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Lunes, 11 de Diciembre de 2017
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Escenarios: Un hombre bueno y justo

LUIS_VELAZQUEZ

•Vivir con la medianía del salario
•Los apóstoles de Dios

Luis Velázquez

Uno. “No meterse en las patas de los caballos”

Amado Beltrán fue un hombre sencillo y bueno. Mejor dicho, justo. Siempre vivió con la medianía de su salario. Campesino, los fines de semana hacía tamales para vender en el pueblo. Y varios años después su prestigio era regional. Los mejores tamales de la comarca.
En las fiestas familiares, el platillo fuerte eran sus tamales, de igual manera como luego se establecería la moda de las garnachas, las picadas, las gordas y el café de olla, la leyenda gastronómica, por cierto, con que el barrio de “La huaca” entró a la historia. Más allá de que allí nacieran Toña La Negra y Beto Ávila.
Don Amado tenía un burrito que lo llevaba al surco todos los días, donde sembraba maíz, frijol y ajonjolí. Una parte para la venta, otra para el autoconsumo, como fue y es la vida del campesino.
Un hombre callado. Discreto. Con bajo perfil. Modesto.
Nunca conoció la frivolidad, a la que, además, era ajeno. Jamás fumó un cigarro, menos, mucho menos, tomó una cerveza. Inconcebible, por tanto, una borrachera.
Sabía, claro, leer y escribir. Pero dejó inconclusa la escuela primaria. Su padre lo llevó al campo. Un hombre trabajado. Por fortuna, una salud “a prueba de bomba”. Sólo enfermó de viejo. En la sexta, séptima década.
Tenía pocos amigos. Dos, tres, quizá cuatro. Y en sus reuniones, mientras los otros platicaban, él escuchaba. Quizá algún comentario, un chascarrillo, una broma.
Nunca se metió en conflictos ni sociales ni políticos.
Ejercía, claro, su derecho a votar. Pero de que se involucrara en las pasiones desaforadas, sórdidas y siniestras de la política-política, jamás.
Guardaba una sana distancia.
Además, las limitaciones en que vivía le impedían, y por fortuna, meterse en la política municipal. “No te metas a las patas de los caballos”, decía.

Dos. Ferviente católico

Antes de llegar a los cincuenta años de edad, camino a Damasco, tuvo una revelación y de pronto se volvió un católico ferviente.
Todos los días, a misa. Todas las noches, al rosario.
Tanto que, por ejemplo, le entró el activismo católico y formó un grupo de hombres de su edad y jóvenes al que bautizaron con el nombre de “Adoración Nocturna”, guiado por el sacerdote del pueblo.
Una vez cada mes, pasaban la noche en vela en la iglesia rezando al Santísimo, dando gracias a Dios, claro, pero al mismo tiempo, rezando, digamos, por la humanidad doliente, caray, la pobreza, la miseria, el desempleo, la seguridad, la injusticia.
Hacia las seis de la mañana, todos escuchaban misa, especial para ellos. Y confesaban y comulgaban y el cura debió haber terminado agobiado con tantos pecados.
A veces, don Amado Beltrán, quien era una especie de pastor, de líder, sin llegar a ser cristero ni sinarquista, sorprendía a todos con tamales y café de olla.
¡Vaya banquetazo!
Fue el tiempo cuando en la iglesia del pueblo las mujeres también formaron su grupo. La Unión Femenina, se llamaba.
Y los niños, su grupo. El Frente Infantil Católico.
Y los jóvenes, el suyo. El Frente Juvenil Católico.
David Constantino García era el presbítero. Y su activismo social estaba fuera de serie. Tanto que en el palacio municipal de enfrente de la iglesia, el alcalde en turno se encelaba.
“La gente cree más en ti” decía al cura.
Y el padre, prudente y mesurado, sólo sonreía.

Tres. Los apóstoles de Dios

En su resurrección a la otra vida, Amado Beltrán se transfiguró. Y llevó su apostolado a las rancherías y comunidades del municipio.
De entrada, enseñó a su arte el arte de elaborar los mejores tamales y el sábado se iba con otros miembros de la “Adoración Nocturna” a los poblados.
Impartían la doctrina. Enseñaban el catecismo. Convencían a los padres de familia de bautizar a los hijos. Preparaban a los niños para la primera comunión. Sermoneaban para casar a las parejas. Levantaban capillitas en cada pueblo en una tarea comunitaria. Organizaban torneos deportivos para atraer a los jóvenes y a los viejos.
Eran los apóstoles de aquella iglesia.
El activismo y el proselitismo en su más alta dimensión, donde sólo importaba el apostolado religioso.
El sinarquismo y los cristeros estaban de moda en el centro del país. Se proclamaban enviados de Dios. Uno de ellos, el dibujante José de León Toral, asesinó al presidente Álvaro Obregón, recién reelecto.
Entonces, tentaron en el pueblo a don Amado Beltrán. Con una sonrisita los rechazó. “Somos apolíticos” les dijo. Y por más y más que insistieron jamás les abrió la puerta y menos a su grupo católico.
El PRI estaba en su apogeo. Era el partido político fuerte. El mundo, a su alrededor. Y también le vieron cara tricolor a don Amado. Y de igual manera los rechazó.
Su felicidad era salvar su alma, pues creía en lo que se llama “la vida eterna”. La vida, después de la muerte. El más allá.
Fue una vida imborrable. Dejó huella. Marcó a su generación. La lucha, digamos, por un ideal, un sueño, una utopía. “La fe mueve montañas” dice el chamán.
Bastaría recordar, por ejemplo, que los hombres de la Reforma (Francisco Zarco, Melchor Ocampo, Manuel Payno, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, etcétera), “fueron gigantes” como decía el historiador Daniel Cosío Villegas, porque tenían principios y valores, ideas, ideales.
Don Amado Beltrán también.

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