16.8 C
Xalapa

Cómo vivir en Xalapa

-

ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y HERNÁNDEZ

-Como perros y gatos-

Mi ciudad, no sé por qué, está llena de gente que ama a los animales, casa xalapeña que se precie tiene un perro o un gato. Y el dueño de un gato tiene argumentos irrebatibles para justificar por qué lo tiene, y muchos más para menospreciar a los que tienen un perro, y el dueño de un perro, por consiguiente y equidistante (así decía un maestro de matemáticas), viceversa.
Miren lo que pasó el otro día en una mesa de café en donde se juntaron varios de ambos bandos.
Los alurófilos —les pondré así por asociación de ideas: si un alurofóbico es el que le teme a los gatos, por lógica un alurófilo será el que los ama— decían que los gatos son misteriosos, independientes, que tienen “personalidad” —nunca entendí bien eso— y que son muy inteligentes. Los canófilos, en cambio, arguyeron virtudes para sus mascotas como la nobleza, la fidelidad, la inteligencia —más que la de los gatos dijeron— y la compañía.
Yo, ni en un bando ni en el otro, los oí con particular interés, no sin dejar de analizar algunos de sus argumentos, sobre todo los que no tenían el menor soporte científico y que a la larga me parecieron un tanto infundados.
Alguien dijo que tenía un gato que veía espíritus de gente muerta, pues aseguraba que el animal se quedaba observando, fijamente, a un mismo sitio durante horas; en contraparte, otro comentó que con una legaña de perro, puesta en el ojo de uno, se pueden ver esas ánimas sin necesidad de tener que interpretar la poca efusividad de un felino. Ambos, sin embargo, coincidieron en que una legaña de perro, puesta en el ojo de quien fuera, causaría una conjuntivitis capaz de hacer ver, no sólo gente muerta sino hasta estrellitas.
Un canófilo dijo que un gato nunca podría traer una pelota, caminar junto a su amo por la calle o ir a rescatar a alguien perdido en la nieve y, de pilón, llevarle coñac en un barrilito. Un alurófilo dijo que el gato era un ser casi superior, acólito de dioses antiguos, y que no necesitaba hacer ese tipo de servicios. En respaldo de esto último otro, que presumió de tener dos gatas siamesas —no especificó si de la raza o pegadas una con otra—, alegó que los faraones se hacían enterrar, cuando morían, con gatos momificados.
En lo más álgido de la discusión uno, al que ni le gustan los perros ni los gatos pero sí le encanta quedar bien, citó un artículo aparecido en la revista New Scientist, que mencionaba un estudio en donde se evaluaron varias categorías y que decía que en “cerebro” los gatos ganaron porque tienen 300 millones de neuronas —casi el doble de las que tienen los perros—. En “domesticación”, en cambio, ganaron los perros porque entraron a los hogares miles de años antes; también ganaron en “afecto”, porque los estudios mostraron que muchas veces el vínculo entre un amo y su perro es similar al de un padre y un hijo. Cabe mencionar que esto, en vez de calmar los ánimos fue como querer apagar fuego con gasolina.
Una señora, que había permanecido casi al margen del debate, dijo que ella sólo quería, para acabar con la discusión, platicar unas historias. Contó, entonces, la del perro que se quedó debajo de la cama tres años cuando su dueña —una anciana diabética— se murió, la del que fue a dejar a sus amos a CAXA y no se movió de ahí hasta que regresaron, la del que se perdió en una ciudad distante durante las vacaciones y llegó solito como a los cuatro meses, y la del que salvó a su dueño porque le olió el cáncer en el dedo gordo del pie derecho.
Ninguno de los amantes de los gatos pudo dar testimonios tan heroicos como ésos, pero en cambio uno nos “chutó” unos datos “interesantísimos”; dijo que el gato posee 32 músculos en cada oreja, que sus fosas nasales tienen 19 millones de terminaciones nerviosas, que sus bigotes se caen periódicamente, que su lengua está formada por pequeños “ganchos” y que los gatos pueden “vocalizar” cien sonidos diferentes mientras que los perros sólo diez. Cuando acabó de decir tanta información ya sólo quedábamos cuatro —de diez— en la mesa del café: el erudito, uno que en toda la tarde no dijo “esta boca es mía”, una que le mentó la madre a uno que dijo que los gatos eran animales ingratos —y que se fue resentido con ella—, y yo. Cabe decir que la plática se enfrió por falta de quórum.
Con el afán de animarla un poco le pregunté al que no había dicho nada en toda la tarde, que cuál era su animal favorito. Él, súbitamente animado, respondió: los peces dorados japoneses. Y se soltó diciendo —mientras los otros dos comensales se retiraban discreta pero apresuradamente—, que los primeros en criar y reproducir estos peces fueron los chinos, hace casi dos mil años; que estaban destinados a miembros de la realeza, quienes los conservaban en grandes recipientes de cerámica; que durante la Dinastía Song, en el periodo de 960 a 1279, fue cuando más se popularizaron; que las variedades más conocidas son: Shubunkin, Ryukin, Demekin, Tosakin, Jikin, Wakin, Hamanishiki; que en el siglo XVIII llegaron a Europa y que…
Esa tarde comprendí que el cariño por los animales puede volver soporífero a cualquiera.
Comentarios: motardxal@gmail.com