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Viernes, 13 de Diciembre de 2019
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Escenarios: Calambres azules

  • Los helicopterazos
  • Y “las maletas voladoras”

 

LUIS_VELAZQUEZ1

Un capítulo del estilo personal de ejercer el poder de la Yunicidad es el terrorismo verbal. También, el policiaco. Pero por ahora, el verbal. Los calambres, pues. Los mismos que caracterizaron a Fidel Herrera. Los mismos que identifican a los políticos.

En el rancho dirían… dejar “la víbora chillando”.

Un calambre (fallido, por cierto) fue que en la toma de posesión darían a conocer información que “acalambraría a México”.

El discurso fue sin pena ni gloria y nada por el estilo.

Quizá, dice el vecino, la habría negociado, y que de ser así, se interpreta como el capítulo siguiente del estilo de gobernar.

El último ramalazo son los llamados helicopterazos cargados de billetes que volaban de Xalapa a la zona conurbada de la Ciudad de México y el estado de México con destino impreciso, si es que el góber azul se reservó la otra parte.

Digamos, una réplica de las denominadas “Maletas voladoras” que el ex tesorero de la secretaría de Finanzas y Planeación, Vicente Benítez González, operó (quizá operaba) de Xalapa a Toluca en un avión oficial, con 25 millones de pesos nuevecitos, en denominaciones de 500 a mil pesos, amarrados con ligas.

Entonces, se dijo que eran para la campaña presidencial de Enrique Peña Nieto y luego, de manera tardía, tanto el primer secretario de Finanzas y Planeación, Tomás Ruiz González, y el ex presidente del Comité de Carnaval, Anselmo Estandía, aseguraran (y lo que nadie creyó) que eran para cubrir gastos de fiestas tradicionales de Veracruz.

Así, el calambre está vigente. Camina. Se ignora si en doble dirección. En Xalapa, misil disparado a la elite duartiana, y en la Ciudad de México, directo a Los Pinos.

Terrorismo político, pues. Intimidar. Acosar. Poner nervioso al otro, a los otros. La tenebra.

 

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Un político priista con experiencia pública lo dice de la siguiente manera:

El hecho está anunciado.

Y el góber azul tirará las pruebas en el carril mediático hacia el año 2018, cuando la elección de diputados locales y federales, senadores, gobernador y presidente de la república.

Entonces, será campanazo para descarrilar al PRI y a sus candidatos a esos cargos públicos, teniendo dos objetivos centrales: el trono imperial y faraónico de Los Pinos y el de Xalapa.

Y más, cuando Enrique Peña Nieto vaya de salida y por añadidura, haya perdido la capacidad de reacción y de operación.

Y cuando los candidatos estén nombrados y en plena campaña electoral.

Y más, cuando desde ahora el primero y el segundo y el tercer círculo del góber azul lo está mirando con agallas para la candidatura presidencial por encima de Ricardo Anaya, Rafael Moreno Valle, Margarita Zavala y Ernesto Ruffo Appel.

Y es que de aquí pa’lante, el góber azul se está jugando el todo por el todo. Y más, porque sus dos hijos son políticos. Uno, presidente municipal camino al puesto público que sigue. Y el otro, senador de la república, soñando ya con el próximo cargo.

Por eso, hoy más que nunca el terrorismo funciona en su dimensión estelar. Y si el góber fogoso es un experto, el góber azul gira alrededor de tal epicentro.

Y más, con el discurso incendiario que ha traído desde toda la vida, trascendido, por ejemplo, en la gira electoral de Luis Echeverría Álvarez en Veracruz, tiempo cuando visitara la facultad de Leyes de la UV, y el Yunes azul, entonces estudiante, destapara a Rafael Hernández Ochoa como el favorito para la sucesión de Rafael Murillo Vidal.

Joseph Fouché idealizó el terrorismo como estrategia efectiva para ganar influencias, adueñarse de la mente de los demás y multiplicar el poder.

 

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El terrorismo político significa jugar con la información, insinuar los datos, sembrar la duda y el desconcierto, mostrarse ultra contra súper seguro de poseer la verdad, cabildear en la prensa para manejar los hechos entrelíneas y aterrorizar a uno que otro para que lo vaya a contar, ansioso y presuroso.

Y en el tiempo de las redes sociales, replicar las versiones como campanas de la iglesia.

Luego, esperar como Job para que solito el cadáver del enemigo y el adversario pasen enfrente camino al panteón.

La vida pública está inundada de casos así.

Entre los fidelistas fue un ejercicio de la inteligencia acalambrarse entre sí.

Con Javier Duarte, las neuronas jamás alcanzaron para tal empeño, aun cuando hubo excepciones, como los casos de los tenebrosos Érick Lagos Hernández y Jorge Carvallo Delfín.

Ahora, la historia se repite.

Y es que observada la vida desde tales vasos comunicantes, desde Rafael Hernández Ochoa, 1974/1980, siempre existió una descarnizada competencia entre el góber fogoso y el góber azul para acumular poder, enriquecerse lo más pronto posible y andar con los mejores cromos.

También, claro, en la rebatinga por la tenebra.

 

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