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Jueves, 16 de Agosto de 2018
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Violencia afecta quehacer de soneros

soneros

 

La violencia que se vive en todo el territorio veracruzano ha impedido que los músicos de son tradicional compartan e intercambien experiencias musicales, coincidieron los participantes del conversatorio “Historias del son, identidades que suenan”, realizado la tarde del viernes 9 de marzo en el auditorio de la Facultad de Música de la Universidad Veracruzana (UV).

Participaron en la conversación Macario Alfonso Domínguez, Víctor García Junco, Delfino Cook Rodríguez, Ignacio Alfonso Mauleón y Jaorib Balderas Serrano, integrantes del grupo Los Arrolladores del Son, de Isla, Veracruz; Sael Bernal Zamudio; Pablo Campechano, músico y maestro de guitarra de Santiago Tuxtla; Rafael Figueroa Hernández, investigador del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación (CECC), y Randall Charles Kohl Smith, profesor de la Facultad de Música.

Víctor García dijo que en la actualidad el son aún se comparte en las fiestas patronales, velorios, 15 años y en cualquier festividad, además de que tienen cada año un encuentro en la Feria de la Piña, realizada en Isla, Veracruz.

Sin embargo, en años recientes es más complicado para los músicos de la región asistir a estas festividades debido a que la violencia se ha extendido en el territorio estatal.

“En todo Veracruz la situación es difícil, esto nos ha impedido asistir a las fiestas donde nos invitan; asistimos sólo a donde tenemos una estrecha relación porque ya no queremos caminar a altas horas de la noche por la criminalidad que existe”, expresó don Víctor.

Al preguntar sobre la participación y acercamiento de los jóvenes al son, Joarib Balderas comentó que en años recientes este sector de la población y los niños se acercan a aprender a tocar, “cuando empecé a tocar no había mucho interés porque pensaban que era música para viejitos y que se volvían mariguanos”.

Consideró que el son tradicional se aprende al andar de “pata de perro” en los fandangos de toda la región, donde se reúnen los maestros del género.

Don Macario recordó que él aprendió de su padre, “era una música rústica porque no había notas ni afinador, era puro oído, se aprendía tocando en bodas, 15 años y fiestas diversas; no se cantaba, sólo se bailaba y tocaba”.

Los fandangos, contó, también eran muy rústicos, se alumbraban con mechones a base de gasolina –duraban toda la noche–; las mujeres bailaban muy bonito y toda la noche, hasta las siete u ocho de la mañana del día siguiente.

“Las cuerdas de las jaranas se hacían de tripa de cerdo, recuerdo que sonaban muy bonito y para reponer un traste, siempre llevaban consigo una bola de cera, tomaban una pequeña porción y la ponían en donde faltaba, así seguían tocando toda la noche sin parar.”

Enfatizó que es difícil afinar de una sola manera, porque el son tradicional tiene una gran diversidad de afinación que depende de cada región de Veracruz.

“Cada jarana tenía diferentes afinaciones aunque fuera la misma melodía, esto hace que el son tradicional y los fandangos sean ricos en tradiciones musicales.”

Reiteró que muchos de es

tos estilos son desconocidos, incluso para los propios veracruzanos, por ello, Rafael Figueroa dijo que es importante rescatar y dejar un testigo de esta diversidad, toda vez que cada vez se desvanece más.

Ese mismo día, después del conversatorio, en el Centro Recreativo Xalapeño la agrupación Los Arrolladores del Son presentó su primer disco que contiene 12 sones de dominio popular cuya interpretación es fiel a su estilo, mezclando distintas medidas de jaranas, diferentes afinaciones y con una ejecución que refleja la fuerza del son jarocho que se interpreta en la zona de los llanos.

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