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El sórdido mundo de un pensionado

•Cada semestre, arrastrando los pies, sostenido en un bastón, trepado en una silla de ruedas, con un tanque de oxígeno a un lado, necesita checar la llamada Supervivencia para dejar constancia que está vivo y le sigan pagando

•Si Peña Nieto enviara militares a misiones de paz de la ONU para entrar a la modernidad, entonces, piedad, misericordia por los pensionados del IMSS

 

LUIS VELÁZQUEZ

 

Hace un par de meses Jorge Arias se pensionó en el IMSS. Y 60 días después le correspondió el primer chequeo de la llamada  Supervivencia, dejar constancia en la ventanilla de que está vivo para que le sigan pagando.

Así, fue puntual, antes de las 8 de la mañana, para digamos, ganar un buen espacio en la cola y salir lo más pronto posible.

Fue, claro, a las oficinas del IMSS en la prolongación de la avenida Salvador Díaz Mirón, en Boca del Río, a un ladito de la Universidad Cristóbal Colón.

Y aun cuando llegó 15 minutos antes de la hora cuando inicia el turno burocrático, ya existían unas 30 personas en la fila, todas de la séptima década, esperando turno.

Se entiende: el IMSS es el centro médico con el mayor número de derechohabientes de norte a sur y de este a oeste del país. Incluso, más, mucho más que cualquier hospital público estatal, sin duda del ISSSTE, y, por tanto, la población se aglutina y aglomera para cualquier trámite.

Y más ahora cuando con la reforma energética y la conversión de PEMEX en una empresa privada ha sido avisado a los trabajadores y burócratas que el hospital de PEMEX será absorbido por el IMSS y, ni hablar, el destino habrá rebasado al Seguro Social.

Por fortuna, Jorge Arias llevaba una novela, Pedro, Su Majestad, Emperador, de Boris Pilniak, traducido por Sergio Pitol, y ahí, de pie en la cola, se puso a leer.

De pronto, leía el cuento intitulado Caoba, la vida en Rusia en la dictadura de Pedro I, El grande, y sin exagerar parecía una página arrancada a la realidad que ayer jueves 25 de septiembre, 2014, se vivía en el IMSS, como en tantos tantos tantos otros días. (El mismo día, por cierto, pero en 1828 pretendieron asesinar a Simón Bolívar, y el mismo día; pero en 1493 Cristóbal Colón inició su segundo viaje al Nuevo Mundo).

Y es que Pilniak, por ejemplo, narra una noche de indigentes durmiendo en el sótano de un edificio abandonado, todos encimados, y describe la pobreza entre la pobreza de quienes nada tienen para comer, luego de trabajar toda su vida.

En contraparte, en la antesala general del IMSS donde concitan un montón de oficinas para trámites, el escenario era el siguiente: en el caso de los pensionados que cada seis meses deben, por ley, llegar a la ventanilla para informar a la secretaria que están vivos, copia previa de sus documentos que llevan metidos en un morralito de campesino y/o en un folder azul, de los que venden en el mercado popular.

 

EL SÓRDIDO MUNDO BUROCRÁTICO

Un pensionado dijo: “Estoy hasta la madre de venir cada seis meses a la Supervivencia para 2 mil pesitos mensuales de pensión”.

El pensionado aquel arrastraba los pies apoyándose en un bastón de madera. La cabeza blanca. Las cejas blancas. Las pestañas blancas. El bigote blanco. Las piernas cascorvas como si fueran un signo de interrogación. Flaco. Huesudo, mejor dicho. Caminaba unos metros y se detenía, cansado, fatigado, sintiendo la complicación para respirar. Así, hasta llegar a la ventanilla.

Una chica de unos 15 años de edad acompañaba a su abuelo de unos 70 años, sentado en una silla de ruedas que la nieta empujaba con una sonrisa. Ahí, en la fila, esperando que el par de secretarias dejaran de platicar sobre sus hijos y la mascota para atender al público.

Quiso la nieta preguntar las razones por las cuales habían dejado de atender a los pensionados: “Estoy ocupada” dijo una de ellas, y de inmediato le advirtió, sin mirarla: “Y si tienes prisa ve a la oficina de Información”, señalando con el índice el departamento para seguir dialogando con la amiga.

Un señor de unos 70 años se integró en la fila. También, en silla de ruedas; pero además con un tanque de oxígeno a un lado que cargaba un joven, quizá también el nieto, porque lo necesita para respirar.

En sus manos, la copia del acuerdo del IMSS aprobando su pensión y una copia de su credencial del IFE cuando, digamos, era joven, en la plenitud de la vida.

Cada seis meses, dijo, vengo a la Supervivencia, cargando el tanque de oxígeno.

Una señora de unos 80 años también estaba en la cola. Flaquita, flaquita, flaquitita. El huesito nadando en el vestido holgado. Casi calva. Los ojos hundidos. Las manos huesudas con dedos más flaquitos. La copia de sus papelitos en un folder color amarillo.

Buscó y siguió buscando en sus papeles. La secre le pedía la copia de la credencial del Instituto Federal Electoral. Se le había olvidado. Se le había extraviado.

Y no obstante que lleva, dijo, cuatro años checando en la Supervivencia que está viva, ni modo, la secre le dijo que regresara a su casa por la copia del IFE.

60 minutos en la fila, en una república donde todos los días, en todas las oficinas, el ciudadano necesita hacer colas hasta para trepar al autobús urbano.

 

PIEDAD, PIEDAD, PIEDAD PARA LOS PENSIONADOS…

Por ahí dicen, parece que fue publicado en el periódico, que la gente del gobierno busca la manera de quitar la Supervivencia en el IMSS, quizá, acaso, en un acto de misericordia para la legión de pensionados que todos los días llegan arrastrando los pies, sostenidos en un bastón, trepados en una silla de ruedas, a la ventanilla.

Sabrá Dios si es cierto. Sabrá si tal pudiera ocurrir. Sabrá si sólo fue un distractor.

Pero en nombre del Estado de Bienestar Social por ningún concepto se vale la manera con que por hoy el IMSS cheque la Supervivencia en el caso de los pensionados, la mayoría quizá, con una depauperada calidad de vida.

Y, bueno, si Enrique Peña Nieto ha garantizado en Nueva York que México enviará militares a misiones de paz de la ONU, quizá, quizá, quizá, algún diputado federal, algún senador en el IMSS pudieran apiadarse  de los pensionados…

 

¡Pobre Veracruz, qué jodido estás!

 

•En los últimos casi cuatro años, la elite priista ha endilgado a la tierra jarocha los más inverosímiles adjetivos calificativos (el estado ideal para soñar, el Houston de México, la Arabia Saudita de América Latina, una potencia económica y turística mundial, el mayor número de Récord Guiness y Pueblos Mágicos, etcétera) y, en contraparte, los pobres entre los pobres y los pobres a secas continúan aquí, entre nosotros

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