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Xalapa

Cómo vivir en Xalapa

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ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y HERNÁNDEZ

Los fantasmas de Xalapa

Mi ciudad es de esas que tienen la historia untada en las paredes, regada en los callejones y metida en el alma de sus habitantes. No es raro oír de cuando en cuando historias y leyendas que han tenido como escenario estas calles y que en estos días, próximos a las festividades de Todos Santos o de Los Fieles Difuntos, parecen reavivarse en el imaginario colectivo.
Hay, acerca del tema, compendios de leyendas antiguas de Xalapa que son fenomenales, pero citarlas sería contar algo ya muchas veces contado, por eso en esta ocasión solo me referiré a las nuevas leyendas urbanas. A las que cuenta la gente de hoy y que ya no oyeron las abuelas del siglo pasado.
Trataré de reproducir algunas que he oído por ahí y que pongo a su consideración sin más animo que el de darlas a conocer antes de que se pierdan gracias al Internet, a la televisión y a los demás artilugios de la modernidad.
Entre el gremio de taxistas circulan algunos de estos relatos. Dicen que en algunas noches, cuando la oscuridad y la neblina son tan espesas que hasta cuesta trabajo respirar, cuando lo único que se oye en el aire es el aullido de algún perro que llora y el frió le toca a uno la espalda como mano de muerto, sin que se sepa de dónde sale, una mujer de edad madura en alguna calle solitaria les hace la parada; ellos se detienen y la suben. La actitud de la susodicha denota un gran cansancio y sus palabras un gran pesar, les pide que la lleven por el rumbo del panteón Xalapeño, en una calle que colinda con él. Casi sin hablar les da las gracias y se baja. Siempre deja olvidado algo, un escapulario, un rosario, etcétera; algunos choferes, conmovidos y creyendo que regresaba del velorio de algún ser querido, vuelven al otro día al mismo domicilio para entregarle el objeto olvidado, sólo para llevarse la sorpresa de que al abrirles la puerta las personas que ahí viven, les digan que la pasajera en cuestión tiene varios años que falleció.
Esta narración tiene algunas variantes, pues a veces no es una mujer madura la que solicita el servicio, sino una joven y atractiva; y el destino cambia también, porque algunos taxistas coinciden en que la dama en cuestión pide la lleven al antiguo panteón de 5 de Febrero y otros aseguran que es al panteón particular de Bosques del Recuerdo. La variedad de los relatos ha de obedecer a una ley simple: cada quien tiene su modo de matar pulgas.
Ahora cambiemos de aires; imagine que usted es un enfermero o enfermera del hospital de la Cruz Roja que labora en el antiguo edificio de la calle de Clavijero; suponga ahora que su turno es el de la noche, que a las 12 es la ronda de medicamentos a sus pacientes y que cuando usted llega a dárselos algunos le dicen que ya pasó alguien antes que usted, y cuando extrañado pregunte quién, ellos digan que una monjita de manos frías que camina sin hacer ruido. Como para infartarse ¿no creen? El fundamento de esta historia es que la monja en realidad sí existió, que era una mujer muy entregada a sus labores y que siempre veló por la salud de los demás y después de su muerte ha seguido haciendo esta tarea como lo hizo en vida aunque, irónicamente, uno de estos días mate a alguien del susto.
En este tenor quedan todos los cuentos de aparecidos que se dan en todos los barrios y que son parte de su propio folklore, tanto que, al pasar de los años, se van enriqueciendo con nuevos detalles y se vuelven historias vivas que pasan de boca en boca hasta volverse verdaderas leyendas. Sin embargo yo les aseguro que existen cosas más espeluznantes que toparse con un ser descarnado; imagine nomás esta escena: en un día común y corriente usted llega de las labores diarias con la satisfacción de quien ha cumplido con el deber más sagrado del hombre: el trabajo. Cena en compañía de la mujer de su vida, se lava los dientes, se pone su pijama y se abandona a las concupiscencias naturales entre hombre y mujer. Satisfecho y feliz se dispone a disfrutar el sueño bien merecido y reparador pero de repente, en el momento en que usted va a amacizar el sueño, se acuerda que su esposa debe estar hecha una fiera esperándolo en su casa, en la de a de veras. Eso sí es de miedo.
Los casos sobrenaturales no tienen una explicación racional, sin embargo, todos son evitables con una solución única que es una verdadera sentencia: “el que no quiera ver visiones, que no salga de noche”. Disfrute usted de estos días de Todos Santos y aguas con los vivos, que los muertos son inofensivos.
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