muy contenta.

P. ¿Está pensando en algún homenaje o exposición en recuerdo de la obra de su esposa?

R. No. No pienso en esas cosas. Si surge de manera natural, se hará. Pero no estoy pensando en nada de ese tipo.

P. En estos días de encierro, ¿echa de menos ir al Museo del Prado como solía hacer para encontrarse con la obra de Velázquez y de Goya?

R. No, en absoluto. Lo único que me fastidia es no poder ir a visitar la tumba de mi esposa en el cementerio.

P. ¿Se distrae con la música o viendo películas?

R. Antes siempre trabajaba con música; lo dejé hace años que no. Prefiero el silencio. Sí me entretengo mucho con películas que les pido a mis hijas. Estos días he visto dos buenísimas: Diario de una camarera, de Luis Buñuel, y Reflejos en un ojo dorado, de John Huston.

P. ¿Es de los que cree que cambiaremos para bien después de la pandemia?

R. No. Soy de los que creen que nada cambiará porque el hombre no sabe escuchar. No creo que salgamos mejores. Estaría bien que hubiera un enfoque más austero de la vida. No porque nos lo impongan sino porque nosotros sepamos llegar a esa certeza. Tenemos una forma de vida muy invasiva, muy alejada de la naturaleza. El único objetivo en el horizonte es el dinero a costa de lo que sea y eso no puede ser.

P. ¿El arte puede jugar un papel importante en ese cambio de valores?

R. El arte siempre ha servido para cuestionarnos y buscar objetivos. Yo pienso siempre en los griegos, en el arte antiguo en general, donde el hombre se integraba de manera armónica con la naturaleza. Si le damos la espalda, no cabe hablar de esperanza.

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