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Golpe de Tecla: La ansiedad, el principal aliado del Covid

Un día Saúl se levantó malhumorado, hastiado, con ganas de mandar todo a la mierda -Covid incluido, obvio-, el encierro de la pandemia lo tenía como león enjaulado. No pudo más, decidió ir al billar, su principal distracción, corría julio, el mes más álgido y fértil para el SARS-COV-2 en la Atenas Veracruzana. Saúl tomó su taco de billar, su tiza y guante y partió a uno de los tantos billares que abrieron clandestinamente durante la cuarentena. Cuatro horas de pool y de carambola, dos cervezas y de regreso para su casa. Cinco días después: inflamación de garganta, dolor de cabeza como si un taladro penetrará su sien y una sospecha muy fundada de que tenía “el bicho”. Los doctores del Centro de Especialidades Médicas (CEM) solo confirmaron su zozobra.

Dos meses después, Saúl reflexiona: “Creo que lo peor ya ha pasado, pero hoy tengo la certeza que está pandemia, esta enfermedad del Covid-19 tarde o temprano nos va a dar a todos, nos va acotando (sic) poco a poco”.

Con Rubí ocurrió distinto, paranoica desde el primer día de la pandemia solía sanitizar, desinfectar y casi “aventar cloro” a cualquier visita que recibía en su departamento en el sur de la ciudad. Compró jabón zote y puso una barra en su lavabo de cocina, otro en el baño, uno más a la entrada de su casa con una cubeta de agua al lado. Decidió mandar a descansar a su empleada doméstica “unos meses” para evitar recibir gente con contacto con “más gente” en el exterior. De su trabajo se ausento un par de semanas antes de que decretaran el tan famoso y poco obedecido: #QuedateEnCasa. 

Empezó a pedir comida de la calle en la modalidad “cero contacto”, dejó de frecuentar compañeros de trabajo y amigos. La tecnología con WhatsApp, Telegram y Zoom fueron sus principales aliados, pero un día, Rubí se chocó de la comida de la calle, su refrigerador y despensa se vaciaron. Entró en pánico, con guantes y cubrebocas y con gel antibacterial salió a la Central de Abastos -punto de alto contagio de Covid, pero a final de cuentas, su supermercado más cercano, me justificaría días después-, compró frutas, verduras, algo de carne, y tortillas. Contrajo Sars-Cov-2, cinco días después comenzaron los síntomas, las dudas la asaltaron hora tras hora, solo por morbo, por anécdota y experiencia quiso saber quién la contagio, vivirá con esa duda. 

Lo peor vino después, Rubí echo mano de sus ahorros para buscar un neumólogo particular del Hospital Ángeles, compró un respirador y oxímetro de su bolsillo para atenderse en su casa. Además, unos cuantos miles de pesos para prueba inicial de confirmación y para la prueba de anticuerpos que daba por fin negativo. Paso noche fatales -confiesa-, esa fatigación extrema por dar diez pasos de su cama al baño y sentir que le falta la respiración. Quedo ciscada, teme regresar al trabajo y “celebra” -en soledad claro-, cada que en su oficina gubernamental aplazan -sí aún más- los plazos para regresar a una “Nueva Normalidad”.

Lizeth dejó de viajar a visitar a su familia a la zona costera, se encerró de forma hermética en su departamento con su perro. Desistió de visitar a sus primas y solo concurrió religiosamente a su trabajo en el Ayuntamiento. La ruta-rutina durante dos meses fue más que mecánica: Bajar de su departamento, encender su vehículo, estacionarlo a una cuadra del Palacio Municipal, concurrir a trabajar en su oficina con cubrebocas y lentes. Evitó a toda costa, el contacto con el exterior, ella no tuvo ansiedad, pero sus empleados sí, un fin de semana común y corriente, una de sus compañeros no resistió la imperiosa necesidad de acudir a la estilista, ahí contrajo Covid, en su departamento y en los subsecuentes vinieron contagios alternos, algunos casi asintomáticos, otros más agresivos. La oficina completa entró en cuarentena. 

Y así podríamos seguir “desgranando casos”, uno por uno o en serie que abonen o documenten los casi 32 mil casos confirmados de Coronavirus en la entidad y los más de cuatro mil fallecimientos por SARS-COV-2, “el bicho” y la ansiedad que provoca ha llegado a hacer un parteaguas en el mundo global, en el continente norteamericano, en el país, en Veracruz y en Xalapa. De una u otra forma ha venido a marcar nuestras vidas, hoy no existe un ser vivo en el planeta, en el país, en la ciudad, en la colonia, que no conozca a alguien que haya contraído de Covid-19.

A través de redes sociales o en cadenas de WhatsApp todos nos hemos visto en la penosa y lamentable necesidad de dar el pésame a alguien por la partida de un ser querido a causa del Coronavirus; historias trágicas, dramas hospitalarios, en algunos casos: negligencia social o médica, pero muchos conocidos han tenido que ver partir a un ser querido. 

Y el Covid, tal parece -no hay que cantar victoria aún- está por irse, o por replegarse o esconderse un poco, para la memoria histórica quedará en el ciudadano, el daño provocado en mayor o menor manera. 

Quienes hasta el momento hemos estado intactos del Coronavirus -y vaya que sí lo hemos provocado- quedan sus extraños sentimientos y emociones que vienen con él: Ansiedad, irritación, soledad, sensibilidad, amargura. Sentimientos de vulnerabilidad y fragilidad de tener un enemigo invisible, no tangible, pero si mortífero. 

Faltan muchas líneas por escribir sobre el Covid-19, faltan muchas lecciones de aprendizaje sobre está enfermedad. Lecciones que habrá que aprender el gobierno, el sector empresarial, la economía formal, la informal, el ciudadano común y corriente, los medios de comunicación, la ciencia y la medicina, mientras tanto, hoy uno está aquí, sentado, tranquilo, esperando y no esperando, sin ansias, el maldito rebrote. 

@zavaleta_noe

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