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Martes, 18 de Diciembre de 2018
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Escenarios: Folclore jarocho

LUIS_VELAZQUEZ

  • El reino de las picadas
  • Ser feliz, lo importante

 

Luis Velázquez

 

UNO. Folklor jarocho

 

Antes, mucho antes, el número de topes a la entrada de un pueblo expresaba, digamos, la vida social y hasta el progreso en Veracruz.

Ahora, sin embargo, el progreso se mide por el número de puestos de fritangas (gordas, picadas, tacos, tortas, garnachas y refrescos de cola) y de pordioseros y de migrantes en el crucero.

Y entre más ilegales y más pedigüeños más respetada es la ciudad por su vocación humanitaria, aunque maten a gatitos y perritos, pues en la esquina de la colonia hay un puesto de tacos con un nombre sugerente. Se llama “El perro feliz”.

El centro de la ciudad de Veracruz, por ejemplo, huele a orines. Son los orines de los borrachos de Los Portales, aun cuando, y gracias a un Ser Superior, no hay una invasión de ratas muriendo en las calles como las describe Albert Camus en “La peste”.

Pero en contraparte, las avenidas de la ciudad huelen a migrantes sudorosos.

Con todo, hay cosas agradables.

Por ejemplo, Héctor Fuentes Valdés entró el otro día a una farmacia y dice que contó 50 clases de desodorantes para todo tipo de usos. Para las axilas sudorosas, para los pies apestosos, para las habitaciones húmedas, para las cocinas olorosas.

Pero también, descubrió quince clases de pastas dentales, y lo insólito, treinta tipos de condones garantizando el viaje sexual más fascinante de todos los tiempos que ni siquiera, vaya, Calígula con sus desvíos pudo imaginar cuando solía bailar salsa en palacio con las odaliscas de cintura trepidante.

 

DOS. ¡Larga vida a las picadas y gordas!

 

Ninguna duda hay de que la delantera folklórica y turística en la ciudad de Veracruz, próxima a cumplir 500 años de la fundación del sifilítico Hernán Cortés, se la llevan los puestos de picadas y gordas por fortuna sin perritos hambrientos y huesudos, y los migrantes de Solalinde, cuyo último libro, “Mi vida itinerante” exhiben en Sanborn’s, propiedad del pobrecito Carlos Slim, a quien, por cierto, AMLO purificó la semana anterior.

Cualquiera diría que si nuestros antepasados adoraban el becerro de oro, luego del desembarco del Pirata Lorencillo en las playas de Chalchihuecan quedándose a vivir un tiempecito en el barrio de La Huaca, somos fans de la masa con sus picadas, derivados, anexos y conexos, la famosa vitamina “T”.

Por eso, incluso en colonia popular del norte de la ciudad hay una taquería con la siguiente leyenda:

“Este puesto de tacos está asociado a la Federación Internacional de Tacos”.

Y más adelantito, sobre la misma calle polvorienta hay otro puestecito de picadas y gordas con la frase bíblica:

“Haga de su comida una aventura”… y qué mejor aventura que atragantarse con picadas y tacos y luego salir corriendo a una botica para comprar una medicina con que evitar una disentería.

 

TRES. Migrantes en Veracruz

 

Escribir que por el olor a orines en el zócalo el puerto de Veracruz es una ciudad fea es una blasfemia.

Otras ciudades, por ejemplo, huelen a pecado como Sodoma y Gomorra.

Y otras a sangre como sucede en las ciudades narcas.

Y otras, claro, a garnachas.

Y a sexo, incluso, como Curitiba, la metrópoli sexual del continente, con todo y que los olores a drenaje apenas, apenitas entra uno a la ciudad jarocha por la autopista de Xalapa a Veracruz, provocan ganas irrefrenables de salir corriendo y regresarse.

Pero, bueno, para pasar el rato bien vale la pena mirar el paisaje urbano con los migrantes.

La mirada perdida de todos ellos hablando solos, con los ojos de “borrego a medio morir” o de una vaca dando a luz, y las manos entrelazadas como rezando en la iglesia, tocándose el estómago para insinuar que están hambrientos, constituye un escenario fuera de serie para, entre otras cositas, despertar la misericordia y de paso ganar indulgencias en el otro lado del charco.

 

CUATRO. El migrante alcohólico

 

La otra mañana de un domingo, en el crucero de la esquina se acercó un migrante cuando el día caminaba y de seguro le había ido mal con las limosnitas.

Y sin más, mentó la madre al conductor, no una, sino dos veces.

Asombrado y deslumbrado, temeroso de una violencia fuera de control, el automovilista le dio cien pesos y hasta le pidió perdón en nombra quizá de la república amorosa.

Frío y calculador, otro migrante, con cara de Huitzilopochtli, se acercó al conductor y le dijo:

–Yo soy de la hermana república de Guatemala, donde detuvimos a Javier Duarte. Yo… no tengo hambre. Soy alcohólico. Y deme para una botellita.

–Pero qué tomas?

–Aguardiente, jefe, aguardiente barato.

–Y cuánto quieres?

–Lo que usted pueda y quiera.

Luego de recibir veinte pesos, el migrante guatemalteco dijo:

–¡Pórtese bien! ¡Hoy es día de misa!

 

CINCO. Ser feliz, lo más importante

 

Por fortuna, los puestos de fritangas han creado y recreado gente feliz.

Ningún hombre es más feliz con una panza y una papada gigantesca y una sonrisa tamaño sandía de Diego Rivera.

Claro, “en gustos se rompen géneros” y aun cuando dicen que los italianos son los más felices del planeta por tanto sexo practicado, el mayor placer del mundo está en la comida y más con las comelitonas el día de la madre y el día del compadrito querido y los días patrios (15 de septiembre, 20 de noviembre) para exaltar el espíritu nacional.

Y es que de fiesta en fiesta, el alma vive alegrada y que viva Juan Gabriel, pues, además, de taquiza en taquiza puede lograrse un romance apasionado capaz de estremecer las entrañas.

Con todo, los vendedores de picadas y los migrantes tienen un vaso comunicante. Todos sueñan con una vida mejor, el paraíso terrenal, el edén.

Claro, cada quien tiene su secreto para ser feliz, y como dijera el economista Emilio Barrientos Vivanco cuando soñaba con gobernar su pueblo, Paso de Ovejas, “yo soy feliz con dos mudas de ropa y dos zapatos, unos negros y otros café”.

El migrante alcohólico con su anforita y el gordo de los tacos de cueritos con salsa borracha rociados con limón y una coca tamaño familiar serían, quizá, los más felices del puerto jarocho.

A Dios, gracias, claro.

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