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Jueves, 13 de Diciembre de 2018
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Un cadáver en una maleta y el silencio en plena capital de México

asesinato

 

Se cree que Ciudad de México es una burbuja que vive aislada de la ola violenta que sacude al resto de México. Como si fuera la excepción en un país donde la delincuencia ha ido al alza en los últimos años. De vez en cuando, sin embargo, sucede un hecho escalofriante que recuerda que eso ya no es así, y que desde hace tiempo la violencia se abre camino en la capital. El hallazgo, el pasado martes, del cuerpo sin vida de una niña de 14 años asesinada y abandonada en una maleta en un jardín es una prueba más del repunte de la criminalidad en la ciudad. El hecho se suma a la lista de los sucesos recientes más estremecedores, como la balacera que provocaron cinco mariachis en Plaza Garibaldi, y reaviva la discusión del aumento de la violencia en el país norteamericano.

Una maleta negra abandonada que desprendía un olor desagradable en medio de un parque infantil en Tlatelolco, uno de los barrios más antiguos de Ciudad de México, llamó la atención de los vecinos que se preparaban para ir a trabajar la mañana del pasado martes. El desconcierto y el temor a lo peor llevó a los residentes a llamar a la policía, quien terminó por confirmar lo que algunos sospechaban. Alguien había dejado tirado esa madrugada el cuerpo sin vida de una niña, ahí, a unos metros de los columpios y la entrada de un colegio, enquistado dentro de un equipaje de tela de alrededor de un metro de longitud. Un modus operandi que cada tanto vuelve a aparecer en los titulares de los diarios mexicanos.

La víctima, la hija menor de un matrimonio de Santa María la Ribera, un barrio que colinda con Tlatelolco, fue reconocida esa misma mañana por su familia, quien había denunciado la desaparición en una fiscalía horas antes. La niña, identificada como Ingrid Allison, una persona lista y alegre como la calificó su entorno más cercano, había salido de su casa la noche anterior con su hermana para ir a la papelería, pero en el camino se quedó con unos amigos y nunca regresó. Rápidamente las autoridades lo confirmaron: la menor había sido asesinada. Un disparo a la altura de la cara había sido el cómo.

Las declaraciones de los padres guiaron rápidamente la investigación policial a un edificio a pocos metros del lugar del hallazgo, donde vivía Melisa, una mujer de 22 años que mantenía una relación amorosa con la menor, según dijeron los padres de la víctima. Unas bolsas con mantas y vestimenta empapadas de sangre en las escalinatas de la entrada de la vivienda fue el segundo hallazgo que realizó la policía. La mujer, señalada por sus vecinos como miembro de una red de narcomenudeo, se convirtió entonces en la principal sospechosa del crimen. Un casquillo y restos de sangre de la niña en el departamento terminaron por confirmar que se trataba del lugar del crimen.

La idea del feminicidio, como lo catalogó la fiscalía, perpetrado por una mujer, comenzó así a extenderse. Sin embargo, las cámaras de la Secretaría de Seguridad Pública revelaron que alguien más estaba involucrado en el crimen. Un hombre había sido el que había abandonado la maleta alrededor de las cuatro y media de la mañana en el parque, después de cargar la niña al hombro a los tumbos durante 200 metros desde el edificio donde fue asesinada. Tras dejar el equipaje, otros vídeos registran al sujeto subirse a un coche, registrado a nombre de Melisa, y huir hacia el norte de la ciudad. Ambos siguen siendo buscados por la policía.

“¿Tenemos un asesino en el barrio?”, “¿Cómo pueden haberla matado a las puertas de nuestras casas?”, ¿Cómo pueden haberla tirado sin que nadie viera nada?”, fueron algunas de las preguntas que invadieron a los vecinos de Tlatelolco en los días siguientes. Interrogantes que se diluyeron con el paso de los días a medida que la prensa publicaba detalles sobre el macabro hallazgo.

“Lo que pasa puertas para adentro no es problema nuestro”, dice un hombre que vive al lado del departamento donde asesinaron a la niña. “Mejor no hablar, para no meterse en problemas”, apunta una mujer que trabaja desde hace años en una tienda al lado del edificio. Al menos una decena de vecinos relataron a EL PAÍS haber visto a la niña asesinada junto a la sospechosa. Algunos reconocen que los gritos provenientes de la vivienda y las peleas entre ellas eran cosa de todos los días. Otros, que escucharon, e incluso vieron, los maltratos hacia la menor.

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