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Martes, 16 de Octubre de 2018
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Octubre de 1968, una mezcla extraña de sentimientos para el Tibio Muñoz

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Hace 50 años el Estado mexicano decidió poner punto final al movimiento estudiantil de 1968 con los recursos de la barbarie. La matanza del 2 de octubre fue el clímax de un sistema autoritario convencido, entre otras paranoias, de que existía una amenaza para los Juegos Olímpicos –inaugurados 10 días después de la masacre–, que serían atacados por un enemigo poderoso, de hecho un ejército, y desde el comienzo de su sexenio (el presidente Gustavo Díaz Ordaz) se prepara para el combate, escribió Carlos Monsiváis en su libroEl 68. La tradición de la resistencia.

Doce días después, con fuegos artificiales y multitudes que coreaban ¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!, se inauguraron los Juegos Olímpicos, los primeros en Latinoamérica, llamados Juegos de la Amistad. Luego se sabrá que el mismísimo Comité Olímpico mantuvo el espionaje sobre los líderes del Consejo Nacional de Huelga, agregó Monsiváis en su texto.

En esa edición un muchachito mexicano de 17 años, Felipe TibioMuñoz Kapamas, desafió al campeón del mundo, el soviético Vladimir Kosinski, y lo venció en la prueba de 200 metros pecho. El único oro de México en la historia de la natación olímpica. Lo conquistó con tiempo de 2.28.7; el favorito, el soviético, quedó sorpresivamente atrás del mexicano; el estadunidense Brian Job llegaría para completar el podio.

Hace medio siglo de esos recuerdos. Felipe Muñoz tiene una mezcla de sentimientos que le hacen sentirse extraño. Mientras se realizan actos para conmemorar los 50 años de los Juegos Olímpicos, también se conmemora la tragedia que cambió por completo al país.

Es un sentimiento raro, dice Muñoz con una pausa; es una mezcla de emociones, por una parte la tristeza de aquellos días de la masacre; por otra, la alegría más grande que he tenido en la vida como deportista. No puede evitarse recordar el drama, lo que sufrieron y sufren los familiares de los jóvenes que asesinaron y, al mismo tiempo, los Juegos Olímpicos. Es difícil de explicar…

El Tibio siente especial cercanía con aquella memoria. No sólo por la medalla histórica, sino porque era estudiante de la preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México y una de las escuelas involucradas en un incidente menor que derivó en la represión policial y el detonante de las protestas y movilización estudiantiles del 68.

Esa cercanía con la preparatoria, donde yo estudiaba el segundo año, pues hacía que me preocupara directamente por el rumbo que tomaron los acontecimientos, dice Muñoz; yo conocía a aquellos estudiantes, eran mis compañeros.

El Tibio –como todos los atletas nacionales que participarían en los Juegos– estaba concentrado en el Comité Olímpico Mexicano. De alguna manera aislados, dedicados a entrenar para sus pruebas unas semanas más tarde.

En ese encierro –relata– era complicado recibir noticias, además de que la prensa no informaba, por presión gubernamental o por decisión propia, lo que ocurría en las calles de la ciudad con el movimiento estudiantil.

Respuesta excesiva de la policía

Claro que simpatizaba con el movimiento estudiantil, afirma el Tibio; veía el pliego petitorio y estaba de acuerdo de que la respuesta de la policía era excesiva. Me parecían justas las demandas de los estudiantes, indica.

Las principales demandas del Consejo Nacional de Huelga reclamaban la libertad de los presos políticos; destitución de los responsables de la policía y el cuerpo de granaderos, y la extinción de este grupo; indemnización a las familias de los muertos y heridos, así como que el Estado asumiera la responsabilidad de lo que había ocurrido.

No asistí a las manifestaciones, porque me decían que yo representaba a México, recuerda; me decían que no podía arriesgarme a recibir un golpe o que me pasara algo que tuviera consecuencias para la responsabilidad que yo tenía en los Juegos Olímpicos.

Nula información

La noche del 2 de octubre alguien llegó a la concentración de los deportistas mexicanos. Les dijo, sin demasiados detalles, que acababan de consumar una matanza en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. El Tibio recuerda que las vías para informarse prácticamente no existían.

Al día siguiente los diarios no relataron lo que ocurrió. Apenas unos pocos actores se atrevieron a expresar el horror que el Estado había perpetrado contra sus ciudadanos.

Al día siguiente nadie. La plaza amaneció barrida; los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo, escribió Rosario Castellanos en un poema que quedó plasmado años después en la Estela de Tlatelolco, como publicó ayer en este diario la periodista Blanche Petrich.

En las imprentas de los diarios –escribió Monsiváis en la obra citada– los policías judiciales revisaron los textos y decomisaron las fotos y los filmes de los noticiarios. La censura borró la evidencia de la represión.

Si uno abría un periódico sólo veía que se hablaba de unos pocos muertos, algunas decenas de heridos, muchos detenidos, pero nada de una matanza, como había ocurrido, cuenta el Tibio; no se sabía la verdad. Yo terminé por enterarme, como muchos compañeros deportistas, por la prensa extranjera que cubrió los Juegos Olímpicos, y por atletas de otros países que nos contaban que en los noticiarios de donde venían sí se había difundido la noticia de una masacre.

Un antes y un después

Muñoz reconoce que no entendió la magnitud de lo que ocurrió en aquellos días. Tal vez la juventud, era apenas un adolescente, la falta de contexto político que tenía en aquel entonces, la presión de ser representante de su país en la competencia deportiva más importante en el mundo. Lo cierto es que necesitó de tiempo para comprender lo que significó ese episodio en su propia biografía y en la historia de México.

Quienes vivimos aquellos días, por todo lo que ocurrió en los Juegos Olímpicos y por el movimiento estudiantil, vimos un antes y un después definitivo para México, expresa el Tibio; el país cambió, tuvo a partir de entonces otra imagen a los ojos del mundo.

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