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Domingo, 09 de Agosto de 2020
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Niños aterrorizados en Atzalan tras operativo de SSP

4F77A5EC-4A69-4214-B42E-BCF2540E61CAHasta hace unos días, Vicente y sus cuatro hermanos (todos menores de edad,) disfrutaban que un coche pasara por el pueblo. Salían corriendo atrás de él hasta cansar las piernas y recibir el saludo de los tripulantes.

Desde la madrugada del jueves pasado, cuando la policía llegó a Tepeczintla a realizar un operativo contra la delincuencia, su vida cambió dramáticamente, y ahora, si oyen alguna camioneta se ponen temblar.

Lo peor es de noche, se asustan, lloran de miedo, se estremecen de la angustia, y sus padres, desconsolados, ya no saben qué hacer para devolverles la calma, calma que ni ellos mismos han logrado recuperar.

Se trata de una más de las familias que resultaron afectadas por el operativo de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) del pasado jueves por la madrugada, con saldo de un oficial muerto, tres lesionados, tres detenidos y dos civiles muertos, Berllardino Cardeña y su nieta, María Magdalena, de once años.

Con la autorización de los padres, el reportero escucha a Jessica, de 15; Vicente, de 11; Fabián, de 8; Daniela, de 6; y Alberto, de 5 años.

Los cuatro niños y la adolescente viven con sus padres, quienes son encargados de la tienda de Diconsa, uno de los primeros puntos que fue allanado por el grupo de presuntos oficiales de la ley.

Desde el panteón donde acaban de enterrar al abuelo y a la nieta, los padres de los cinco menores lucen apenados.

Mueven la cabeza de un lugar a otro, se miran mutuamente y se frotan las manos.

El hombre y la mujer, con claros rasgos indígenas, luchan con el sentimiento de vergüenza al verse rajados por la palabra. A su alrededor, la mayoría ha contado su testimonio sobre lo ocurrido ese día. Incluida Genoveva Hernández, viuda de Cardeña, abuela materna de María Magdalena.

Ellos también padecieron la peor experiencia de sus vidas. Los encapuchados, fuertemente armados, subieron a la pieza en donde dormían los pequeños, que para esos momentos, estaban despiertos ante el escándalo y los disparos en el pueblo.

“Me pusieron el arma en la cabeza, eran unos hombres con trapos en la cara”, cuenta el pequeño Vicente al notar que sus papás le dan permiso de hablar.

A sus once años, en lugar de lidiar con el miedo natural a las matemáticas o a reprobar una materia en la escuela, deberá crecer tratando de superar los momentos de horror con los oficiales que llegaron presuntamente a buscar a un grupo de delincuentes.

El pequeño se mete entre las faldas de mamá, sujeta la mano de su padre, y se arropa con el resto de sus hermanos.

Quiere hablar y gritar que teme por su vida, que en esos instantes, sintió que moriría o que sus hermanos serían lastimados.

¿Puede a su edad contar con la consciencia de lo que padeció en su comunidad? Ante cualquier pregunta sobre esa noche abre profundamente los ojos y sus palabras entre cortadas se ahogan con borbotones de lágrimas que amenazan con atragantarlo.

“Eran hombres con ropa negra”, dice.

No sabe distinguir el número, pero sí los malos tratos, la vergüenza mezclada con el miedo al sentir el cañón del arma larga apuntando a su cara de parvulito y a la de sus hermanos.

Cuenta entre sollozos que nunca más quiere volver a saber algo de esos hombres malos.

Dice que abrieron la puerta “y se metieron con sus armas para amenazar a mis hermanos”.

Claramente expresa que los hombres que ese día llegaron por la fuerza a su casa, pusieron sus armas frente a él y a su hermanos, como si cuatro niños y una adolescente desarmados, curtidos por el miedo, representaran una amenaza.

La versión la secundan los padres, tíos de los pequeños y vecinos que estuvieron ese día sin dar crédito a lo que pasaba, oficiales de la ley arremetiendo contra niños.

Para esos cinco chicos no hubo sicólogo, pediatra o especialista en la materia que, de manera atenuante, les informara y explicara qué había pasado.

Ellos tuvieron que tomar de golpe la noticia de que su primita, María Magdalena, estaba muerta dentro de la casa donde tantas veces jugaron con ella.

Tuvieron que entender que ese señor que luego les daba dulces o galletas, llamado Berllardino, había sido asesinado por tratar de defender a su familia.

Y que a lado de su casa, a la tía Alicia Cadeña, esos mismos sujetos la habían amarrado, con su larga cabellera dispuesta en dos mechones, a un pilar, para someterla mientras revisaban su casa.

“Danos las armas, queremos tus armas y el dinero”, le ordenaron los sujetos a la señora Alicia Cardeña.

Ella, al igual que los papás de los cinco chicos, aguantó el dolor físico y la humillación.

Pero con lo que no pudo, y ahora lo carga como un estigma, es haber escuchado a los oficiales amenazar con violarla o asesinarla. “Si estuvieras sola, te matábamos, te íbamos a hacer lo que quisiéramos”.

Ella fue sacada de domicilio, en el mismo terreno que la de su padre, Berllardino Cardeña, y amarrada con su propio cabello a un pilar del mismo, a un lado lanzaron a sus hijos.

Los sujetos -contó- le recriminaban el llanto de su hijo de un año de nacido y de el chiquillo de siete años, al que logró calmar con unas cuantas palabras, lo que no pudo hacer con el bebé.

Los policías -dicen estos pobladores- tomaron al bebé y le colocaron una mordaza en la boca. La madre se moja en llanto al recordar y al ver la piel de su bebé lacerada por la mordaza colocada para silenciar su llanto.

En la nariz del bebé las cicatrices no dejan duda a los malos tratos. Alrededor, mientras Alicia rememora su dolor, los deudos se irritan al notar la pequeña cicatriz en el bebé.

“¿Creen ustedes que apuntar con sus armas a unos niños es un operativo?, no, queremos al gobernador, que dé la cara, queremos justicia”, dice la afectada.

Desde esos hechos, la paranoia y el horror caminan de la mano en las calles de Tepeczintla.

Todo lo de valor en la tienda, incluido los alimentos, resultaron saqueados. El dinero que había, también se esfumó. Los padres de los cinco niños dan gracias a que ninguno de ellos fue asesinado.

Lo que no saben, y no se cuenta con una estimación somera, es cómo le van hacer estos cinco pequeños para salir adelante con tremendo trauma.

Hasta el cierre de este reporte, el alcalde, Jose Homero Domínguez Landa, no había visitado el poblado.

Sus allegados le han aconsejado que no suba, pues le podrían linchar.

Y no es para menos, la gente está sumamente molesta por el accionar de la policía estatal, pero en el mismo nivel, contra el Presidente, quien se ha desentendido del problema. Si alguien le manda mensajes a su celular, no los atiende si son de Tepeczintla, trata a sus paisanos como afectados por alguna enfermedad contagiosa.

Los pobladores han intentado organizar dos plantones para exigir justicia, apoyos para las familias afectadas, y sobre todo, atención especializada para los numerosos niños de Tepeczintla que pese al transcurso de las horas, no se pueden sacar de la mente el miedo ocasionado por los hombres de negro uniforme y sus camionetas con luces de colores, pero allegados al alcalde, con llamadas y amenazas veladas, las desarticulan.

El alcalde en cuestión en estos momentos es un fuerte operador en la zona para el secretario de Gobierno, Erick Patrocinio Cisneros. El edil milita en el Verde Ecologista, partido que ya es perfilado para aliarse con Morena, la fracción del gobierno estatal, para los siguientes comicios.

En medio de este abandono, y el desinterés político y social que se respira en este rincón de la sierra de Atzalan, Jessica, Vicente, Fabián, Daniela y Alberto deberán cargar con su pena y ser personas del campo, con pocas oportunidades para estudiar.

Si salen de la primaria, podrán cursar la secundaria únicamente si viajan hasta dos horas a pie al poblado de Chachalacas. Los nenes de este pueblo están marcados por el trabajo en el campo, cortando café o cuidando animales, desde los seis años en adelante.

A temprana edad, los papás que van al monte a trabajar, los llevan entre cerros, caminos de piedra y montañas para que se aprendan las rutas para ir a los sitios de cultivo, a donde se cuida los árboles y a los de cacería.

Así ha sido desde hace muchos años, les ayuda a aprender los caminos para cuando llegue el momento de ayudar a los padres en la parcela o las labores del hogar. Las niñas en cambio son más apegadas a la casa, al cuidado de animales domésticos y el cuidado de los padres.

Son este sector de población la meta de las políticas públicas que ha delineado, por lo menos de palabra, el gobernador Cuitláhuat García Jiménez, aunque el mandatario veracruzano se suma a una larga lista de servidores públicos quienes han dejado en abandono a estos pobladores, por lo menos sus diputados, Rodrigo Calderón Salas, diputado federal de Morena con cabecera en Martínez de la Torre, e Ivon Trujillo Ortiz, diputada local por Perote.

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