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Miércoles, 08 de Abril de 2020
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Nápoles, altar eterno de Maradona

 

messi

 

Maradona les recibió minutos después en la puerta de su casa del barrio de Posillipo. Vestía un chándal de color azul y unas pantuflas con perros de peluche. En el piso de abajo había gente llorando, todo eran caras largas en la familia. Algunos periodistas se ocultaban entre los setos del jardín para tener la primera fotografía del éxodo. La FIFA le había suspendido pocos días antes tras un control antidopaje: 15 meses en la grada, la peor sentencia, 259 partidos y 115 goles después. El glorioso ciclo en Nápoles, donde un chico de 1,68 procedente de la pobre Villa Fiorito ocupó durante siete años un altar reservado a los santos, se perdió en la estela de un avión rumbo a Buenos Aires con escala en Roma. Pasaron muchos años hasta que los callejones de Forcella y Sanità, empapelados todavía con murales en honor al mito, habrían de volver a reencontrarse con su último benefactor. La ciudad y él se habían devorado mutuamente.

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