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Escenarios : Ventajas de la senectud

LUIS_VELAZQUEZ
•Hacer lo que se quiera
•El hombre sin tentaciones

Luis Velázquez
05 de septiembre de 2018


UNO. Ventajas de la senectud

Algunas de las fascinantes ventajas de la vejez son las siguientes:

Despertarse a la hora que cada quien guste y ponerse a rezar por los vivos y los muertos para que a todos les vaya bien.
Hacer cada día lo que da la gana, sin andar corriendo para checar el reloj laboral a tiempo y quedar bien con el patrón y llevarse bien con los compañeros.
De vez en vez, sentarse en el patio de la casa a ver pasar las nubes y ver volar una que otra gaviota solitaria sobre la bahía en el Golfo de México.
Contar el número de pajaritos que llegan a los árboles y vuelan de un árbol a otro compitiendo con los pájaros en los alambres telefónicos y de la Comisión Federal de Electricidad.
Ejercer a plenitud el maravilloso gusto de ver a los amigos y tomar un café con ellos a media mañana o a media tarde y platicar de los años idos con una nostalgia que permite declarar, como dice el viejito del pueblo, que los años pasados fueron mejores.
Leer en el periódico hasta las páginas de sociales y del aviso económico y en donde suelen existir tantas sorpresas, entre ellas, que de igual manera como en el siglo pasado todavía predomina y domina el anuncio dando las gracias a la Santa Muerte.
Mirar pasar las horas del día y de la noche sin prisas, conscientes y seguros de que el tiempo es aliado y que por más y más que cada quien se apresure todas las cosas tienen su tiempo, como dice Renato Leduc en su famosa canción de “sabia virtud de perder el tiempo”.
Si antes la vida se iba en las cantinas con los amigos y mujeres de paso, en la vejez se disfruta, qué caray, en el consultorio del médico, en la farmacia comprando las medicinas y en el quirófano por si suele necesitarse una operación.
Y saber, sin envida ni rencor, que la vida ha de vivirse antes como antes y ahora como ahora.
Emerson decía que para amar la vida primero ha de amarse la muerte.
Y en la vejez, se ama más a la muerte que la vida, porque la vida en la séptima década se reduce a la nostalgia y la vida en la juventud a vivir de manera intensa y frenética.

DOS. La mesita de los viejitos

En la vejez se alcanza la dicha de sentarse a leer un libro sin que nadie interrumpa, ni moleste, ni fastidie.
Y si de pronto, zas, suena el teléfono, que suene.
Y si la Atalaya toca la puerta que siga tocando.
Y si el periódico sigue trayendo noticias malas, allá cada quien.
Cosas maravillosas de la vejez:
En ningún partido político ni tampoco en ningún candidato ni menos en ningún político encumbrado se cree.
Los años permiten llegar a la conclusión (¡Vaya conclusión!) de que el 99 por ciento de los políticos son mentirosos.
Y entonces, si de pronto el vecino invita a un mitin con un político se le da la bendición para que le vaya bien.
Por eso, nada más fascinante que integrarse al grupo cafetómano de “Los pájaros de altos vuelos” y a “La mesita de los viejitos” en el café para seguir viviendo del recuerdo y que también, claro, significa “una forma inicua de perder el tiempo” a tono con Renato Leduc, quien, por cierto, dejara a María Félix con las ganas de ser su pareja.

TRES. El viejito que lee esquelas

Un viejito se ha vuelto tan amigo de la muerte que todos los días compra el periódico únicamente para leer esquelas.
Y lee esquelas para ver si por ahí sale publicada la esquela de un amigo, un conocido, un cuate, un viejo compañero de la escuela o del trabajo, y sentirse, claro, afligido con la muerte de los otros, pero al mismo tiempo, y en rara y extraña conjunción, alegrarse, porque los otros ya se le adelantaron y él sigue ahí, tomando café con los suyos y pitorreándose de los años vividos.

Incluso cada mes toma parte de su pensión, convierte unos billetitos en monedas y le pide a un nieto lo pasee en los cruceros de la ciudad para dar unos centavitos a los ancianos pidiendo limosna.
El viejito parte de la siguiente filosofía:
Antes, mucho antes, solía dejar parte de su quincena en los antros con mujeres desconocidas, y ahora, en la vejez, cuando sólo vive con su esposa y los hijos ya se casaron y se fueron y la pensión le alcanza vive su cristiandad a plenitud y nada más satisfactorio que ayudar al prójimo y al próximo… hasta donde, claro, es posible.
Y aun cuando los centavitos que regala a los ancianos poco pueden significar, de maicito en maicito la gallina llena el buche y queda contenta con su festín gastronómico.

CUATRO. El paraíso en la tierra

La vejez permite tomar conciencia de que más allá de la vida humana hay otras vidas, por ejemplo, la animal y la celeste y/o cósmica y/o planetaria, digamos.
Nada más fascinante que sentarse en las noches en el patio a contar las estrellas y a descubrir a la Estrella Madre y a la Estrella Padre y a las estrellitas y calcular según la intensidad de su luz y el parpadeo el número de años, conscientes de que cada estrella vive diez mil años.
Leyendo un libro sin interrupciones en el patio, la vida se alegra, por ejemplo, cuando de pronto, en un rincón se descubre a un ejército de hormiguitas laboriosas que juntas, unidas, empujan un micro pedacito de comidita a su cueva, su mansión donde viven.
Y de pronto, “cuando el cielo se oscurece como en una película de Hitchcock” (Julio Cortázar) mirar en la pierna a un bichito que va caminando atrás de un mundo inexplorado, y se trata de una arañita inofensiva y peluda que equivocó el camino y que al mismo tiempo permite crear y recrear, imaginar, un mundo libre,  mientras a lo lejos se escucha el murmullo del mar.
Y alzar la vista para mirar, cierto, las nubes que van caminando, y descubrir que una hormiguita ya se trepó a una pierna y se siente una exploradora en la selva, alucinada quizá con un universo vibrante lleno de vida, como si anduviera de picnic, sabroso fin de semana.
Y entonces, darse cuenta que el perrito que en la mañana y en la tarde suele llevarse a pasear y platicar con él, corre iluso atrás de una mariposa que acaso le habría invadido su terreno y siente celo y envidia de que la mariposa vuele y siga volando y de pronto, zas, se le pierda mientras él queda atónito y sorprendido.
Sólo así la vejez alcanza el estadio superior de la raza cósmica, la raza feliz con la que soñaba José Vasconcelos, el paraíso en la tierra.

 

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