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Martes, 25 de Julio de 2017
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Hallan vestigios de nobles mexicas en vecindad

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Tras los muros de lo que fuera una vecindad del Centro Histórico de la Ciudad de México, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han descubierto restos de un recinto de nobles mexicas que habitaron Colhuacatonco, barrio célebre por haber resistido el asedio de la conquista. Según lo relatado por fray Bernardino de Sahagún, fue aquí donde se capturó una bandera española; y esa rebeldía indígena permaneció aún después de perder la guerra, como quedó manifiesto en el contexto arqueológico.

En un terreno calado por la lluvia de la noche anterior, la arqueóloga María de la Luz Escobedo Gómez recorre los restos de estructuras prehispánicas dispersas al fondo de un predio en lacalle República del Perú. Comenta que desde esos tiempos, la gente de Colhuacatonco enfrentaba los obstáculos de habitar un espacio de lodazales, pues al ser una zona baja siempre existieron problemas para desalojar el exceso de agua; el paso del tiempo bautizaría sus cercanías como “La Lagunilla”.

Colhuacatonco llevaba su fama y su prestigio en el nombre, éste significa “Lugar donde da vuelta el agua”, en náhuatl; aunque la arqueóloga se inclina más por otra versión que relaciona a sus pobladores con gente venida de Culhuacán, el centro cívico y ceremonial más antiguo del Altiplano Central de México, localizado en la ladera poniente del Cerro de la Estrella.

Este barrio era uno de los siete que pertenecían a Cuepopan, una de las cuatro parcialidades o campan tenochcas, cuyos límites —conforme la nomenclatura actual— eran la calle del Órgano hacia el norte, República de Chile al oriente, por el sur República del Perú y por el poniente, Allende. En las inmediaciones de estas dos últimas es donde se trabajó desde marzo pasado.

Bajo lo que fue una vecindad durante buena parte del siglo XX, la especialista de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH descubrió  las construcciones de nobles de Colhuacatonco o de sus familiares; lo cual es posible afirmar ya que se sabe que sólo éstos tenían habitaciones construidas con piedra, lo que las distinguía del resto de las viviendas de los macehuales, la gente del común.

 

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A primera vista lo más impresionante de toda la plataforma prehispánica que se ubica al norte del terreno, es un pequeño recinto que debió estar destinado a actividades ceremoniales, un espacio de 3.16 m de largo por 4.30 m de ancho, que preserva su piso bruñido en excelentes condiciones y cuya factura es de calidad semejante a las superficies del Templo Mayor de Tenochtitlan.

A este pequeño recinto lo precedían dos espacios: una antesala del doble de sus dimensiones y un patio hundido, los cuales se hallaban en un nivel más bajo.

Los hallazgos en República del Perú resultaron ser una verdadera cápsula del tiempo, con una continuidad desde el periodo Posclásico Tardío (1325 – 1521 d.C.), pasando por la Conquista, la Colonia, el siglo XIX y hasta la pasada centuria. Como afirma la arqueóloga, ella y sus colegas “estamos sorprendidos de la continuidad de más de 500 años, reflejada en los materiales recolectados”.

Entre los objetos, además de molcajetes y platos Azteca III, y figurillas prehispánicas, se hallaron otros que revelan ese primer mestizaje, por ejemplo, pequeños silbatos en forma de aves hechos con la incipiente técnica del vidriado, personajes de rasgos occidentales y con sombrero, representaciones de monjas, candeleros y jarras con adornos que mezclan detalles fitomorfos y zoomorfos, etcétera.

Los vestigios quedarán protegidos dentro del proyecto de vivienda social que se tiene planeado para este predio. Se trata, concluye María de la Luz Escobedo, de que la historia siga hablando por la Ciudad de México.

 

Tomado de Vértigo Político.

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