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Xalapa

Crónicas de azúcar amarga: La caída de la industria cañera

POR ISRAEL HERNÁNDEZ

¿Cuánto tiempo resistirías trabajar sin pago? Cuatrocientos obreros acuden diariamente al Ingenio Nuevo San Francisco a pesar de que cerró sus puertas hace ocho meses; confían en que les pagarán los adeudos y podrán jubilarse. Estrés, coraje y esperanza llenan las historias de Benedicto y María del Carmen

 

TIRO DE GRACIA A LA INDUSTRIA NACIONAL
 

La prosperidad que hubo en el sector durante décadas se acabó por el desplome del precio del azúcar: la tonelada de azúcar se cotizó en 6 mil 700 pesos para la zafra 2013-2014, mil 300 pesos menos que en la temporada 2012-2013.

Un año antes, en la 2011-2012, la tonelada del endulzante fue vendida en 12 mil pesos, es decir, casi el doble del precio actual.

La pérdida de valor -que fue ocasionada por la entrada de fructosa del extranjero- impactó a la industria a nivel nacional, pero sobre todo, repercutió en la estabilidad económica de muchas regiones de Veracruz, el estado que aporta el 40 por ciento de la producción azucarera.

En 2005, año en que la Corporación Industral Gargonz adquirió el ingenio Nuevo San Francisco, se produjeron unas 70 mil toneladas de azúcar al año.

Conforme pasaron los años, la estadística disminuyó de tal manera que en la última zafra sólo procesaron 30 mil toneladas de azúcar, completándose el ciclo depresivo que acabó con el recinto: los cañaverales dejaron de ser redituables para los productores, quienes al abandonar el giro, redujeron las utilidades del Grupo Gargonz.

La grave situación orilló a García González a declararse en quiebra, hecho que provocó manifestaciones, bloqueos carreteros y marchas en las calles de Xalapa.

Son las cinco de la tarde en la calurosa ciudad de Lerdo de Tejada y Benedicto Benítez Yáñez todavía no ha comido. Camina entre los puestos de ropa de la calle Guerrero y ofrece hielitos con el gancho de que se trata de los últimos tres: uno de chocolate, otro de coco y el restante de jobo.

Cada que entra a una tienda, además de secarse el sudor de la frente, se quita un sombrero de tonalidad casi idéntica a la camisa de manga larga color caqui.

De esta prenda destacan dos logotipos bordados en el pecho: el del Ingenio Nuevo San Francisco y el de su operadora, la Corporación Industrial Gargonz.

En la sombra, sentada en una silla amarilla que se mueve dentro de un triciclo, su esposa Rosario sostiene entre sus piernas una hielera azul a la espera de una señal.

-Que ya no, que mañana… ¿Y si ya nos vamos así…? Ya tengo hambre -dice Benedicto a su mujer en tono de queja.

-Pues ya, hay que pasar por unos bisteces y unos 10 pesos de chiles porque se me acabaron los de la casa -responde.

Después de pasar al mercado, ambos se dirigirán a su casa en la colonia Benito Juárez y terminarán la ruta del día, un recorrido que hacen de lunes a sábado desde hace ocho meses, cuando el Ingenio San Francisco cerró y Benedicto -junto con otros 400 obreros- dejó de percibir un sueldo, situación que lo obligó a buscar una manera digna de sobrevivir.

 

LA ZAFRA SOSTENÍA A 35 MIL PERSONAS

 

La región conformada por Lerdo de Tejeda, Saltabarranca y Ángel R. Cabada no podría entenderse sin la industria cañera y la producción de azúcar. En esos tres poblados, refieren los censos oficiales, tres de cada 10 familias dependen económicamente de la siembra, corte y comercialización de la caña de azúcar.

Fue en Lerdo de Tejada, una ciudad de 20 mil habitantes ubicada en la frontera entre la Cuenca del Papaloapan y Los Tuxtlas, donde se instaló a mediados de 1800 uno de los primeros ingenios azucareros en México, cuya industrialización llegó en 1899.

La creciente producción de caña contribuyó a la apertura del Ingenio San Pedro -actualmente inmerso en una severa crisis-, localizado a tres kilómetros al sur del Ingenio Nuevo San Francisco y a las afueras del poblado.

Durante más de cien años, unas 35 mil personas de Lerdo, Saltabarranca, Ángel R. Cabada y comunidades aledañas, vivieron gracias a las zafras (temporada de corte y molienda de caña) que se hacían en los dos ingenios.

 

CUATROCIENTOS OBREROS TRABAJAN SIN SALARIO

Benedicto posee una memoria privilegiada. Los recuerdos del hombre de 70 años están intactos y se da el lujo de precisar cuándo ingresó al Ingenio San Francisco.

Él nació en un pequeño pueblo del estado de Guerrero, el cual prefiere no mencionar porque, asegura, “nadie sabrá dónde mero queda”. Emigró muy joven a la zona de Córdoba, posteriormente a Veracruz y terminó en Lerdo de Tejada.

Desde que ingresó a la factoría se ha desempeñado como obrero en distintas áreas operativas, desde el mantenimiento y manejo de la maquinaria hasta el empaquetado del azúcar, pasando por la recolección de bagazo (fibra de caña después de ser exprimida).

Tras más de 10 años, obtuvo su base en el ingenio y arrancó su proceso de antigüedad ante el Sindicato de Trabajadores de la Industria Azucarera y Similares (STIASRM) en la sección 28.

-¿Me dijo que tiene 70 años? Usted se ve fuerte, ¿cómo le hace para aguantar tanto trabajo a su edad?

-Lo que pasa es que el trabajo es lo que te hace durar, te pone bien, pues. Pero no te creas, como todo viejito tiene uno sus achaques y bueno, ya me quería jubilar- cuenta Benítez Yáñez, un tipo de voz muy reservada y de un rostro en el que resaltan las arrugas cada que ríe.

 

SE RESISTEN A CREER QUE ES EL FIN

Mientras miles de adultos mayores cobran el dinero del programa “65 y más” o cuidan a sus nietos, Benedicto no deja de presentarse al ingenio que detuvo sus engranes desde el año pasado porque confía en que algún día se reactiven las labores y él pueda obtener su pensión.

“Nosotros seguimos igual. Me presento a las 7 de la mañana y salgo a las 2 de la tarde. Y eso hago de lunes a viernes, ya de ahí paso por mi mujer y salimos a vender hielitos”.

-Pero ¿qué hace durante 7 horas en una planta que cerró sus puertas?

-Limpiamos. Damos mantenimiento a todas las áreas y a los equipos que ahí quedaron. Chapeamos en la parte de atrás, recogemos la basura que se hace adentro y afuera, no paramos de trabajar.

Además de Benedicto, hay otros 400 obreros de base que llegan desde muy temprano a las instalaciones del ingenio que en sus mejores épocas produjo 70 mil toneladas de azúcar, suficientes para endulzar el refresco que consumen anualmente unos 4 millones de mexicanos.

A la fecha, a Benítez Yáñez le deben unos 60 mil pesos, los cuales debió percibir durante los últimos 10 meses a cambio de trabajar en la zafra y el mantenimiento de la moledora.

En un principio, a los 600 trabajadores del San Francisco les dieron la versión de que las masas del molino eran reparadas en Córdoba y no había dinero para reinstalarlas.

Sin embargo, con el paso de los días crecieron las sospechas de que el paro de labores obedecía a problemas financieros más graves y la noticia del inminente cierre definitivo se propagó por el pueblo.

 

LA REGIÓN QUE RESPIRABA POR DOS TORRES

Desde cualquier punto de Lerdo de Tejada se pueden ver, imponentes, las dos chimeneas casi blancas del ingenio Nuevo San Francisco, y casi blancas porque en lo más alto de ellas todavía se nota el rastro del humo que salía de las calderas.

Lo que en una urbe pudiera representar contaminación, en esa región significaba la oportunidad de tener un plato de comida en la mesa y pensar en mejores condiciones de vida.

María del Carmen Cruz Fomperosa laboró 10 años en el ingenio ubicado a escasos 300 metros de su casa.

Su trabajo consistía en mantener limpia el área donde empacaban el azúcar y ganaba 900 pesos semanales. La familia creció y su salario no era suficiente para mantener a sus tres hijos, por lo que también empezó a vender antojitos y lonches para los cientos de trabajadores de la fábrica.

“Aquí había vida, ¡y el movimiento era de todo el día, eh! Desde la entrada del ingenio hasta aquí, en la calle había puestos de todo, de antojitos, tacos, tortas, raspados y varias tiendas de abarrotes”, recuerda con nostalgia.

 

MALOS MANEJOS E INDOLENCIA

La señora Cruz Fomperosa está convencida de que el principal responsable del cierre es Francisco García González y su pésima administración.

“Estamos seguros de que no hubo una quiebra por lo de la caña, la verdadera razón es que este señor no pudo con el paquete. Nunca le interesamos”, dice y perpetúa el sentido de pertenencia que tienen los lerdenses con el ingenio.

Los malos manejos son confirmados por Jorge Cruz, secretario general de la Sección 28 y Agustín Martínez, presidente de la Unión Local de Cañeros, quienes coinciden en que el dueño busca el rescate gubernamental, hecho que difícilmente se consumará.

 

NO HAY QUE PERDER LA FE

A Benedicto no le preocupa cuánto le deben, sino cuándo le pagarán. Desde que se detuvieron las máquinas, dice, ha acumulado muchos males que le quitan el sueño y provocan dolores en el cuerpo.

“El doctor me dijo que el estrés y los corajes que a veces hace uno”, explica y se monta al triciclo porque su mujer ya está fastidiada del calor y de escuchar puras malas historias.

-Sea sincero ¿Cree que vuelvan a abrirlo?

-¡Pos sí!, ¿tú crees que me estaría parando a las 6:30 de la mañana nada más por gusto? Acuérdate que dicen que nunca hay que perder la fe, bueno, la fe en Dios, porque en la gente pues ya ves… -remata y pedalea de regreso a casa.

 

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