19.4 C
Xalapa

Elogio de Bartolomé Padilla

•Sus columnas y crónicas fueron mi manual de periodismo

•Él nos enseñó a muchos que en el trabajo reporteril cada día es un nuevo comienzo

 

LUIS_VELAZQUEZBartolomé Padilla me llevaba unas dos generaciones, quizá una. Nunca supe su edad en su prodigiosa juventud, siempre listo para la batalla periodística cuando se enfrentaba a la máquina de escribir para contar la historia de cada día.

En su changarro del molino de nixtamal en el pueblo, mi padre compraba El Dictamen todos los días. Incluso, el voceador se lo llevaba de entrego. Y andando en aquel oficio de aprendiz de molinero, hacia el mediodía cuando la chamba bajaba, entonces leía el periódico en las dos, tres columnas que publicaba Bartolomé.

Leyéndolo me empezó a gustar el periodismo y, por supuesto, fui aprendiendo diferentes estilos de escribir.

Para entonces, el presbítero don David Constantino me había regalado algunos libros. Uno, claro, la Biblia para que la leyera como un manual de estilo literario mirando los textos religiosos como grandes crónicas y reportajes. También me había obsequiado un libro de Azorín, “El escritor”, donde asentaba que el párrafo mejor logrado del mundo era la frase corta, la frase lapidaria, la frase como una bala de una R-15.

Por eso leía a Bartolomé, porque sus frases eran relámpagos en la oscuridad. Breves. Catatónicas. Capaces de infartar al político, pues parecían sentencias bíblicas.

Una crónica me fascinó y que, incluso, recorté, y un día, muchos, muchísimos años después hallé por milagro en un libro viejo oloroso a humedad y ácaros. Era una crónica de una visita de José Pagés Llergo, el legendario director de la revista Siempre!, al puerto jarocho.

La frase corta. La descripción humana del personaje. La narración de los hechos ocurridos en un día de Pagés Llergo en el puerto jarocho, con los 40 amigos que solía trepar en un ADO alquilado para viajar desde la ciudad de México a Villahermosa, su pueblo.

Bartolomé era un virtuoso del periodismo. Lo mismo escribía una crónica que un reportaje que una columna. Lograba que las palabras bailaran en su texto. Se bambolearan al ritmo de la frase cachonda y fulminante. Sus textos tocaban el corazón. Pero al mismo tiempo, las neuronas.

Crecí leyendo a Bartolomé. Incluso, y sin lastimar a nadie, sólo leía sus textos en el Dictamen y atrás del estilo periodístico y literario coleccioné muchos, muchísimos textos que algún día, en un cambio de casa, ni modo, las perdí. Toda mi vida lo he lamentado.

Confieso haber imitado a Bartolomé en mi infancia periodística. Sus crónicas y columnas eran mi manual de estilo. Todavía hoy lo son, porque su legítimo orgullo era ser reportero, nunca fue tentado por la pasión política, y desde el alba hasta la madrugada su vida giraba alrededor del periodismo.

EN PERIODISMO CADA DÍA ES UN NUEVO COMIENZO

En la facultad, la profe Bárbara Hebrad nos impartía clase de inglés y siempre me reprobó, porque me la pasada alucinado con su atractivo físico. Pero, además, tenía otro: era secretaria de Bartolomé Padilla en El Dictamen. Y, por tanto, significaba un puente invaluable para conocer a mi héroe. El héroe de mi adolescencia y mi juventud.

Siempre, luego de clase, seguía a la maestra, con el mismo pretexto. “Cuénteme cosas de Bartolomé” le pedía.

Era, pues, la natural fijación de un fan para conocer a su héroe que todas las tardes llegaba a su periódico, ubicado a dos cuadras de la facultad, para teclear hasta la medianoche.

Lo conocí muchos años después. Preferí leerlo para así conocerlo. Pero, bueno, un día, se presentó la oportunidad. Quizá fue en algún café, acaso en una cantina, quizá en el prostíbulo de moda en Veracruz, “La escondida”, donde unas cien chamacas, las mayores de unos 23 años, andaban en ropas interiores en el antro seduciendo a los aventureros de la pasión loca y desenfrenada.

Nunca fuimos amigos. Había llegado a destiempo a su corazón. Lo oí platicar con el corazón inflamado de gusto. Y como otros eran sus amigos, entonces, preferí seguir leyéndolo, pues como afirmaba Willam Styron, “los escritores son bastante menos considerados unos con otros”.

El día en que salió de El Dictamen, ni modo, la vida de un reportero es así, andar de un medio a otro, me sentí huérfano. Pero la orfandad, por fortuna, duró poco.

De pronto lanzó su periódico. Una revista. Se llamaba Consenso, el nombre de una de sus tantas columnas.

Y en Consenso reencontré lo mejor de su talento: “el lirismo grave”, la pulcritud de la palabra, el dato duro, escueto y descarnado, el análisis profundo, el bamboleo de la palabra.

Pero más aún, la avasallante creatividad de un reportero que escribía toda la revista, unas 42 páginas, de principio a fin, él solito, sin ayuda de nadie, de igual manera como Balzac, por ejemplo, llegó a escribir unos 400 libros.

Como todos los genios del mundo, Bartolomé “tenía sus deficiencias y cometió sus errores”, como asienta Styron de Truman Capote. Pero en un artista como él todo se perdona porque suman más, mucho más, los atributos y, en su caso, la búsqueda incesante de los hechos, consciente y seguro, como lo estaba, de que en el periodismo cada día es un nuevo comienzo, un nuevo amanecer, soñando siempre con la utopía.

Murió en la ciudad de México, en la central camionera del ADO, donde mientras esperaba la hora de salida al puerto de Veracruz, sentado en una butaca, leyendo la revista Siempre!, donde también publicaba, el corazón se infartó.

Nunca ha muerto en mi vida. Vive siempre. Y aun cuando me acuso de indolencia al cruzarme de brazos para cultivar la posibilidad de su amistad, creo que fuimos amigos, más amigos que otros, porque nunca, jamás, ha existido un solo día en que reportee y escriba pensando en la intensidad con que él vivía el periodismo.

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