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Domingo, 16 de Diciembre de 2018
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De Gea y el problema inglés

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Ningún jugador parece más expuesto al debate en la selección española que David de Gea, portero de fama desde sus años juveniles. Como se presumía, sucedió hace cuatro años a Casillas en la selección y se ha convertido en figura del Manchester United, donde la hinchada le ha elegido mejor jugador del equipo en cuatro de los cinco últimos años. Es un recorrido de gran calibre. Está claro que De Gea ha cumplido con las enormes expectativas que había levantado. Sin embargo, su rendimiento en la selección ha pasado de preocupante a inquietante.

De Gea es algo más que un portero. Representa una de las dos corrientes que caracterizan a los guardametas desde el radical cambio de las reglas en 1991. Ley del offside aparte, no ha habido revolución más importante en los últimos 100 años. Sin exigirlo y sin merecerlo, a los porteros se les atribuyó un papel regresivo para el fútbol. Funcionaban como los simbólicos depositarios del fútbol lento y especulativo, consagrado como nunca en el horrible Mundial de Italia 90.

El cambio en la reglamentación significó la pérdida de una solución defensiva —recoger con las manos todos los pases que sus equipos quisieran— a cambio de una participación en el juego que requería un mínimo de destreza con los pies. La FIFA añadió pies a los porteros y les retiró algunos de sus privilegios manuales. Se les inhabilitaba para recibir con las manos los pases con el pie. De repente, el gran especialista del fútbol —esa había sido la condición de los guardametas durante más de un siglo— tuvo que aventurarse en el vasto y desconocido territorio de los demás jugadores.

Es muy difícil ser portero en estos días, exigencia que afecta a su creciente cotización en el mercado. Este año se han pagado 80 millones de euros por los traspasos de Arrizabalaga y Alisson al Chelsea y el Liverpool. Parece lógico. Un portero es ahora una navaja suiza. Tiene un altísimo número de funciones, especialmente para los entrenadores que pretenden integrarlos en el juego como si fueran un futbolista más, sin perder el viejo factor que definía a los porteros: están ahí para parar. A esta corriente pertenecen Guardiola, Klopp y Sarri. Sin esta clase de nuevos guardametas sus proyectos quedarían muy lastimados.

De Gea defiende la portería del Manchester United y le dirige Mourinho, cuyo modelo se acerca bastante al tradicional: portero en el área pequeña, cerca de la raya de gol, una poblada línea defensiva y ninguna concesión a las virguerías. Pelotazo con destino a Fellaini y luego ya veremos. Esta manera de interpretar al portero ha sido canónica en Inglaterra, con un decepcionante efecto para su fútbol. Todo indica que el futuro conspira contra este arquetipo, al que De Gea pertenece después de siete años en la Premier.

Es muy probable que De Gea hubiera evolucionado de otra manera en otro equipo, en otro fútbol y con otros técnicos, pero ahora mismo representa la línea anterior de guardameta: más reactivo que anticipativo, más cercano a la raya de gol que a la raya del área grande, con potencia pero sin destreza en el pie, espectacular por las paradas que hace y cuestionable por los remates que permite. Uno de sus principales problemas, quizá el mayor de todos, es que representa un modelo que colisiona con la actual escuela de la selección. Durante sus cuatro años como titular con España, De Gea nunca ha dado la impresión de comodidad. El cuerpo le pide una cosa y el equipo, otra. Es una ecuación difícil de resolver que ha terminado por afectar a su confianza. Ahora tampoco es una garantía entre los palos.

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