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Escenarios •Un hombre sabio

LUIS_VELAZQUEZ

•El político prudente
•“Perdí la emoción social”

Luis Velázquez
03 de junio de 2017

Uno. Un hombre sabio

Juan Maldonado Pereda era un hombre sabio. Cuatro veces diputado federal, alcalde jarocho, secretario General de Gobierno en el DF, subsecretario de Gobierno con Patricio Chirinos, secretario de Educación con Miguel Alemán Velasco, tenía una frase que expresaba su filosofía de vida:
“Las picadas y las gordas, decía, se comen con la mano”.
Y le entraba duro y tupido a las picadas y a las gordas con las manos, él que era tan pulcro y cuidadoso.
También decía que “la política es un tragadero de hombres”.
Y que “en política nunca llega el más capaz, sino el que más conviene”.
A los 25, 26 años de edad, fue rector de la universidad pública de Tabasco, con el gobernador Carlos Alberto Madrazo, el llamado “Ciclón del sureste”, aquel que muriera en un accidente aéreo en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.
Entonces, una parte de los maestros y líderes estudiantiles se opusieron a su nombramiento como rector.
Y Juan entró a la rectoría en medio de una valla furibunda de profes y alumnos, con la frente en alto, digno, muy digno, con su paso estoico y militar, sin arrugarse, bragado como era, mejor dicho, firme, muy firme.
Luego, cuando terminara su mandato todo mundo lo aclamaba.
En el año 2004 sentía que era su hora para suceder en el cargo gubernamental a Miguel Alemán Velasco.
Y cuando el senador Fidel Herrera Beltrán andaba ya en precampaña, don Juan habló con Alemán para solicitarle su beneplácito y lanzarse, cien por ciento institucional, respetuoso que era.
Alemán, sin embargo, le dijo que no era el tiempo, pero además, lanzó a diez precandidatos más, siguiendo la tónica de Luis Echeverría Álvarez cuando lanzara a siete precandidatos a Los Pinos en lo que él llamaba un juego democrático.
–Pero, Miguel, le dijo, Fidel ya andaba en el carril electoral.
–Yo te aviso.
Alemán Velasco lo engañó.

Dos. “La política, tragadero de hombres”

En la víspera de que Fidel fuera destapado como candidato del PRI a la gubernatura, Alemán invitó a Maldonado a un viaje a la Ciudad de México en el avión oficial.
En las alturas, volando en medio de las nubes, Alemán le dijo:
–Mañana destaparán a Fidel.
Maldonado guardó silencio. Miró el cielo. Las nubes. Se perdió en el color blanco y azul.
Dijo:
–Yo te pedí el permiso para hacer precampaña.
Nada contestó Alemán. Sopesó. Calibró la temperatura política de su amigo. Dijo:
–Pues sí, pero Fidel ya iba muy adelantado.
Fue la última vez que ambos platicaron.
Y más, porque Miguel Alemán lo agarró de tonto. Incluso, tenía un par de candidatos favoritos. El primero, el capitán Alejandro Montano Guzmán, su poderoso secretario de Seguridad Pública. Y el segundo, Flavino Ríos Alvarado, el secretario General de Gobierno.
Hacia el final del día y de la noche, “El tío” Fidel arrasó con los dos y arrasó con los ocho restantes, entre ellos, Maldonado.
Muchos meses después, ante unas picadas y gordas, Maldonado confesó los días y noches que vivía.
“He perdido, dijo, la emoción social”.
Así, quedaba clara su filosofía de vida.
“La política es un tragadero de hombres”.
Se lo había tragado a él mismo.
Y lo peor, devorado. Sin ilusiones. Sin ganas de seguir luchando. Había luchado demasiado. Incluso, desde su infancia. Vida difícil.

Tres. “Aquí, puro Díaz Ordaz”

En su biblioteca tenía entre unos diez a quince mil libros. Todos leídos. Decía: “Libro leído, libro rayado, libro resumido, libro platicado”.
Fue director de la biblioteca del CEN del PRI. El doctor Lauro Ortega, el presidente, le encargó actualizarla. Maldonado, uno de los políticos más cultos del país, dio a la encomienda una dimensión universal. Políticos y politólogos de todo el mundo.
Entre ellas, las obras de Carlos Marx y Federico Engels.
Entonces, invitó a Lauro Ortega para que le diera el visto bueno, ya los libros comprados y acomodaditos.
Y cuando Lauro Ortega fue leyendo uno a uno los títulos de Carlos Marx se encendió y dijo a Juan Maldonado:
“No, Juan, no. Aquí, en la biblioteca del PRI puro (Gustavo) Díaz Ordaz, puro (Gustavo) Díaz Ordaz”… y que era el presidente de la república.

Cuatro. La intriga

Sufrió mucho cuando lo intrigaron con don Rafael Murillo Vidal y el gobernador (1968/1974) lo congeló un tiempecito.
Le llamó por teléfono y nunca le contestó. Le buscó en palacio y le negaron la posibilidad. Llamó a la puerta de su casa y tampoco se abrió.
Le escribió una carta con su puño y letra en que precisaba los hechos sobre aquellas famosas ocho columnas del periódico Excélsior cuando Jesús Reyes Heroles (presidente del CEN del PRI) dijera que “él como veracruzano no había votado por Manuel Carbonell de la Hoz” para candidato a gobernador en un operativo donde estaba la mano de Mario Vargas Saldaña, entonces, diputado federal.
Era una carta larguísima donde Juan Maldonado explicaba la historia al detalle y profesaba una y otra vez su lealtad íntegra a Murillo Vidal.
Nunca se conoció la respuesta. Y pasaron muchos meses para que don Rafael, digamos, lo perdonara, además, de un hecho ajeno, hijo, claro, de la intriga en su contra.
“En política, decía, nunca llega el mejor, sino el que más conviene”.
Con Rafael Murillo Vidal, se le fue la posibilidad de la gubernatura. También con Patricio Chirinos Calero, su amigo entrañable. De igual manera con el otro amigo, Miguel Alemán Velasco.
Fue amigo de Luis Donaldo Colosio y se lo mataron cuando era delegado del CEN del PRI en Lomas Taurinas.
Y con su muerte, por una ocasión más se le fue la oportunidad de gobernar Veracruz.
La política, cierto, “es un tragadero de hombres”.

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