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Viernes, 22 de Marzo de 2019
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Cuando vayamos los tuyos

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A Eduardo Rodrigálvarez (Bilbao, 1955) le gustaba la vida por encima de todo. La suya y la de sus muchos prójimos, a los que hacía tan felices como feliz se hacía a sí mismo. Ya fuera con su arte para escribir, con su don de trovador, con sus seductores silencios o con su verbo de tertuliano fino y clínico. O ya fuera con su frustrada vocación musical, en la que tanto empeño puso. Sin remedio. Lo suyo no era cantar, aunque jamás importó que diera el cante para deleite de los incondicionales que le adorábamos.

A este bilbaíno que tanto disfrutaba con acunarse en su Medina de Rioseco del alma y su Cofradía de la Soledad siempre había que escucharle. Con su Athletic de corazón de león y con el vecino glorioso Alavés. Con Joane Somarriba y con Alejandro Valverde. Con unos caracoles y un buen trago. Siempre atentos. Se hacía oír sin querer. Quizá por ello siempre anticipaba un “hola, soy Eduardo”… Como si su inconfundible voz, tan firme como susurrante, no le delatara para júbilo de quien le recibía con entusiasmo, en guardia ante la penúltima mirada de alguien al que le gustaba tanto dar la Vuelta a España que siempre iba de Bilbao a Madrid en autobús. Mira que mira.

 

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