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Escenarios: “La Señora Presidenta”

LUIS_VELAZQUEZ

  • Pitorrearse de Duarte
  • Esta noche, en Veracruz

 

Luis Velázquez

16 de mayo de 2018

 

UNO. “La Señora Presidenta”

 

Esta tarde/noche, a pitorrearse todos. El sentido del humor y la pachanga. La risa, decía el proverbio ranchero en el siglo pasado, como medicina infalible. Héctor Suárez presenta en el Teatro Reforma “La señora presidenta”.

La semana anterior, en la Ciudad de México, pachanga suprema. Cien representaciones seguiditas, aclamadas por el público. Madrinaza de oro, Verónica Castro. “Mi maestro fue y es Héctor Suárez” dijo.

¡Ah!, y a pitorrearse todos, porque el desfalco de Javier Duarte, mejor dicho, el saqueo al erario en el sexenio anterior de Veracruz, ha llegado al teatro. Héctor Suárez se ocupará de su historia. Lo ha convertido en tema central de su albur y sátira.

Felices estamos los jarochos. Duarte, entrando a la historia primero, y luego, a la gloria, y ahora, a la inmortalidad literaria.

Por lo pronto, ya van unos 7, 8 libros publicados sobre la historia duartista.

Entre ellos, los libros de los reporteros y escritores Noé Zavaleta, Ricardo Ravelo, Isabel Arvide y Claudia Guerrero.

Más otro que pronto publicará Daniela Pastrana.

Ahora, Duarte debutando en teatro.

Solo falta una película. Un filme de terror y pánico.

 

DOS. Pitorrearse de Duarte

 

Héctor Suárez, de 79 años de edad, interpreta a los mellizos Martín y Martina en “La Señora Presidenta”.

“Y la señora ha de viajar de Monterrey a la Ciudad de México para solucionar un trámite fiscal luego de detectar que debe 200 pesos de su empresa, y que con multas y cargo se ha elevado a 7 millones de pesos” (La Jornada).

Entonces, dice en la obra teatral:

“Por estar investigándome… no se dieron cuenta del desfalco de Javier Duarte”.

Antes, mucho antes, cuando Héctor Suárez y su hijo, Héctor Suárez Gomís, actuaron en el Teatro Reforma, en un momento estelar, el gran artista que filmó “El Mil Usos”, pidió a la concurrencia mentara la madre a Javier Duarte.

Y cuando la jarochada pronunció con tibieza el nombre de Duarte, Héctor Suárez se encabritó y dijo:

“¡Pinches jarochos, tan miedosos! ¡Ay, sí, que Duarte chingue su madre!” exclamó arremedando la vocecita.

Entonces, pidió que de nuevo se la mentaran y desde luneta y galería el grito retumbó con la felicidad radiante del cómico.

Por eso, ahora, en “La Señora Presidenta” se lanza a la yugular de los políticos de todas las marcas, desde el jefe del Poder Ejecutivo Federal, el presidente de la república, hasta “ya sabes quién”.

Tarde/noche que será imborrable para pitorrearse unas dos horas.

 

TRES. Nadie queda con cabeza…

 

En “La Señora Presidenta”, ningún político queda con cabeza.

La clave del pitorreo, el albur y la sátira está en ocuparse con sorna de los políticos, los mismitos que tienen al país en el centro del infierno de la pobreza, la miseria, la jodidez, el desempleo, el subempleo y los salarios de hambre.

Además, un país convertido en un largo y extenso y gigantesco cementerio público, donde los cadáveres flotan en los ríos y aparecen colgados de los puentes y los árboles y tirados en la vía pública, al grado de que de norte a sur y de este a oeste hay un río de sangre y un valle de la muerte.

Y nada como un paraíso en medio del desierto. Un ratito de vacilada. La risa destornillada. Y desde luego, a costa de las elites políticas de todos los partidos, sin excepción, pues ninguno se salva.

Y el mejor cómico de la república, Héctor Suárez, en la cúspide del humor.

“He reído y gozado con su talento” dice Verónica Castro.

Y más, mucho más, porque su lenguaje es cien por ciento popular, sin llegar a la ofensa ni a la grosería, sino el ejercicio inteligente del sarcasmo.

Su sola presencia impacta y avasalla.

 

CUATRO. La gran cita nocturna

 

Héctor Suárez son palabras mayores.

Y más, cuando esta tarde comparezca ante un público “que sabe reír y cantar”, y de paso, pitorrearse de sí mismo.

Bastaría referir, por ejemplo, el ingenio del jarocho que todo, absolutamente todo, convierte en pitorreo.

Desde luego, los alvaradeños llevan el primer lugar. Invictos. Tan es así que el 90 por ciento de la población, quizá el 96, 97 por ciento, se conoce, más que por el nombre, por la agudeza y la chispa de los apodos.

Llega a tanto el fósforo bitacal en Alvarado que alguna vez la Casa de Cultura imprimió un folleto con todos los apodos de la población y las razones en cada caso.

Octavio Paz escribió un ensayo sobre las caritas sonrientes de la cultura azteca y que en ningún otro pueblo existen y que, además, testimonian a un pueblo feliz desde sus orígenes milenarios.

El día cuando Gabriel García Márquez llegó al puerto de Veracruz y caminó en el zócalo y en el malecón del paseo y tomó cafecito en La Parroquia y convivió con los jarochos que lo hicieron reír con picardía decidió quedarse a vivir en México.

Y por eso mismo autorizó que en Veracruz filmaran dos de sus películas. Una, en Tlacotalpan, “La viuda de Montiel” con Geraldine Chaplin, la hija de Charles Chaplin, y la otra, en Chacaltianguis, “El coronel no tiene quien le escriba” con Salma Hayek.

Esta noche, el lector tiene una cita con “La Señora Presidenta” y Héctor Suárez.

Todos, a pitorrearse de la corrupción, entre otros, de Javier Duarte y los suyos.

 

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