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Jueves, 28 de Mayo de 2020
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Recuentos de un cuerpo en encierro, las realidades de la cuarentena obligada

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El 15 de marzo del año en curso, en Santiago de Chile, se inició el proceso de cuarentena que muchos países del mundo están viviendo. Es difícil explicar o relatar todos los aspectos que pueden dar coherencia al escrito que presento: se mezclan realidades políticas, emocionales, sociales, educacionales, artísticas… por supuesto, el cuerpo y la danza.

Llevaba más de doce años fuera de Chile y regresé en medio de un movimiento social que llevaba tres meses en pie de lucha. Este país que vivió tanto tiempo en dictadura está nuevamente peleando por derrocar un gobierno de derecha que se enfoca en la clase empresarial y olvida, al decidir como administración, a un pueblo completo. Me fui insertando en áreas de trabajo relacionadas con la danza y el arte, observando la realidad existente y pensando en aportar, desde la danza o mi saber teórico-investigativo, estrategias que ayudaran a trabajar en estos cambios sociales y no olvidar el valor de sostener carreras de arte que, en escenarios como el que relato, son rápidamente segregadas o consideradas no importantes. No obstante, los artistas y colegas ahí estaban, en la contingencia social y el hacer artístico, sin cuestionar la necesidad del arte en estos momentos.

Estos antecedentes son los que se vivían en el momento en que oficialmente Chile empezó a tomar medidas para combatir la COVID-19; pero estas medidas no eran claras, es más, aún no son claras, y se visibiliza más la diferenciación social y la injusticia contra las que se luchaba. Las cuarentenas han sido parceladas, realizadas en municipios de clases altas y privilegiadas o zonas de administración del gobierno, ante lo cual todos nos preguntábamos por qué no se realizaban en todas las ciudades, o por lo menos en toda la capital. ¿Por qué las zonas de clase media y baja seguían el curso del diario vivir sin cambios? Era evidente que el gobierno necesitaba que ese sector siguiera trabajando, sustentando la economía de unos pocos, y lo más triste, todo bajo el riesgo de contagio y enfermedad. Después de mes y medio, ha subido a más de diez mil el número de contagiados y no nombraré el de muertos porque me rehuso a cosificar o volver estadística a los seres humanos que han perdido la vida en esta pandemia.

Me es necesario hacer este relato para poder ubicarme como un cuerpo, un cuerpo danzante, que vive esta realidad. Reitero que ahora estoy en un país que no solo vive su lucha social, la cual no para; sino en un país que, al igual que el resto del mundo, vive el encierro y la incertidumbre que esta enfermedad ha traído. Me es imposible no escribir desde esta intimidad obligada, esta reclusión obligada, esta introspección obligada. Nadie puede negar que el movernos y estar en colectivo, es una de las maneras que, como artistas, como seres humanos, tenemos para canalizar las emociones.

Sigo este recuento desde el lugar por el cual observo hoy el arte y la danza. Toda esta situación me aconteció siendo parte del equipo de la Escuela Moderna de Música y Danza en Chile, que como todas las instituciones educacionales, debía implementar una plataforma en línea que permitiera avanzar el proceso educativo que además recién iniciaba. Fui llamando para hacerme cargo de este proceso, generar las estrategias educativas y de implementación de esta virtualidad y preparar al equipo de docentes-directores que llevarían a cabo esta encomienda, todos artistas, bailarines y músicos, todos acostumbrados a la práctica en la presencialidad, artistas sensibles a lo que el país vivía, casi seis meses de movimiento social, que debían propiciar cambios radicales de cómo ver el arte y su forma de enseñanza.

Ha sido un camino de aprendizaje, de resistencias y re-educación, han existido aprehensiones y miedos, pero siempre se ha llegado a mirar la práctica artística como una solución a todo lo que conlleva esta cuarentena. Enfocarse en el arte ayudó a todos estos artistas-docentes a interiorizar lenguajes de la virtualidad, lejanos y fríos. Las cámaras se han vuelto herramientas para el encuentro; ahora importa la luz, el audio, la señal, y nos acoplamos a esos términos, a trabajar en función de esas necesidades, para hacer estos encuentros más amables, más sensibles, más humanos.

No obstante, se sigue observando la diferencia social de este país. Al implementar esta plataforma en línea nos dimos cuenta que muchos estudiantes de nuestra escuela no tenían equipos como computadoras e incluso teléfonos celulares, otros no tenían acceso a Internet. Uno no cae en cuenta de esas realidades, pues pensamos que en la mayoría del mundo eso es una necesidad básica, o servicio accesible. Esta contingencia sanitaria, además, obliga hoy a tener esos recursos, para trabajar, para estudiar, para comunicarse; entonces, ¿cómo resolverlo? ¿Cómo no ver el descontento o desesperación de estos jóvenes en formación profesional de arte? La escuela tomó la responsabilidad de ayudarles y envió equipos o chips con internet para solucionar la conectividad, pero de todos modos nunca es total la mejoría.

Iniciadas las clases me enfrenté a los modos de comunicar a estudiantes de danza la posibilidad de vivir un proceso de aprendizaje netamente corporal y presencial. Como docente, uno busca estrategias pedagógicas y se enfoca en la teorización del arte. Como primer paso de relación con el ejercicio del arte, buscamos fomentar la reflexión y el estudio del arte desde la filosofía, la historia, etc. Pero esos cuerpos jóvenes llenos de vida piden más, se deprimen, se hartan, no entienden, buscan contención, buscan poder reencontrarse.

Y en esa etapa, en la que creo que muchos estamos, es donde me detengo para mirarme como bailarín, como cuerpo en encierro que también necesita la danza. En este mismo instante en que escribo este texto me cuestiono cómo escribirlo. “Necesito hacerlo desde mí” —me respondo al leer lo que voy escribiendo. Necesito quizás poder estar en procesos creativos, y si bien he experimentado el trabajo de creación a distancia y vía web, hoy después de un mes de encierro se acrecienta la necesidad de estar en un salón y querer poder sentir el cuerpo en movimiento, ver el cuerpo en movimiento, sentir la libertad de espacios amplios y sobre todo la tranquilidad de que habrá un siguiente día que pueda volver a hacerlo… Pero claro, hablo de la realidad que vivíamos antes de esto. No sabemos, hoy, qué sucederá los próximos meses.

Me resisto a creer que debo pensar todo en espacios reducidos, o que mi contacto con el otro será solo detrás de las cámaras, pero también busco cómo potenciar esas posibilidades. Reconozco mi cuerpo en este encierro. Cómo está mi mente, cómo está el ánimo… son preguntas que me hago día a día. Me doy cuenta de que es necesario volver a lo íntimo, a lo esencial, pensar en la respiración, en movimientos mínimos y necesarios que mantengan mi intimidad creativa activa, que cuiden mi bienestar físico y el emocional. Pensaba en Gerda Alexander y en su proceso de generar la Eutonía, el estudio del buen tono y claro, entiendo su proceso de rehabilitarse desde el movimiento íntimo y consciente; creo que a eso nos lleva esta cuarentena, a rehabilitarnos como cuerpos, reinventarnos en la danza, en el arte.

Quizás la música o las artes visuales viven otras realidades espaciales y de acción, pero insisto: para todos cambió la realidad y todos vemos el mundo desde nuestras ventanas… o por lo menos todos vivimos desde la incertidumbre de una economía mundial que será afectada y nos preparamos a cambios sociales que se generarán. Solo nos queda estar atentos a la capacidad de sentirnos. Y una vez más poner el cuerpo en resistencia.

*LA JIRIBILLA

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