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Lunes, 24 de Setiembre de 2018
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Escenarios: La vida es corta

LUIS_VELAZQUEZ

•Cosas inútiles…
•Dicha de perder el tiempo

Luis Velázquez
11 de septiembre de 2018

UNO. La vida es corta

Cierto, y como dice el viejito del pueblo, la vida “es angustiosamente corta”, y cuando la persona se dio cuenta ya dejó atrás la juventud y es un adulto mayor en el umbral de la vejez.
Y lo peor, cuando de pronto, el mundo se viene encima como la madre de 42 años de edad fallecida la semana anterior un día antes que su hija cumpliera quince años.
Y en vez de la fiesta que estaba organizada, sus compañeras de la escuela desfilaron en la funeraria donde velaban el cadáver.
La vida es corta para vivir a plenitud.
La juventud, por ejemplo, es un tramo demasiado corto cuando aparece la séptima década en que la vida gira alrededor del consultorio médico, la farmacia y el hospital con el quirófano.
Y lo peor, cuando y por lo regular la soledad es la única compañera, pues el perrito y el gatito, las mascotas, son insuficientes por más y más que pudieran, digamos, cubrir el rincón vacío.
La vida suele irse, por ejemplo, en el tiempo laboral. Todos los días corriendo para llegar a tiempo de checar la tarjeta de entrada en la oficina, el taller y la fábrica.
Vivir apresurado en el trabajo con frecuencia agotado soñando con la cama, pero al mismo tiempo, consciente y seguro de que así está garantizado el itacate y la torta para los hijos y la esposa.

DOS. La vida se va en cosas inútiles

A veces, la vida es más corta por la forma de vivir como dice el chamán.
Hillary Clinton suele decir que “la vida se pierde en muchas cosas inútiles”.
El sicólogo dice que la vida se acorta cuando, por ejemplo, una persona se la pasa en la intriga y el chisme y cuando todo está mal para ella, y como pensar y actuar así implica recibir demasiada carga negativa en las neuronas, el corazón y el hígado, entonces, sin una carga positiva, los días y las noches se vuelven un infierno.
El legendario Ángel Leodegario Gutiérrez, director de un periódico desaparecido, presidente del CDE del PRI, alguna vez exclamó frase bíblica:
“¡Basta de odiar!”, dijo. “Con tanto odio estoy envejeciendo”.
Y, claro, dejó de odiar, sin que nunca, discreto al fin, revelara el nombre de las personas a quienes guardaba un rencor multiplicado.
Y es que la vida se vuelve “angustiosamente corta” cuando el tiempo se va y agota en sentimientos que a nada llevan y lo peor, ningún beneficio social generan para la persona ni tampoco para la familia.

TRES. Dormir cuatro horas

La vida se acorta cuando, además, suele dormirse mucho tiempo.
El doctor Diódoro Cobo Peña, maestro de muchas generaciones en el siglo pasado (el Ilustre Instituto Veracruzano y la facultad de Periodismo de la UV), cardiólogo y escritor se habituó y acostumbró a dormir sólo cuatro horas diarias.
Todos los días se ejercitaba caminando en el bulevar y tenía una salud física de toro.
Su consultorio médico y su casa (vivía en la avenida Independencia en el puerto de Veracruz, arriba de la pastelería “Colón”) estaban inundados de libros.
Además de tenerlos bien acomodaditos en libreros estaban desperdigados hasta en los pasillos.
Habría tenido un aproximado de treinta mil libros, todos, además, leídos.
Decía:
“Toma al azar el libro que quieras y todos los verás rayados y con anotaciones. Los he leído y asimilado”.
Durmiendo sólo cuatro horas diarias extendió y multiplicó su vida y la aprovechó al máximo, siempre, alrededor de cuatro ejes:
Uno, las clases. Dos, la lectura. Tres, la escritura, pues publicó más de diez libros. Y cuatro, el cine. Todas las noches iba al cine.
Todavía faltaba mucho tiempo para que la canción de Renato Leduc de “sabia virtud de perder el tiempo” se volviera un éxito.

CUATRO. Tiempo perdido

Un día los hijos crecen y como en la película en blanco y negro de la edad de oro del cine mexicano, “los hijos se van”, digamos, a estudiar a otra ciudad y/o se casan, y sólo de vacaciones regresan a casa.
Entonces, y con frecuencia, es demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido cuando estando en casa el padre andaba “oliendo leña de otro hogar” y la madre en desayunos de cuatro y cinco horas con las amigas, porque la trabajadora doméstica se encargaba de ellos.
Lo peor viene cuando los padres se divorcian y comienza “la pelea a muerte” por la protestad de los hijos y un odio y un rencor creciente y multiplicado entre la ex pareja que llega a la barandilla jurídica cuando la mujer está obsesionada con refundir al hombre en el sótano de la desventura económica y desea quitarle el mayor porcentaje de su salario.
La vida se vuelve fatídicamente corta y el hombre mendiga horas a la mujer para ver a los niños, y más, mucho más, cuando son menores de edad.
Pero, bueno, y sin caer en el fatalismo, pero la vida, parece, así ha sido y tal cual seguirá, con todo y la república amorosa predicando quererse los unos a los otros, al grado, por ejemplo, de perdonar a los malandros, sicarios, pistoleros y carteles asesinos de niños, mujeres, ancianos, jóvenes y hombres maduros.

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