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Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Escenarios: “Los ilustres xalapeños”

LUIS_VELAZQUEZ

•Retratar a los famosos
•El libro de Luis Ayala

Luis Velázquez

Uno. “Los ilustres xalapeños”

Juan Rulfo dejó cinco mil negativos y fotografías del país. Vendiendo llantas, siempre llevaba su cámara fotográfica. Retrató el paisaje de la nación. Pero también, la miseria, la pobreza y la jodidez. Indígenas y campesinos.
Tina Modotti, la compañera del fotógrafo Edward Weston, también retrató el México de los pobres. Su vida y su voluntad, sus ideas e ideales, su utopía y sueños, giraban alrededor “de los pobres entre los pobres”. Y a ellos inmortalizó con sus imágenes. La antropología de la pobreza diría Oscar Lewis.
Edward Weston también retrató el hambre de México. Pero al mismo tiempo, se dio espacio para fotografiar a la primera mujer que posara desnuda. Nahui Ollin, también conocida como Carmen Mondragón, aquella que en un desfile militar en el Porfiriato viera pasar a un joven cadete que la sedujo y le dijera a su padre, varios años después ministro de Victoriano Huerta:
“Papi, regálame ese cadete”.
Y se lo regaló.
Luis Ayala, por el contrario, fotoperiodista xalapeño desde hace más de veinte años, egresado de la UV en la licenciatura de Artes Visuales, siente y cree y está convencido de que “toda ciudad cabe en un rostro”.
Y rostros de gente conocida, digamos, famosa, a quienes retrató con fotografía, digamos, artística, y fueron publicadas en un libro por el alcalde Américo Zúñiga con el título de “Los ilustres xalapeños”.
En el libro, editado a todo lujo, ningún rostro de un xalapeño de colonia popular o de zona rural ni de patio de vecindad que exprese la jodidez, aparece en las 220 páginas.
La vida, mirada desde otro ángulo. Digamos, el de aquel viejo principio periodístico de que “los nombres hacen noticia”. La gente VIP. La gente bonita. “Los científicos” se llamaban en el Porfiriato. Los invitados a la noche del festejo patrio, donde el dictador lucía un traje repleto de medallas al honor y al mérito del brazo de Carmelita Rubio, quien le enseñara buenos modales.

Dos. Un arcoíris de Xalapa

El libro rescata, claro, un tiempo y una época. Algunos de los retratados ya se fueron al otro lado del charco. Otros, están, por fortuna, vivos, creando y recreando su mundo, el mundo de la capital.
La galera, un arcoíris. Actores, coreógrafos, antropólogos, músicos, bailarinas, escritores, locutores, orfebres, cantantes, jazzistas, grabadores, lingüistas, poetas, soneros, empresarios, atletas, periodistas, artistas plásticos, muralistas, litógrafos, serigrafistas, futbolistas, caricaturistas, gemelos, fotógrafos, sacerdotes, titireteros, arpistas, cineastas e investigadores.
Ningún indígena. Ningún campesino. Ningún obrero. Ningún jodido, pues.
La cámara de Luis Ayala mira más arriba. Digamos, la cultura. Las ideas. Las artes. Las letras. La vida bohemia. Para qué preocuparnos, dice un personaje de Carlos Fuentes en “Cantar de ciegos”, si somos jóvenes.
El retrato, llevado a la plenitud artística. El fotógrafo, rastreando la huella del alma y del corazón en cada uno de sus personajes.
Impresionante, por ejemplo, la foto de la portada. El poeta cordobés, avecindado en Xalapa, Ramón Rodríguez, sentado en una modesta y sencillísima silla ante una más modesta mesita, donde hay dos libros, los dos cerrados, y una macetita con tres florecitas, mientras él sostiene en la mano derecha una tasa, se entiende, con café.
En tanto, el poeta, con el bigote y la barbita de León Trotsky, parte del pelo amontonado sobre parte de la frente, mira, ¿con ojos de angustia, de incertidumbre, de zozobra? la lente del fotógrafo.
Viste una chamarrita azul con una camisa roja a cuadros y un pantalón azul, mientras cerca y a lo lejos la ciudad es avasallada por el tráfico del mediodía.
Uno de sus poemas estridentistas (tiempo aquel de Manuel Maples Arce) dice, más o menos, que… “en un rincón de mi zapato solloza el calcetín”.

Tres. Obra cultural de Américo Zúñiga
La tradición académica dice que cuando se integra una antología ha de incluirse una reseña, una biografía, un retrato escrito de los personajes, las personas, los hechos y/o el tema.
En el caso, quizá faltó tiempo, acaso nunca fue la intención, pero mucho habrían ganado los lectores de norte a sur y de este a oeste de Veracruz, y del país, con una biografía mínima y básica sobre cada una de las cien fotografías.
Quizá habría sido importante su fecha de nacimiento, pero más, mucho más, lo que hicieron (o hacen) en la vida y su aportación, digamos, al nacimiento de un bello día, el día del hombre, el día de la mujer, el día de la humanidad.
Habrá tiempo, digamos, en una segunda edición, si así lo mirara el presidente municipal electo, el académico de la Universidad Veracruzana, Hipólito Rodríguez, y su equipo de asesores.
El alcalde Américo Zúñiga Martínez cumplió con una parte del expediente. El rescate de un tiempo histórico que fue y se está yendo. Obra pública, cierto, pero también, obra espiritual, obra social, obra cultural, como el caso del par de libros con cuentos de niñas escritoras.

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