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Viernes, 13 de Diciembre de 2019
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Barandal: Historia de un prófugo

  • El año que Duarte cambió
  • Fatídico mal karma

LUIS_VELAZQUEZ

PASAMANOS: En los seis años de Fidel Herrera Beltrán, Javier Duarte fue un joven político con un buen karma. Con todos hacía química dice su biógrafo. Conectaba bien. Se llevaba mejor.

Era dicharachero y jugaba bromas. Y se reía y hacía reír. Y se carcajeaba, con la risa estruendosa conocida por la mitad del mundo y la otra mitad. Gordito, transmitía energía. Energía positiva.

A la señora Rosa Margarita Borunda, la esposa del cónsul, le llamaba “mamá”. Los hijos de Fidel lo miraban y trataban como hermano putativo. Duarte se metía hasta la cocina de la familia. Incluso, a la recámara.

Todos los pendientes económicos que el góber fogoso iba dejando en el camino, en giras, en reuniones, Duarte los resolvía. De inmediato, fast track.

Gozaba de la absoluta confianza de Fidel y su familia.

Y desde luego, más, mucho más del gabinete legal y ampliado.

Incluso, nadie dudaría si asegurara que Duarte fue el candidato priista a la gubernatura y ganó…el cargo público se lo quedó a deber a la familia de Fidel, más, mucho más que a Fidel mismo.

Más todavía: todo indica que en el primer año del duartismo, Javier todavía arrastraba la buena vibra.

Pero…de pronto, hacia el segundo año, empezó a cambiar. Y por añadidura, a joderse. Y lo peor, a joder a Veracruz.

Camino a su Gólgota fue cuando aparecieron varios círculos del poder en su vida.

En el primer círculo, sus amigos Moisés Mansur, Jaime Porres y Franky García.

En el segundo círculo, uno que otro compañero del gabinete, entre ellos, Édgar Spinoso Carrera, Alberto Silva Ramos, Adolfo Mota Hernández, Érick Lagos Hernández y Jorge Carvallo Delfin, y a quienes se les conocía como sus guardias pretorianos, pues levantaron un muro Donald Trump a su alrededor. Nadie, por ejemplo, se le podía acercar…, salvo aquellos a quienes ellos mismos autorizaran.

BALAUSTRADAS: En el tercer círculo, quizá el primero, sus hermanos, y luego enseguida, la familia de su esposa, entre ellos, su suegro, Tony Macías.

En el cuarto círculo, la generación, digamos, químicamente pura del duartismo, Vicente Benítez, Juan Manuel del Castillo, Antonio Tarek Abdalá y Betty del Toro, entre otros.

En el quinto círculo, algunos de los viejos políticos, entre ellos, Ricardo García Guzmán, quien alardeaba de desayunar, comer o cenar una vez a la semana durante todo el sexenio.

Allí también estaba su contraparte, Mauricio Audirac Murillo, a quien entronizara como Contralor y secretario de Finanzas y Planeación, aun cuando tenía el sello fidelista.

Y en el sexto círculo, sus barbies. Mejor dicho, sus “amigas y confidentes”, asesoras.

Una de ellas, que lo acompañara desde el principio, incluso, desde la secretaría de Finanzas y Planeación, hasta, digamos, el quinto año del sexenio, luego de su derrota fatídica por la curul federal, Anilú Ingram Vallines.

Y por añadidura, una de las ladies con mucha, muchísima influencia en su hígado y en sus neuronas.

En el segundo año del sexenio también apareció Corintia Cruz Oregón, la regidora de Elizabeth Morales García, presidenta municipal de Xalapa, secretaria General del CDE del PRI y fallida candidata a la diputación local por el distrito de Xalapa.

Fue cuando Duarte dio un viraje en su vida.

Y de la noche a la mañana, con sus cuatro círculos de poder fatídico sufrió una transformación tan radical que la historia de Kafka con Gregorio Samsa se asemeja una caricatura.

Bipolar, irascible, influenciable, rencoroso y vengativo, fue también el tuitero que se atragantaba con las tortas de “La rielera”… que empezó a saborear en el fidelato cuando la familia del cónsul lo enviaba en el helicóptero, en vuelo especial, a Córdoba, por el paquete dietético.

ESCALERAS: El círculo más poderoso fue el de los amigos. Con ellos, los negocios lícitos e ilícitos.

Por ejemplo, solía encerrarse con ellos (Moisés Mansur, Jaime Porres y Franky García) en la Casa Veracruz a mirar películas, comiendo palomitas y Frutsis y alternando el vino con algo más fuerte para el estómago, alcohol. Primero, whisky, y luego, tequila, para estar a tono con Enrique Peña Nieto.

Así, amanecía. Desvelado y crudo, empezaba su tarea de gobernar y ejercer el poder hacia el mediodía.

En una que otra, digamos, emergencia, solía recibir a los secretarios del gabinete legal en piyama y chanclas, sin lavarse la cara, despeinado y alrevesado.

Era infrecuente, por ejemplo, que en rara y extraña circunstancia le programaran desayunos y/o eventos.

Y si era inevitable, ni hablar, llegaba 3, 4, 5 horas después.

Y le valía.

Y cuando llegaba se hacía el graciosito.

“Uno, decía, como gobernador se vuelve sexy” y se reía, mejor dicho, carcajeaba.

Luego, repuesto del aliento, vendía la esperanza:

“Si eres amigo de un gobernador te irá mejor en la vida”.

En el viaje sexenal, dueño del día y de la noche, jefe máximo de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y de las finanzas, y de las corporaciones policiacas, y jefe nato del PRI, y de las elites eclesiásticas, y de una parte sustancial de los medios, “fue de todo y sin medida”, recordando siempre las canciones de José José que le cantaba, tocando la guitarra, Fernando Charleston junior.

El resto de la historia la mitad del mundo y la otra mitad la conoce.

Hoy cumple 60 días prófugo de la justicia y a través del Twitter (que tanto sigue amando) ha reaparecido alardeando de sus llamados logros sexenales.

Su fama llega a lo siguiente: los histrionistas que llegan a la ciudad de Veracruz (los últimos, Adrián Uribe y Omar Chaparro en el Teatro Reforma) se dieron vida contando chistes a sus costillas ante unos fans carcajeándose “a mandíbula batiente”.

 

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