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Miércoles, 21 de Agosto de 2019
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Crisis de inimaginables consecuencias

A96DBBFE-0E46-4F94-84CF-027EA2F88B10Por Ramón Aguirre Díaz

En el “Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2019” se plantea un panorama complejo para el agua en el mundo, donde además de la necesidad de cubrir la demanda insatisfecha, deben tomarse acciones para atender un crecimiento en nivel actual de uso del agua esperado de un 1% anual, con lo cual para el año 2050 habría un incremento del 30 por ciento.

En el mismo informe se presenta un reporte sobre el “Nivel del Estrés Hídrico”, en el cual México (junto con países como India, China y España), tienen una condición crítica en la disponibilidad de agua por habitante, apenas
mejor de la que tienen países como Egipto y Arabia, donde se ubican los grandes desiertos del planeta.

Analizando la situación para el caso de México, es de destacar que se tienen grandes contrastes en materia hídrica, ya que mientras en estados como
Chiapas, Campeche o Tabasco el promedio de agua renovable es del orden de 16 mil 500 metros cúbicos por habitante al año (m3/hab/año), en otros estados como Aguascalientes, Guanajuato y Estado de México es de 450 m3/hab/año, unas 33 veces menor.

Hay que preguntarse por qué a pesar de esta problemática, no se tiene en el país una clara conciencia sobre el agua como un asunto prioritario por resolver.

Aquí es donde debemos distinguir entre el agua renovable y disponible, y el agua que no lo es y, por ende, se traduce en la ocupación de fuentes no sustentables ni sostenibles para el abasto a la población.

En las últimas décadas se ha venido abasteciendo a gran parte de la población mediante la extracción de agua que durante siglos se fue almacenando en los mantos acuíferos que hoy son la fuente de abasto más importante para las principales ciudades del país.

Un acuífero no es un río subterráneo, se trata de un almacenamiento donde el agua se encuentra en poros, grietas o fisuras que hay en las diferentes capas del subsuelo.

Cuando el agua que se extrae del acuífero mediante pozos es menor o igual al volumen de recarga anual, el acuífero se encuentra con disponibilidad o en equilibrio, pero cuando el agua extraída supera la recarga se está sobreexplotando al acuífero.

Más allá del tema de las posibles variaciones en la calidad del agua, la sobreexplotación de los acuíferos debe preocuparnos, porque la extracción del agua almacenada puede agotar sus reservas para el mediano o largo plazo.

Conforme a las estadísticas de la Comisión Nacional del Agua, en 2006 México tenía 32 acuíferos en sobreexplotación y para el 2018 la cifra llegó a 104, siendo los más críticos los de Guanajuato, Querétaro, Coahuila, Península de Baja California, Aguascalientes, Durango y el Valle de México.

Es evidente que el agua subterránea ha venido resolviendo de manera no sustentable el abasto en muchas zonas del país y es una práctica creciente, por lo que resulta necesario empezar a revertir esta situación que compromete seriamente la disponibildad del agua que se va a requerir en el futuro mediato. No atenderlo implicaría una crisis de inimaginables consecuencias.

 

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