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Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Escenarios: La maestra y el cura

LUIS_VELAZQUEZ

•Devoción por los libros
•Vivir para leer

Luis Velázquez
22 de agosto de 2017

Uno. La profe alucinante

Hay dos recuerdos imborrables en Héctor Fuentes Valdés de cuando era niño y cursaba el tercero o cuarto año de primaria en el pueblo.
Una maestra, Praxedis Lagunes Capistrán, solía leer todas las tardes, desde las 6pm hasta las 23, 24 horas.
Leía en la sala de casa, sentada en el sofá, y un cafecito a un lado que a veces se enfriaba.
Era como un ritual religioso que ella tenía. Incluso, una disciplina militar, la más férrea.
Siempre leía con un cuaderno y un lápiz a un lado, donde anotaba historias, nombres, acciones y fechas que luego solía comentar con los alumnos.
Nadie podía interrumpir su tiempo consagrado a la lectura.
Ella iniciaba su tarea magisterial como directora de la escuela primaria hacia las siete de la mañana en que llegaba a la institución para supervisar el aseo y luego se quedaba hasta la hora de salida.
A veces, comía en la misma escuela, pues a las tres de la tarde iniciaba su otra tarea como directora de la escuela secundaria.
Y un cuarto para las seis de la tarde se retiraba a su casa para la lectura de sus libros que tenía integrados en una biblioteca impresionante, donde también guardaba los ejemplares semanales de la revista Siempre!, dirigida entonces por José Pagés Llergo, el legendario periodista que entrevistara en exclusiva a Adolf Hitler en Alemania.
La casa de la maestra tenía una ventana gigantesca que daba a la calle y cualquier peatón podía mirarla (y admirarla) en el viaje cultural sagrado y consagrado de todos los días.
Héctor Fuentes Valdés era su vecino y siempre pasaba enfrente de su casa y se quedaba fascinando mirando a la profesora clavada en el libro que leía, sin nunca, jamás, interrumpirla.
Muchos años después, ya hacia la secundaria, ella le prestaría sus libros y también la revista Siempre! y algunas veces hasta le concedía un espacio para platicar sobre el libro leído o el semanario de Pagés Llergo.

Dos. Vivir para leer

Muchos años don David Constantino García fue presbítero en el pueblo… hasta que de pronto, el obispo de la diócesis de Veracruz lo envió a Roma a estudiar Filosofía y Teología y cuando dos años después regresara fue concentrado en la Diócesis como secretario.
Don David también tenía una disciplina militar para la lectura.
Siempre leía tres horas después de comer, en vez de “dormir la mona” como solía decir.
Hacia las 7 de la noche rezaba el rosario con los feligreses y de las 21 horas hasta la una de la mañana se encerraba en su cuarto a seguir leyendo.
Leía siete horas diarias de lunes a viernes, pues el sábado se iba a las rancherías a predicar el Evangelio y el domingo era día demasiado ocupado con las tres misas (una en la mañana, otra al mediodía y otra en la tarde/noche), además de las actividades oficiales.
Decía a los adolescentes y jóvenes de los cursos parroquiales:
“Si yo no leyera, entonces, no tendría temas para platicar con ustedes”.
En su biblioteca tenía todas las enciclopedias habidas y por haber, además de libros de Filosofía y Teología que leía en latín y griego, además de la mejor literatura universal.
Y como un estudiante disciplinado de posgrado distribuía las horas de lectura como si fueran las materias escolares, de tal manera que tenía horas para cada tema.
En las noches, siempre resultaba maravilloso mirar la lamparita prendida sobre una mesita de madera, de las que suelen vender los inditos, que hacía las veces de escritorio del sacerdote, y en donde leía y leía.

Tres. Cada quien en su mundo…

La maestra y el sacerdote fueron contemporáneos. Pero hasta donde Héctor Fuentes Valdés recuerda (quizá esté equivocado), nunca, jamás, entre ellos existieron vasos comunicantes.
Desde luego, nunca hubo conflicto en medio. Simple y llanamente, la profe entregada a la tarea educativa, y el cura, a la tarea espiritual.
Y ambos tan ocupados y celosos de su trabajo, jamás crearon espacios para una buena química, unidos como estaban por la pasión desaforada por los libros y la lectura.
Cada quien, pues, en su mundo.
Pero uno y otro significaron figuras icónicas que en el altar diario de su relación con los libros orientaron el camino de los niños y jóvenes de aquel tiempo, pues todos ellos solían organizar excursiones para mirarlos (y admirarlos) desde lejos, sin atreverse a interrumpirlos, en el trance cultural al que todos los días se sometían.
Sabían mucho porque leían y estudiaban mucho.
Pero además, los dos tenían memoria prodigiosa, memoria de largo plazo, al grado de que solían repetir páginas completas de la lectura del día anterior, de igual manera, digamos, como cuando el presidente Álvaro Obregón le escuchó a José Vasconcelos, su secretario de Educación, leerle el poema “Suave Patria” de Ramón López Velarde, y luego enseguida se lo recitó de memoria “al pie de la letra”.
La profe y el cura marcaron una época en el pueblo. Y más allá de los claroscuros propios de la naturaleza humana, ellos fueron lo más importante que a muchos les habría pasado en sus vidas.
Nada más reconfortante en la vida que los libros.
Y el perro fiel.

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