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Domingo, 18 de Febrero de 2018
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Escenarios: Contar historias, oficio peligroso

•Empíricos, los mejores reporteros

•84 horas plagiado Moisés Sánchez

LUIS_VELAZQUEZI

Los primeros secuestros y asesinatos de reporteros y fotógrafos de Veracruz nos tomaron a muchos sorprendidos. Sin una capacidad inmediata para reaccionar. Nadie lo esperaba.

Un día, don Julio Scherer García (Carlos Fuentes lo llamaba el Francisco Zarco del siglo XX) llegó, con su equipo, al palacio de gobierno de Xalapa y enfrentó la realidad.

“Nos les creemos” dijo cuando le bajaron el sol, la luna y las estrellas sobre la búsqueda de los asesinos de la corresponsal de Proceso, Regina Martínez.

Entonces, llegó el plagio y asesinato y mutilación y sepultura en fosa clandestina de Gregorio Jiménez, el reportero policiaco del periódico “El Liberal”, y los trabajadores de la información descubrieron que “tenían mucho que decirse” y convirtieron a Veracruz en el centro de un gran debate nacional; pero también en el púlpito de la irascibilidad social.

En Coatzacoalcos, por ejemplo, los colegas nos enseñaron a todos a mantenerse unidos ante la amenaza inesperada que en el otro extremo del mundo: desde Washington hasta París los periodistas, con sus ONG, llevaron a clasificar a Veracruz en el peor rincón del mundo para el gremio periodístico.

Así, la herencia de María Georgina Domínguez fueron diez reporteros asesinados más tres desaparecidos.

Alberto Silva Ramos, todavía director de Comunicación Social, se estaba yendo libre “de polvo y paja”.

Pero en la víspera, ni hablar, el viernes 2 por la noche un reportero soñador, iluso, utópico, lleno de ideales, limpio, transparente; pero, además, activista social, Moisés Sánchez Cerezo, fue levantado por un comando en su casa de Medellín y “El cisne” se irá de la vocería con una mancha.

II

En contra parte, muchos, muchísimos trabajadores de la información se han re/conocido, re/identificado, re/descubierto en la desventura. El viernes fue Moisés. Antes, tres desaparecidos más diez asesinados…al fin colegas, pagaron con su vida el ejercicio periodístico.

Las palabras se han vuelto más poderosas que las balas.

Contar la historia de cada día, mudado en un oficio peligroso.

Y más aún, como acontece en muchos pueblos del planeta donde el reportero que denuncia un bache en la calle, una fuga de agua en la vecindad, el robo a una casa habitación, el asalto en un comercio, el poste con la lámpara pública fundida, corre más peligro que un enviado especial de The Washington Post y/o de The New York Times a un frente bélico en el Medio Oriente.

Más aún cuando como en el caso de Moisés Sánchez, se enfrenta a los caciques que todavía gobiernan y mandan de norte a sur y de este a oeste de Veracruz, “señores de horca y cuchillo” como les llamaban en el siglo pasado.

III

El lunes 5 de febrero, en la mañana, significó una revolución de conciencias y corazones en el gremio periodístico.

Reporteros de Coatzacoalcos, Acayucan, Medellín, Xalapa y Orizaba, en Veracruz, se fueron a la protesta por el regreso a casa, vivo y sano, de Moisés Sánchez.

Otros reporteros del país (Acapulco, Querétaro y Tabasco) fueron solidarios y también marcharon en las calles de sus ciudades donde todos los días gastan la suela de los zapatos atrás de las noticias y en las tardes desgastan la columna vertebral ante la computadora.

Ha renacido, pues, y de una manera extraordinaria, sorprende, alucinante y maravillosa la voluntad espiritual de algunos reporteros, fotógrafos y camarógrafos para reunirse en defensa de otros colegas y compañeros; pero también de ellos mismos, porque como lo dijo la mamá de Karime Alejandra, la niña de 5 años secuestrada y asesinada en Coatzacoalcos: “Hoy secuestraron a mi hija Karime, mañana puede ser tu hija”.

Estamos, entonces, ante una revuelta social, una revolución silenciosa, el tránsito de la contemplación mística del reportero al activismo social y político, callado por ahora, aun cuando desde siempre pesa más, mucho más, el silencio, como aquella marcha gigantesca de estudiantes de la ciudad de México, en 1968, Gustavo Díaz Ordaz presidente, con el digno rector de la UNAM, Javier Barrios Sierra.

La procesión del silencio, pues, tan intensa como la procesión del silencio de la Semana Mayor.

IV

En la marcha de ayer, un reportero discutía por teléfono con su pareja, de igual manera tundetecla. Le decía:

“Escoge entre Arturo Bermúdez, el procurador y yo”.

Y le colgó.

Años antes, en el siglo pasado, Gloria Arenas Ajís, una de las fundadoras con su hermana Norma y el profe Felipe Velasco, del TINAM, el movimiento de insurgencia indígena en la sierra de Zongolica, decía que “el compañero de la cama ha de ser de la vida”.

Carlos Fuentes, en su libro de crónicas París, la revolución de mayo, 1968, escribe lo siguiente:

“Maridos y mujeres se separaron por incompatibilidad política, moral y erótica (pues se trata de sinónimos”.

Otras parejas, en cambio, se conocieron en las barricadas, en el debate, en la caminata exigiendo la libertad de Moisés Sánchez, quien ha dado a todos el más alto ejemplo y testimonio de su vocación periodística.

Cierto, Moisés estudió la carrera de Leyes en el Sistema Abierto y nunca se tituló. Y de ahí brincó al periodismo, atrás del llamado de su conciencia social y de sus neuronas y de su vida. Su pasión es el periodismo y el activismo” dice su esposa.

Pero sin ir tan lejos ahí está la historia: los mejores reporteros del país han sido los empíricos. Ricardo Flores Magón, Francisco Zarco, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez, Ignacio Martínez, Filomeno Mata. Etcétera. Muchos de ellos, estudiantes de Leyes. Otros, autodidactas. Aquella generación que don Daniel Cosío Villegas describía de la siguiente manera: “Son hombres; pero parecen gigantes”.

Otro dato: un reportero empírico, Luis Spota, ingresa al periódico Excélsior cuando los jóvenes Julio Scherer García y Carlos Denegri comenzaban. Y durante 45 días ininterrumpidos, uno tras otro, Spota se lleva las 8 columnas de portada. Un hecho sin antecedente en la historia del periodismo mundial. Ningún otro reportero ha podido emular su ejemplo. Ni en México ni en el planeta. Y era empírico. Culto, claro. Estudioso, claro. Con un olfato periodístico, fuera de serie, claro. Pero autodidacta, como Moisés Sánchez.

¿Por qué, entonces, el menosprecio a su periodiquito La Unión y a su trabajo de cronista en las redes sociales?

Demasiada temeridad. El menosprecio. La soberbia.

V

Desde Medellín, un pueblito rural de Veracruz, como tantos otros, lleno de caciquitos, Moisés Sánchez se ha negado a ser parte del sistema político. Su apuesta ha sido cuestionar la realidad, el mundo, su mundo, el mundo de sus vecinos.

La noche del viernes 2 de enero fue levantado por un comando. Y una vez más los colegas se han sublevado al Veracruz que padecemos.

Al momento han transcurrido tres días y medio. Las horas pasan y se van contando. Y todos las vamos contando.

Y cuidado: desde el poder público se reproduce la misma, digamos, estrategia que el caso Goyo Jiménez. La visita del secretario de Seguridad Pública y el procurador de Justicia a la familia. La foto de la familia con el jefe máximo. La frase petulante: “Lo encontraré”.

El día que la protesta reporteril alcanzó la dimensión nacional, Gregorio estaba sepultado en una fosa clandestina.

Y el nombre de Veracruz, solito, por su propio peso, se abría pasado en el mundo como un paraíso fallido. Mejor dicho, el infierno y la pesadilla…

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