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Sabado, 17 de Febrero de 2018
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El día cuando perdió la fe

LUIS_VELAZQUEZ

  • Aquella generación juvenil del pueblo dejó de creer en los sacerdotes y en la iglesia cuando descubrió que unos curitas tenían amantes con hijos y otros, efebos menores de 20 años, pedófilos como eran


Jorge Arias perdió la fe en los ministros de Dios hacia los 16, 17 años.

Luego, cuando el mundo supo de las desviaciones sexuales de un tipejo llamado Marcial Maciel, y cuando un par de Sumos Pontífices lo perdonaran, entonces, terminó de perder la fe en la iglesia.

Y más, cuando el Vaticano pagó millones de dólares tanto en Estados Unidos como en Europa a los chicos, entonces ya hombres, que fueron ultrajados, en nombre de Dios, por sus ministros en la tierra, sus apóstoles, pues.

El desencanto aconteció de la siguiente manera: igual que miles de estudiantes en la escuela secundaria camino al bachillerato la pasión carnal lo envolvió con su novia y, bueno, tal significó el fuego volcánico que la chica quedó embarazada.

Y abortó.

Y Jorge Arias se lo comentó en el secreto de la confesión al presbítero del pueblo a la hora de revelar sus pecados.

Luego, el señor sacerdote contó a otros el secreto de la confesión…

Y lo contó asegurando a aquella generación juvenil que Jorge Arias y su novia se irían al infierno (que luego Juan Pablo II aclarara a la feligresía del mundo que nunca había existido).

Pero además, en nombre de Dios, el cura decidió excomulgar aquella pareja juvenil cuyo único pecado era, en todo caso, incendiarse sus cuerpos con sus cuerpos mismos.

Y como en aquel tiempo su vida iniciaba y terminaba en la iglesia vivió el peor de los remordimientos, sucio que se creía y sentía, pecaminoso, apóstol de Luzbel; pero más aún, culpable de arrastrar a su noviecita a la inmundicia católica, apostólica y romana.

Incluso, tal cual vivió mucho tiempo, atormentado por la palabra bíblica de aquel sacerdote que compartía el oficio ministerial con otro cura.

 

LOS CURITAS TENÍAN AMANTES

Meses después, la verdad dicha a su tiempo se impuso en el pueblo.

Un joven lo había descubierto. Tanto el presbítero titular como el suplente tenían novia. Mejor dicho, amante. Mejor dicho, casi casi su pareja que les cocinaba el desayuno, la comida y la cena, y les lavaba y planchaba la ropa y dormían con ellos.

Cada uno en su recámara en la curia parroquial, una casa con unas seis, siete recámaras… para cuando llegaran las visitas.

Las chicas aquellas eran amigas y una a otra se solapaban ante sus padres, porque la mayor parte del día y de la noche la pasaban en el curato y en la iglesia, y oh paradoja, hasta se postraban ante los curas para confesarse, sabrá Dios si para decirse cositas eróticas de igual manera como, por ejemplo, Salma Hayek ha revelado que envía palabritas provocativas por medio del celular a su esposo francés, uno de los nueve hombres más ricos de Europa.

Así, enfrentó y confrontó al sacerdote por su doble vida, pues él, como ministro de Dios, con más razón estaba excomulgado.

Incluso, hasta organizó el primer movimiento social de su vida para interponer la denuncia ante el obispo de Veracruz.

Tiempo después uno y otro curita migraron del pueblo. Fueron cambiados a otra parroquia, siguiendo el modelo político de reubicar a los policías abusivos en el ejercicio del poder, el uniforme, el garrote y el tolete.

Entonces, llegó al pueblo otro sacerdote que resultó peor: le fascinaban los chamaquitos menores de 20 años.

Y el curato y la iglesia se convirtieron en un templo de efebos, tal cual los emperadores romanos, uno de ellos, Adriano, que cuando conoció a Antínoo, de 17 años, enloqueció tanto que exilió a su esposa en el otro extremo del reino para vivir a plenitud “el amor que no se atreve a pronunciar su nombre” como reza un poema del tabasqueño Carlos Pellicer.

Fue el día del Juicio Final para Jorge Arias y su generación. Todos incrédulos, agnósticos, apóstatas, herejes, si se quiere.

Pero, al mismo tiempo, congruentes con la forma de pensar, sentir, percibir y mirar la vida.

Más ahora cuando Francisco se pasa el tiempo solicitando con humildad el perdón a todas las víctimas, que suman millones, de los sacerdotes pedófilos y de los curas con mujeres, como aquellas que en Roma se juntaron para hablar con el Papa y decirles que ellas tenían amoríos con un grupo de curas; pero, además, hijos, y que, por tanto, les diera permiso de casarse.

Cinco décadas después su raya con los ministros de Dios sigue pintada y cada año la vuelve a pintar…

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