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Sabado, 17 de Febrero de 2018
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Posdata: El Alzheimer de mi padre

  • Un día, el resplandor de sus ojos llenos de vitalidad y la sonrisa perpetua en los labios se apagaron. Fue aquel tiempo cuando sus neuronas sufrieron un cortocircuito y sus tejidos se desprendieron

  • Un instante de lucidez el día cuando le presenté a mi nieto…

 

 

LUIS_VELAZQUEZLos últimos siete años de su vida mi padre estuvo enfermo de Alzheimer. Llevaba una vida vegetativa a partir de que poco a poco los tejidos de las neuronas se le fueron desprendiendo y empezó a perder la memoria. Murió de un infarto al corazón; pero desde antes el mal lo había consumido.

Había en mi padre muchas cualidades y atributos. Pero hoy domingo quisiera recordar el fulgor de sus ojos y la eterna sonrisa con que siempre hablaba y enfrentaba los días y las noches. Y las madrugadas porque durante más de 60 años se levantó a las 2, 3 de la mañana para iniciar su trabajo como el molinero del pueblo.

Sus ojos expresaban el estado de ánimo, siempre siempre siempre llenos de vitalidad. Parecía como si de manera perpetua un resplandor de alegría y vida relampagueara en sus ojos. Nunca registré en sus ojos una sombra de tristeza. Aún en las horas más difíciles de su vida (la muerte de sus padre y de unos hermanos, la angustia económica, el día cuando murieron las dos únicas vaquitas que tenía en su parcela ejidal; pero que le permitían la ordeña para llevar leche a casa), sus ojos eran siempre como los ojos de un niño feliz.

En silencio solía escuchar a los demás y en sus ojos, llenos de curiosidad y asombro, su sonrisa alternaba, mejor dicho, se multiplicaba y agigantaba con la sonrisa de sus ojos. Incluso, hasta cuando le platicaban de cosas adversas, sonreía, en una especie de actitud ante la vida, dando a entender que nada estaba por encima de la capacidad humana para sobreponerse a la adversidad.

Un día, así nomás, las neuronas se le empezaron a agrietar y poco a poco cayó en el Alzheimer. De pronto, por ejemplo, comenzó a olvidar nombres, lugares, hechos, recuerdos, en cosas tan sencillas como cuando se preguntaba dónde había dejado las llaves de la casa que, bueno, tenía en la bolsa del pantalón.

El deterioro fue lento. Pero el ramalazo fue terrible porque al mismo tiempo que llegó el mal también perdió el resplandor de sus ojos y la sonrisa. Un día dejó de sonreír para el resto de su vida, los últimos siete años, los más duros porque estaba entre nosotros y, al mismo tiempo, permanecía ausente, en estado vegetativo.

Un día, en aquellos largos y extensísimos siete años, le llevé a mi nieto cuando tenía tres meses a presentárselo. El bisnieto frente al bisabuelo. Uno al otro mirándose en silencio, digamos, como escudriñándose, tratando de conocerse y reconocerse, guardarse en la memoria y en el recuerdo para que el olvido nunca los olvidara.

 

 

UN COCUYO EN LA OSCURIDAD

Y como según el pediatra los bebés sonríen unas 400 veces al día, el bisnieto empezó a sonreír mientras observaba al bisabuelo.

Y entonces un relámpago atravesó los ojos y los labios de mi padre, porque una vez más advertí en sus ojos negros el resplandor de la mirada que siempre tuvo en su vida y también miré en sus labios la mitad de una sonrisa.

Luego, en aquel trance hipnótico, mi padre levantó la mano derecha y en el aire, titubeando, extendió la mano completa buscando un dedo de mi nieto.

Y lo ayudé. Puse la manita del niño en sus manos y la mano del abuelo y la mano del niño quedaron enlazadas y entrelazadas.

Mirándose.

En silencio.

Sin necesidad de pronunciar una palabra, una sola palabra, porque con sus miradas dialogaban, de igual manera, digamos, como atónitos se mira un amanecer a la orilla del mar, la luz absorbiendo las luces tímidas de la noche que se va.

Fue, digamos, una lucecita en medio de un túnel kilométrico. Un relámpago en la oscuridad. Un cocuyo en la noche. Un instante, mejor dicho, unos segundos, mientras mi padre miraba a mi nieto.

Y, por supuesto, la dicha inmensa de aquel segundo de lucidez. Por desgracia, ninguna palabra pudo hilar mi padre; pero entonces desde el abismo de mi corazón le dije al oído que lo amaba, que siempre lo había amado, consciente y seguro de que acaso, quizá, en algún rincón lejano del corazón me entendería; pero al mismo tiempo, estaba imposibilitado para contestar.

La felicidad, no obstante, fue tan inmensa que nunca la he olvidado porque además, el esfuerzo mental lo agotó tanto tanto tanto que un segundo después quedó dormido.

Abracé a mi nieto y le dije que lo amaba y nos quedamos mirándolo en el reposo y la serenidad de su sueño profundo.

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