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Domingo, 05 de Julio de 2020
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Un plan para resucitar la Rambla

AS

Liverpool y otras ciudades inglesas vivieron su particular pandemia en los 80. El parte diario no hablaba de muertos, sino de industrias que echaban el cierre y de trabajadores que engrosaban un desempleo que alcanzó un 20% de la población activa, algo insólito en Reino Unido. La desindustrialización dejó un paisaje devastado con una desgracia añadida: el consumo incontrolado de heroína.

Llegado este punto, la ciudad tuvo que plantearse un debate que habría sido innecesario décadas atrás, cuando factorías como Tate and Lyle funcionaban a pleno rendimiento y tiraban de una economía industrial que era el orgullo de Inglaterra. Y en aquel intercambio de ideas sonó la flauta. O, siendo más precisos, las guitarras Gibson de John Lennon y George Harrison o el bajo Höfner de Paul McCartney. Sin industrias en pie, con el único referente del Liverpool FC al rescate de la autoestima local, aquellos ideólogos urbanos pensaron que la música popular podría servir para articular un nuevo modelo de éxito. Es decir, el country y los Beatles.

La musicóloga Sara Cohen reconstruyó aquel proceso de renovación urbana en un libro muy revelador: Decline, renewal and the City in Popular Music Culture: Beyond the Beatles (Ashgate, 2007). Sirve su trabajo para constatar las ventajas obvias de construir un relato de ciudad en torno a la cultura, pero también sus efectos secundarios. El más evidente fue que la musealización del Liverpool de los Beatles (con epicentro en la mítica sala The Cavern) acabó generando, cómo no, un proceso de gentrificación que expulsó del centro a los pequeños sellos discográficos, a los músicos locales y a sus fans.

Once años después de un primer debate, este diario ha pulsado la vitalidad cultural de la Rambla

Aquel debate, en los 90, ya giraba en torno a conceptos tan actuales como el peligro de disneyficación de los centros urbanos. Se generaron agrias polémicas sobre el tinte demasiado comercial que tomaba la promoción de la ciudad, o se denunció la aparición de una nueva burocracia local de la gestión musical que tendió peligrosos puentes con la industria del espectáculo de Londres, la metrópolis voraz que al final se queda con todo (también con los Beatles).

Cada ciudad tiene su historia y no hay modelos universales de éxito, pero el caso de Liverpool sugiere algunas enseñanzas para la propuesta que se hace hoy en estas páginas: la reconquista de la Rambla de Barcelona por la cultura.

Como el Liverpool siniestro de la era Thatcher, la Barcelona de hoy es una ciudad que ha perdido su principal fuente de riqueza, que es el turismo. Y en ninguna zona se manifiesta más esta realidad como en la Rambla y alrededores.

Igual que en su día en la ciudad de Merseyside, mucha gente piensa que la debacle debe de ser aprovechada para articular un modelo económico y cultural más diverso que permita a la Barcelona post Covid-19 sacudirse el estigma de ciudad de juerga y playa. Es el momento. No habrá otro. Así lo piensan muchos de los agentes culturales que La Vanguardia convocó el jueves para reflexionar sobre la oportunidad de reinventar el paseo barcelonés.

Los Beatles no se pueden replicar, pero Barcelona, a su manera, sigue aportando talento en la música clásica, el jazz, el rock, el pop o esa corriente indie de música mestiza que ha ganado visibilidad durante el confinamiento, desde La Sra. Tomasa hasta Stay Homas. Muchos de estos jóvenes talentos han pasado por las aulas del Conservatori del Liceu o del Taller de Músics, instituciones educativas en la órbita de la Rambla.

La cultura estimula el sentido de pertenencia, como muestra el ejemplo del Liverpool de los Beatles

Pensar que el turismo de masas se puede sustituir por modelos menos invasivos sería ingenuo. La propuesta más factible sería que ese renacer cultural conviva con la riada de turistas (que sin duda volverá) y permita que la Rambla, molestias aparte, vuelva a atraer a los barceloneses de nacimiento y de elección. Más que placas en las paredes, debería ser la propia vitalidad del teatro, las letras o la música en vivo la que honre el pasado ramblero de Stendhal, Georges Sand, Nuréyev, Lorca, Genet, Orwell, Picasso o los autores del boom.

Con una ventaja respecto al Liverpool de los 90: lo que ya está gentrificado no se puede gentrificar. No será en ningún caso la cultura la que expulse a un vecino o a un comercio de la Rambla hacia los confines del extrarradio.

Concluye Sara Cohen que la música crea fuertes sentimientos de pertenencia emocional a un tiempo o a un lugar. En el caso de Liverpool, “hizo a la ciudad más relevante y construyó una identidad local, pero también estructuró una emoción y una experiencia dentro y fuera de la ciudad”. Puede leerse esta cita como una invitación a que la Rambla de las flores, del teatro, del arte o de las conquistas sociales sea también la de la música que ayude a reconectar a la ciudadanía con una Barcelona que se le fue de las manos.

*LA VANGUARDIA

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