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Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
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Escenarios: Relato de un feminicidio

LUIS_VELAZQUEZ

•Vida sórdida en Veracruz
•Asesinada en Misantla

Luis Velázquez
31 de agosto de 2017

Uno. “A sangre fría”

La foto circulada por la secretaría de Seguridad Pública en los medios es así:
La chica de 23 años, Judith Betsabé, estará tirada sin vida sobre una banqueta.
El brazo izquierdo quedó extendido sobre su cuerpo y el brazo derecho está en forma de V sobre el brazo izquierdo y roza la cara.
Su cabellera negra y larga, que le habría llegado al pecho y descendido sobre la espalda, quedó desperdigada en el piso.
Ella tiene un vestido cortito, de tal manera que cuando fue tiroteada y cayó al piso se corrió y arriba muestra parte de la espalda y abajo parte de las piernas.
El vestido parece de tela sencilla, sencillita, y es floreado con flores rojas que están desperdigadas sobre un fondo blanco.
Ella quedó con heridas de arma de fuego en la cabeza, el rostro y el brazo.
Fue la madrugada del miércoles 16 de agosto cuando en Misantla se efectuaba la feria ganadera.
Ella estaba frente a la Asociación Ganadera, sobre el bulevar Avila Camacho, cuando de pronto, así nomás, unos desconocidos que viajaban en un taxi se detuvieron, le dispararon a quemarropa y huyeron.
Escaparon en el taxi.
Se llamaba Judith Betsabé Reyes Peña, y al momento, ningún resultado de la investigación, hace ya quince días.
Fue un feminicidio más en Veracruz.
Y lo peor, los malandros, anexos, conexos y similares, hayan sido quienes hayan sido los asesinos, o el asesino, saben que en Veracruz cabalga como jinete solitaria, intocada e intocable, la impunidad, y así, tal cual, se crecen al castigo.
Lo dice el viejo principio jurídico romano:
A mayor impunidad, más violencia.
Edmundo Valadés lo decía de la siguiente manera. “La muerte tiene permiso”.
El sacerdote José Alejandro Solalinde Guerra, director fundador del albergue de migrantes, “Los hermanos en el camino” y que ya tiene sucursal en Acayucan, lo dice así:
“Veracruz, un río de sangre y un valle de la muerte”.
La reportera Marcela Murati lo escribió así:
“Veracruz, una sucursal del infierno”.
Los familiares de Judith Betsabé lo dirían así:
Más que una sucursal del infierno, el infierno mismo.

Dos. Crímenes imborrables

Hay viñetas de la muerte imborrables en el Veracruz que camina desde el primero de diciembre del año anterior.
Por ejemplo:
Los cuatro niños y sus padres asesinados “con alevosía, ventaja y premeditación” en una colonia popular en Coatzacoalcos.
El niño y la maestra de escuela primaria asesinados en Tantoyuca, la tierra del cacique Joaquín Guzmán Avilés.
La niña asesinada en una plaza comercial de Córdoba.
Las tres edecanes de Amatlán y Córdoba secuestradas, desaparecidas y asesinadas.
Los tres policías federales ejecutados en un restaurante de Cardel, municipio de La Antigua, ubicado a orilla de carretera.
Los nueve cadáveres tirados en Boca del Río.
Los cadáveres destazados en partecitas arrojados frente al despacho del secretario de Seguridad Pública en el puerto jarocho.
Las fosas clandestinas que siguen apareciendo.
El asesinato de los tres reporteros. Ricardo Monluí Cabrera, en Yanga. Edwin Rivera Paz, en Acayucan. Y Cándido Ríos Vázquez, en Juan Díaz Covarrubias.
Entre tantas otras y que han ubicado a la yunicidad en un escenario peor que cuando el duartazgo.
Pero, claro, y aun cuando ya nada pudiera sorprender porque pasado un ratito, como decía el cronopio argentino, Julio Cortázar, el ser humano se acostumbra a todo, sucede que en Misantla, una chica toma una cerveza con unos amigos cuando se celebra la Feria Ganadera, y de pronto, zas, unos hombres armados llegan en un taxi, se baja uno, y la mata a quemarropa.
Y huye, tan campante.
La vida, prendida con alfileres.
Nadie está a salvo. Nadie puede cantar victoria. Nadie puede salir a la calle seguro y cierto de que su vida será respetada.

Tres. Los muertos son revictimizados

Desde el discurso azul gritan que están exponiendo la vida para que “Veracruz cambie”, y nadie lo duda.
Pero en el terreno de los hechos y los resultados, pareciera, mejor dicho, es, todo sigue igual. O peor. Y peor, porque en la campaña electoral a gobernador del año anterior muchas, demasiadas expectativas fueron levantadas por el candidato de la alianza PAN y PRD.
Cierto, la prensa publica la captura de una banda delictiva y la aprehensión de unos secuestradores y registra el fuego cruzado entre malandros, aun cuando, de paso, se están llevando a la población civil.
Y por desgracia, al mismo tiempo, los sicarios y sus carteles se reproducen como los peces y los panes, como los ácaros, como la humedad, como si los malosos tuvieran un ejército impresionante, de tal forma que todos los días y noches hay muertos, desaparecidos y secuestrados, y al mismo tiempo, se reciclan.
Y como en el caso de Judith Betsabé Reyes Peña, repitiendo siempre la misma cantaleta:
“La policía investiga… que relación pudiera tener el crimen de Judith Betsabé con la agresión a balazos que sufrió la misma madrugada Jonathan Rivera, alias “El hachita”, en Misantla”.
Es decir, la insinuación de que Betsabé estuviera ligada a un malandro y como asegura el politólogo Ramón Benítez, significa que los muertos vuelven a matarse, son revictimizados, porque se les liga a malas amistades, al grado de que en un descuido hasta se les puede culpar de su propio ajusticiamiento.
Fue el caso, como se recuerda, del padre de los cuatro niños (de 3, 4, 5 y 7 años) asesinados en Coatzacoalcos, donde luego enseguida el góber azul se apresuró (igual que Javier Duarte) a decir que era un sicario, un pistolero, que la noche anterior había matado a un adversario de otro cartel.

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