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Sabado, 29 de Abril de 2017
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Expediente 2016: La escolta de Noé Zavaleta

LUIS_VELAZQUEZ

La escolta de Noé Zavaleta Vázquez, corresponsal de Proceso en Veracruz a la muerte por estrangulamiento de Regina Martínez Pérez el 28 de abril de 2012, fue asesinado de 5 tiros en Cabo San Lucas, cuando cuidaba la seguridad del reportero Julio Omar Gómez Sánchez. 

Noé ha escrito la siguiente crónica de su escolta, un ex marino de nombre Rogelio, de quien conserva el mejor recuerdo, pero más aún, la gratitud eterna, pues también ofrendó su vida por él en los días sórdidos del duartazgo, sexenio fatídico aquel en que fueron asesinados 19 reporteros, más tres desaparecidos, más seis exiliados: 

“Exmarino, Rodrigo medía como 1.90, moreno de gesto adusto, de esas caras que dan miedo, siempre con una chamarrona larga, color café en la cual a veces asomaba a discreción el arma corta. Botas vaqueras de piel de serpiente o imitación de piel. 

Lo tuve asignado en las presentaciones del libro “El infierno de Javier Duarte, crónica de un sexenio fatídico”, en Poza Rica y en Puebla, además de que me acompañó cuando vivía  exiliado en la Ciudad de México (varias semanas) y cuando iba a declarar a la Policía Ministerial de Xalapa. 

Cuando entraba en confianza sonreía y bromeaba un poco. 

El día en que murió Juan Gabriel, nos pasamos comentando el suceso para destensar y nos echamos la discografía musical en el auto, incluso, cantando al alimón. 

Al pasar por el Mambo Café en la avenida Insurgentes Sur, en la Ciudad de México, les dije a él y a la otra  escolta:

“Extraño bailar salsa”, mientras veía la fila de barbies en vestidos cortitos y sugerentes haciendo cola para entrar.

Rogelio me dijo: 

“Licenciado, cuando quiera y si es menester lo acompañamos a que se eche su bailadita y se sienta seguro. Prometemos no distraernos viendo muchachas…” y se echó una carcajada. 

En Tulancingo, Hidalgo, en el traslado de Poza Rica a Puebla, yo no llevaba dinero y el restaurante al que fuimos, una fonda de barbacoa a orilla de carretera, no aceptaba tarjeta de banco.

Rogelio invitó los tamales de barbacoa y una coca cola y después cuando ya retiré el efectivo y le quise regresar el dinero no quiso. Cuando me lo cambiaron y fue reasignado, Rogelio me pidió un libro mío que quiso pagar, y obvio, se lo obsequié. 

Ignoro si antes de ser reasignado a Baja California, tierra de control del cartel de los Beltrán Leyva, Rogelio tuvo alguna otra tarea. 

Ahora el gobierno federal hizo recortes presupuestales al Mecanismo de Protección de Periodistas, y el mismo subsecretario de Gobernación, Roberto Campa Cifrián, ha declarado que “no tienen dinero”.

En RCU (la empresa que provee de escoltas) al Mecanismo ya hicieron ajustes de dinero, y es que antes los escoltas que protegen periodistas comían en Vips o Samborns y se hospedaban en hoteles decorosos. 

Los últimos escoltas que tuve compraban despensa en tiendas Chedraui y cocinaban en un cuarto que rentaban, mientras el reportero hacia lo mismo en su domicilio. 

Desde que tuve escoltas y me iban cambiando (siete en total en seis meses) varios se quejaban de que estaban reclamando que les dieran chalecos antibalas y vehículos para reaccionar en una situación de emergencia (camionetas 4×4), y nunca les hacían caso ni en Veracruz, ni en Guerrero, ni en Sinaloa, ni en Baja California. 

Dos días después de la muerte de Rogelio, los administrativos telefonearon a los escoltas: 

“Ya pueden pasar por chalecos antibalas”, les dijeron. Pero era demasiado tarde.

Rogelio, el exmarino que cuidó de mi vida como la suya, había muerto de cinco balazos, salvando la vida de un reportero más”.

 

VIVIR EN LA INCERTIDUMBRE Y LA ZOZOBRA 

 

Hacia principios del año que corre entre unos treinta a cuarenta reporteros de Veracruz andaban día y noche con medidas cautelares de la secretaría de Gobernación, pues habían recibido amenazas, intimidaciones, avisos siniestros y sórdidos, robos de sus casas y automóviles y hasta golpeteo mediático bajo sospecha.

Uno de ellos, Noé Zavaleta.

Incluso, cuando con frecuencia debía comparecer en el Palacio de Bucareli en la Ciudad de México para revisar su caso y reasignar escoltas si así las circunstancias lo ameritaban, cuenta que de pronto quedaba sorprendido cuando poco a poco fue conociendo a un montón de colegas de Veracruz en igualdad de condiciones.

Y es que la misma SEGOB federal dispone la absoluta discrecionalidad en el caso por razones obvias.

Cada uno entraba a una oficina para la evaluación correspondiente y hubo quienes sólo el saludo intercambiaban en la antesala.

En aquellos días del duartazgo y parte de la Yunicidad, el par de escoltas asignados cuidaba de Zavaleta día y noche. 

Incluso, hasta le montaban guardia en su casa o frente a su casa en Xalapa. 

Y cuando andaban de gira por ahí, digamos, entre otras cositas, presentando su primer libro, dormían en cuartos vecinos en un hotel, y si era necesario, según el pueblo, en la misma habitación.

Y si el corresponsal de Proceso asistía a un café, un desayuno, una comida, una cena en un restaurante, dejaban que Noé se instalara y luego ellos, con la más completa discrecionalidad, se sentaban en mesas separadas, cerca, para estar vigilando y comunicándose a través del celular al primer aviso, digamos, sospechoso.

Vivir así, claro, resulta un tormento. Un infierno. Una pesadilla.

Pero ni modo, en Veracruz, en el duartazgo el territorio más peligroso para el ejercicio reporteril en el mundo, la vida está en peligro. 

El 19 de marzo del año que corre, en Yanga, fue asesinado el reportero Ricardo Monlui Cabrera.

Y diez días después, el jefe de Redacción del diario “La Opinión”, de Poza Rica, Armando Arrieta Granados, fue tiroteado. 

Nadie, entonces, que ejerza el periodismo contando los hechos de cada día con puntualidad, puede cantar victoria con la Yunicidad en el palacio de Xalapa… por más y más que ellos digan que “es muy fácil criticar desde afuera” y por más que el secretario de Seguridad Pública se justifique diciendo que “tengan paciencia, pues estamos llegando”.

¡Vaya consuelo! 

 

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