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Lunes, 18 de Febrero de 2019
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Las “mujeres de blanco”, protagonistas durante el discurso de Donald Trump

MUJERES DE BLANCO

 

Donald Trump llevaba en su discurso sobre el estado de la Unión el uniforme de campaña electoral: traje oscuro y corbata lisa roja. El año anterior, en el mismo escenario, el presidente había cambiado su combinación más habitual por una corbata azul. El año anterior, en su primer discurso al Congreso, optó por el azul a rayas. Fueron ocasiones de discursos mesurados, de esos que llaman “presidencialista” (un insulto para Trump y sus leales). El rojo del fuego, la sangre y la pasión podían hacer temer, contra lo que estaba previsto, en un discurso volcánico, como en sus mítines y ruedas de prensa. Con los demócratas con el cuchillo entre los dientes, ahora que controlan la Cámara de Representantes, la noche podría haber acabado en carnicería.

No fue así. Trump eligió un tono sosegado, aunque firme, en su discurso, con varios llamamientos a la unidad, a la colaboración entre ambos partidos. «No gobernemos como dos partidos, sino como una razón», imploró al principio. Una petición que parece un brindis al sol ante la realidad política estadounidense: el país viene de sufrir el cierre gubernamental más largo de su historia por el desacuerdo sobre gasto y sobre la financiación del muro en la frontera con México, los demócratas van a redoblar las investigaciones contra Trump -que el presidente criticó en el discurso- y el Congreso está dividido entre partidos.

En una ocasión como la del discurso sobre el estado de la Unión, eso no importa. La imagen y las intenciones se imponen sobre la realidad política. Es una noche de gestos y ayer no faltaron. La atención se dividía entre lo que decía Trump y las reacciones que provocaban sus palabras. Los espectadores tuvieron un ojo en Trump y el otro en Nancy Pelosi, la demócrata que desde el mes pasado preside la Cámara de Representantes, sentada detrás del presidente junto a Mike Pence, el vicepresidente. Pelosi, el símbolo de la oposición a Trump, ofreció un repertorio de reacciones a las intervenciones de Trump: aplauso tímido, aplauso en pie, mueca de incredulidad, contorsión en la mandíbula, suspiros controlados. Como buena veterana del Congreso -ya ha estado en ese sillón con anterioridad- mantuvo las formas, saludó con deportividad a Trump y a Pence e incluso se levantó para pedir calma a sus colegas de bancada cuando sonaron ligeros abucheos contra el presidente nada más mencionar la seguridad en la frontera.

Hubo mucho más combate en los escaños demócratas. Buena parte de las diputadas de izquierdas de la Cámara de Representantes fueron vestidas de blanco -entre ellas, Pelosi-, en un homenaje a las activistas del sufragismo. No era la primera vez que lo hacían -hubo una iniciativa similar en el primer discurso de Trump al Congreso, en 2017-, pero ahora la mancha blanca es más grande que nunca. Entre ellas destacó Alexandria Ocasio-Cortez, la legisladora más joven de la historia de EE.UU., sensación entre los demócratas y una de las fuerzas que pretende empujar al partido hacia la izquierda. Evitó levantarse a aplaudir en casi todo momento, con un gesto estudiado de desafío a Trump, clavada en la primera fila del grupo de mujeres, como una Juana de Arco socialista y del Bronx.

Las mujeres de blanco

Trump supo navegar con elegancia el reproche visual y gestual de las legisladoras. En un momento del discurso, el presidente mencionó el bajo paro femenino, en los mejores niveles de la historia. La respuesta de los republicanos fue una de las decenas de ovaciones en pie que le dedicaron -se habrán ido con dolor de cuádriceps y con las palmas gastadas-, mientras que las demócratas no sabían si aplaudir o mostrar silencio. Animadas por Ocasio-Córtez, se levantaron para aplaudirse a sí mismas, con vítores y choques de mano. «Se suponía que no ibais a hacer eso», reaccionó Trump, divertido. “No se sienten todavía, que esto les va gustar”, añadió antes de celebrar que tras las elecciones de noviembre había más mujeres que nunca en el Congreso (no dijo que se debía casi en exclusiva al partido demócrata). Las mujeres de blanco respondieron con alboroto, abrazos, risas y el resto del hemiciclo se unió con el grito patriótico de ‘U-S-A’. “Esto es genial, enhorabuena”, cerró Trump, encantado, tras un baile de gestos con la oposición demócrata del que salió ganando.

Quienes no iban de blanco eran las dos senadoras que pueden ser adversarias de Trump en la reelección de 2020. Kamala Harris, quizá la candidata que ahora mismo tiene más peso, siguió el discurso con el ceño fruncido y negando con la cabeza algunas aseveraciones del presidente. Elizabeth Warren, por su parte, se guardaba más los gestos, después de que sus opciones a la presidencia parezcan esta semana más lejanas tras sus disculpas por asegurar que tiene sangre indígena americana.

Hubo también momentos para la emoción durante el discurso. La presencia del astronauta Buzz Aldrin, el único superviviente de la misión Apolo XI que conquistó la Luna, y que este año cumple medio siglo. Se cuadró con gesto militar ante Trump, vestido con una corbata con los colores de la bandera. La celebración de niña que venció al cáncer, los héroes militares o supervivientes de tragedias, como el ataque a la sinagoga de Pittsburgh del año pasado, redondearon la parte emotiva.

Un español estaba entre los invitados de honor al discurso: el cocinero José Andrés, una celebridad en el país y antagonista ferviente de Trump, invitado al acto por Pelosi. El chef asturiano se ha convertido en uno de los grandes activistas en EE.UU. a favor de los derechos de los inmigrantes y ha ganado relevancia en los últimos años por sus iniciativas para proporcionar alimento a los más necesitados en desastres naturales o regalar comidas a los funcionarios estadounidenses durante el cierre gubernamental.

Trump cerró el discurso con un tono casi de Barack Obama, de unión, de esperanza, de bien común, de grandeza, de futuro, de comunión de todos los ciudadanos: “Es el momento de subir a la montaña más alta y poner la vista en la estrella más brillante”. Pero nada más acabar, la clase política estadounidense ya estaba de nuevo en la trinchera: los republicanos le ovacionaron y buena parte de los legisladores demócratas abandonaron a la carrera el hemiciclo.

 

TOMADO DE ABC.

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