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Escenarios : Espada de Damocles

LUIS_VELAZQUEZ

  • El museo de la muerte
  • Catálogo de la violencia

 

Luis Velázquez

03 de septiembre de 2018

 

UNO. Espada de Damocles

 

Una gigantesca espada de Damocles sigue oscilando en Veracruz, el pueblo que continúa ofrendado su sangre por la paz perdida.

Todos los días un corteje fúnebre en algún rincón de norte a sur y de este a oeste de la tierra jarocha, en otro tiempo el paraíso terrenal.

Y aun cuando todos los días se escuchan consignas soñando con el Veracruz ido, por ejemplo, cuando Agustín Lara lo definía “como la noche tibia y callada”, nadie las escucha.

Y la vida prosigue, con todo y la población muriendo por las balas.

Es la realidad cotidiana.

Ei tiroteo en el día y la noche en vez de “La zandunga, mamá, por Dios”.

Los muertos, en lugar de “El tilingo lingo”.

La sangre, en vez de “La bamba”.

Las fosas clandestinas, sustituyendo a “Los voladores de Papantla”.

La orgía de la violencia en vez del récord Guinness del zacahuixtle más grande.

Los feminicidios en lugar de la fiesta de La Candelaria en Tlacotalpan.

El Cristo sangriento y doliente en vez del Cristo negro.

 

DOS. Museo de cera, museo de la Muerte

 

Con tantos muertos en los últimos siete años y medio, pronto, ocho años, pareciera Veracruz la Ciudad de México en el temblor del 85.

Y si hacemos cuenta de Javier Duarte a Miguel Ángel Yunes Linares, peor que Ayotzinapa (43 muertos), Tlatlaya (20 muertos), Nochixtán (nueve muertos) y San Fernando, Tamaulipas (73 muertos).

A ese paso, en vez del Museo de Cera del Acuario jarocho, el Memorial del Recuerdo Trágico en Colinas de Santa Fe.

Cierto, muchas cosas memorables ha tenido Veracruz.

Agustín Lara y Toña la negra.

Herón Proal y las cortesanas incendiando los colchones de los patios de vecindad donde vivían en la lucha inquilinaria.

Benito Juárez y Venustiano Carranza, refugiados aquí, entre nosotros, garantizando la dignidad de la república.

Pero nada ha estremecido el diario vivir como los últimos años, casi 8, de tsunami violento.

Y si Javier Duarte lanzó a Veracruz en los últimos confines de la tierra como “el rincón más peligroso para el gremio reporteril” y como “el cementerio de migrantes más grande y extenso del país”, ahora, el continente liga y relaciona a la tierra jarocha con otros episodios trágicos.

Uno. Los cuatro niños asesinados en una colonia popular de Coatzacoalcos.

Dos. El niño y su maestra ejecutados en una calle de Tantoyuca.

Tres. Los dos niños asesinados en Córdoba, uno de ellos, en los brazos de su madre en una plaza comercial.

Cuatro. Las tres edecanes de Amatlán y Córdoba desaparecidas hasta la fecha.

Cinco. Los feligreses asaltados en una iglesia de Córdoba cuando rezaban y los comensales atracos en una taquería cordobesa y el hombre asesinado un domingo en un balneario de la región central.

Y seis. El último zangoloteo a la política de seguridad, los 4 jóvenes asesinados en un bar de Córdoba.

 

TRES. El catálogo de la muerte

 

Cierto, las cosas bonitas de Veracruz (el adjetivo calificativo preferido del góber electo), nunca podrán borrarse ni menos desaparecer.

Pero la pesadilla de la muerte domina y predomina.

Un ciudadano común y sencillo desearía vivir cada día y cada noche sin sobresaltos.

Pero desde que Javier Duarte encumbró a Veracruz en el estrellato mundial de la incertidumbre, la zozobra y la inseguridad, ahí seguimos.

Más aún:

Mucho se ganaría para la memoria colectiva y para que nadie olvide si pudiera, digamos, elaborarse el Catálogo de la Muerte.

Por ejemplo:

La Comisión Estatal de Atención y Protección a Periodistas, el catálogo con foto y su historial de los 24 reporteros asesinados en los últimos ocho años, más los tres desaparecidos.

Los 17 Colectivos, entre ellos, el Solecito, integrado con los padres con hijos desaparecidos, de sus hijos.

Las académicas de la Universidad Veracruzana que llevan el historial de los feminicidios, el catálogo de las mujeres asesinadas.

Etcétera, etcétera.

Los días y las noches caminan de prisa y aprisa y cada capítulo social de Veracruz merece cronicarse y dejarse un testimonio escrito.

 

CUATRO. La lucha por la vida

 

Un catálogo de la muerte, un memorial, están bien.

Lejos, digamos, de un museo de cera, porque suena a momia egipcia, incluso, a un mausoleo estaliniano.

Y más, si se considera que muchos, cierto, son los muertos, pero hay una población luchando por una vida libre y digna.

Y más todavía, una población dolida y doliente, madres y padres con hijos desaparecidos y asesinados y sepultados en fosas clandestinas, y que siempre vivirán en el recuerdo familiar.

Treinta mil aprox., ha dicho la vocera del Solecito, señora Lucy Díaz Genao.

3 mil en la lista de la Fiscalía.

 

CINCO. Pesadilla inevitable

 

Nunca en la historia local la pesadilla de hoy.

Ni siquiera, vaya, con Agustín Acosta Lagunes y su “Sonora Matancera”.

O con Fernando Gutiérrez Barrios cuando llegara aquí con una parte de su equipo de la famosa “Guerra sucia”.

O con Fernando López Arias con su antecedente como Procurador General de Justicia de la República y David Alfaro Siqueiros y Demetrio Vallejo durmiendo en Lecumberri.

Quizá habríamos de irnos hacia 1929 (hace casi cien años) cuando el cacique Manuel Parra Mata, el mítico jefe de “La mano negra”, con su feudo en la hacienda Almolonga, de Naolinco, asesinara

a unos cuarenta mil campesinos en la enconada lucha agraria, y aliado del gobernador Jorge Cerdán Lara, 1940/1944, y cuya caída política evitara con su brazo armado.

Una gigantesca y afilada espada de Damocles siembra el terror y el horror cada día y cada noche en Veracruz.

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