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Lunes, 18 de Junio de 2018
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La política en tacones: Libertad de expresión

Por Pilar Ramírez

Ha sido tan lamentable la agresión al semanario parisino Charlie Hebdo como  esperanzadora la reacción ciudadana que provocó, porque propició actos que van más allá de la defensa de la libertad de expresión, la indignación por el asesinato de 16 personas y el repudio a esta manifestación extrema de intolerancia y apuntan a una finalidad de horizontes más amplios como hacer prevalecer la democracia basada en la tolerancia, en la libertad, en la seguridad y en el ejercicio pleno del derecho a expresarse, y esperemos que se mantenga en esos márgenes sin dejar que el odio se apodere de la situación; de este modo será una reacción ciudadana digna del país donde comenzó el ocaso de los gobiernos absolutistas.

Resulta difícil no asombrarse al ver las calles parisinas abarrotadas por cinco millones de personas (según cálculos de medios franceses) expresando solidaridad con los trabajadores de la publicación y la presencia de 50 líderes mundiales a la cabeza de la marcha, donde, claro está, lo más relevante es la multitudinaria presencia ciudadana que no sólo se solidariza con la revista sino que defiende también sus propias creencias, su derecho a disentir y expone su reclamo a vivir sin miedo a la violencia y a la intolerancia.

La presencia de los jefes de Estado en la marcha del domingo, por más variopinta que haya sido la reunión, les dice a esos ciudadanos que las exigencias presentadas están respaldadas por sus gobiernos. Esto no es un elogio a los gobernantes sino la descripción de un compromiso público que asumieron con su ciudadanía, pues resulta muy posible que la mayor preocupación de los gobiernos europeos sean la seguridad y el combate al terrorismo; su asistencia a la marcha pudo ser el mensaje al fundamentalismo musulmán de que es toda Europa con la que se enfrenta; no obstante, dado que el objetivo más importante de los atentados fue un medio de comunicación resultó preciso e insoslayable reivindicar también, en incluso en primer término, la defensa de la libertad de expresión, como lo hicieron desde el inicio la movilización ciudadana y el gremio periodístico. “Je suis Charlie” es ya un símbolo.

Estos hechos pueden marcar, en adelante, una diferencia en el combate al terrorismo entre Europa y su aliado Estados Unidos, pues debemos recordar que después de los atentados contra este último en 2001, la administración Bush esgrimió la seguridad nacional como objetivo esencial e hizo del antiterrorismo una cruzada que justificaba desde las torturas hasta severas limitaciones a la libertad de prensa. Europa no se olvidó de que Estados Unidos clamó entonces por la alianza europea en su cruzada: medios europeos reprocharon la ausencia de Barack Obama en la marcha o al menos de un representante de alto nivel en la manifestación contra los atentados.

Por otro lado, la decisión de varios medios de republicar las caricaturas de Mahoma por las que supuestamente los agresores tomaron venganza contra Charlie Hebdo (a lo cual no se han sumado los medios estadounidenses por cierto) es una reafirmación del rechazo a vivir con miedo y a admitir la autocensura como forma de convivencia. Y no sólo eso: a pesar de que la revista perdió la mitad de su plantilla entre las personas asesinadas y heridas, otros medios le ofrecieron apoyo para que esta semana aparezca como de costumbre.

Hoy parece incuestionable la defensa de la libertad de expresión ante los resultados sangrientos de los atentados, pero diferenciar el combate al terrorismo y la defensa de la libertad de expresión es válido porque esa libertad no siempre se ha resguardado con tanto ardor. No sólo ha habido atentados sino también hostilización por la vía legal argumentando discriminación para intentar censurar. En 2007 Philippe Val, director de redacción de Charlie Hebdo, fue denunciado penalmente por organizaciones islámicas después de que se solidarizó con el diario danés Jyllands-Posten al republicar caricaturas del profeta Mahoma por las que embajadas de Dinamarca en Oriente Medio fueron atacadas. Después del juicio le preguntaron a Val si no había sido una provocación innecesaria, a lo que contestó “¿Qué civilización seríamos si no nos pudiésemos burlar, mofar y reír de los que vuelan trenes y aviones y asesinan en masa a inocentes?”.

La misma acción solidaria le costó el puesto al director del diario francés Libération. En 2009 el cartonista Siné de Charlie Hebdo fue sometido a juicio por una caricatura sobre la boda del hijo del entonces presidente Nicholas Sarkozy, en la que se refería de manera irónica a su conversión al judaísmo, pues contrajo nupcias con una joven perteneciente a una acaudalada familia judía. Fue el mismo Philippe Val quien cesó a Siné después de haber sido absuelto por negarse a ofrecer una disculpa a Jean Sarkozy y a su familia política. Curiosamente, el pasado domingo 11, el expresidente Sarkozy fue figura destacada en la marcha, lo cual no pasó desapercibido para el gremio de cartonistas.

Otro jefe de Estado que ocupó sitio en primera fila fue Mariano Rajoy, cuya presencia expresaba respaldo a los periodistas agraviados, aunque en su propia casa fue censurada, apenas en junio del año anterior, la revista satírica El Jueves, cuyos dueños impidieron la publicación de una portada del caricaturista Manel Fontdevila a propósito de la abdicación del rey Juan Carlos, en la que aparece el monarca entregando a su hijo una corona llena de heces y el rey con unas pinzas en la nariz para evitar el hedor. A raíz del hecho renunciaron más de media docena de colaboradores. Diversos medios interpretaron que la censura se debió a presiones gubernamentales.

Sin duda con los atentados recientes, el terrorismo le impuso ya una cuota de temor a la vida en Europa como lo hizo en Estados Unidos, pero hay una ciudadanía que se niega a permitir que la amenaza rija sus vidas y perciben claramente que ceder en la libertad de expresión es comenzar a ceder en otros ámbitos.

Es inevitable la comparación con México y experimentar una gran frustración al comprobar por qué nuestra democracia es tan débil. Aquí las agresiones a periodistas pasan casi desapercibidas para el gran público y lo menos grave puede ser que los agresores cuenten con el apoyo de la impunidad o la indiferencia e ineficiencia de las autoridades encargadas de impartir justicia, pero también puede ocurrir que tengan el apoyo de autoridades o cuerpos de seguridad. El caso del secuestro del periodista veracruzano Moisés Sánchez Cerezo es sólo el ejemplo más reciente. Únicamente familiares, amigos y una parte del gremio periodístico han levantado la voz exigiendo su aparición. Aprovechando el entorno mediático creado por el atentado contra Charlie Hebdo, colegas del gremio han tratado de impulsar la adopción de “Yo soy Moisés” para exigir el esclarecimiento del caso, pero no ha tenido la repercusión esperada. Veamos si algún alto funcionario decide encabezar una marcha de solidaridad con el gremio y con la familia de Moisés Sánchez, además de comprometerse a fondo para resolver el caso. Quizá podría aprovechar esta oportunidad el mismísimo Presidente de la República, uno nunca sabe.

ramirezmorales.pilar@gmail.com

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