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La Ciudad Prohibida de Pekín cumple 600 años con buena salud

En el año 1601, casi dos siglos después de trasladar la capital imperial de Nanjing a Pekín, dos ilustres jesuitas, el italiano Matteo Ricci y el español Diego de Pantoja, se convertían en los primeros europeos en traspasar los muros de la Ciudad Prohibida. 

Su llave de entrada fueron dos relojes y un clavicordio, cuyo funcionamiento enseñaron a los eunucos de la corte del emperador Wanli. Fue un hito histórico, que sirvió para acortar la enorme lejanía -física y espiritual- entre Oriente y Occidente, pero insuficiente para normalizar la presencia de ciudadanos extranjeros en el recinto, donde monarcas y asesores planearon el destino de la nación al abrigo de miradas indiscretas durante tres siglos más. 

Mucho han cambiado los tiempos desde entonces. Con la llegada de la república a principios del siglo XX, el complejo palaciego pronto perdió su carácter político y ceremonial. En la actualidad, por los mismos paseos y jardines por los que antes pululaban concubinas, cortesanos y generales, hoy lo hacen miles de turistas deleitados con una de las principales atracciones turísticas del país. Este año, el monumento debería haber celebrado su 600 cumpleaños por todo lo alto, pero la crisis del coronavirus ha ensombrecido la conmemoración. 

Por los paseos y jardines por los que antes pululaban concubinas, cortesanos y generales, hoy lo hacen miles de turistas 

Desde luego, la Ciudad Prohibida se merece una fiesta de las grandes, porque la suya ha sido una historia de supervivencia contra todo pronóstico. El motivo, que dada su escala monumental y su importancia para el país, ha estado casi siempre bajo la amenaza de invasores extranjeros, desastres naturales y luchas intestinas por el poder. 

Incluso en fechas tan recientes como mediados del siglo pasado, su suerte no estaba asegurada. Los comunistas de Mao Zedong, en el poder desde 1949, no le guardaban demasiado aprecio a la que fuera residencia oficial de 24 emperadores de las dinastías Ming y Qing. Su historia y diseño, destinado a proteger al emperador y enfatizar su preeminencia como Hijo del Cielo en la Tierra, lo convertían en un símbolo epatante de las inequidades del gobierno feudal que tanto criticaban. Aún así, logró esquivar los desmanes de la Revolución Cultural y las drásticas alteraciones urbanísticas que transformaron Pekín, inmisericordes con numerosos edificios antiguos y otros vestigios del pasado imperial. 

“No hay una sola razón por la que la Ciudad Prohibida escapara indemne de este periodo de demolición y reconstrucción, aunque sí que tuvieron que ver el alto costo de remodelar un espacio tan grande y la ausencia de un plan coherente sobre con qué reemplazarla. Fue el último capítulo de una historia poco probable de supervivencia”, escribió recientemente Jonathan Chatwin, autor de ‘Long Peace Street: A walk in modern China’. 

Con sus 720.000 hectáreas y 980 edificios, la Ciudad Prohibida es considerada el conjunto palaciego más grande del mundo. En su construcción, ejecutada entre los años 1406 y 1420, participaron cientos de miles de obreros y artesanos, que utilizaron materiales llegados desde todas los rincones del imperio: maderas nobles de Sichuan, pan de oro de Suzhou, ladrillos de arcilla de Shandong o mármol del oeste de Pekín, cuyas piezas más pesadas eran transportadas en invierno vertiendo agua en los caminos para que se helara y así poder deslizar las rocas a empujones. 

Al estar edificado principalmente con madera, el complejo era vulnerable a los rayos, el fuego utilizado para iluminar o calentarse o las exhibiciones pirotécnicas. Para combatir estos riesgos, se colocaron cientos de cubas de metal alrededor del palacio para recolectar agua. Aún así, se registraron incendios de manera periódica, por lo que casi todos los edificios son reconstrucciones posteriores de los originales, como las siete que lleva ya el famoso Salón de la Armonía Suprema. 

Los conflictos territoriales también hicieron mella en su constitución. En 1644, la mayor parte del palacio fue destruida a manos del líder rebelde Li Zicheng, cuyas tropas prendieron fuego al recinto al escapar de las fuerzas manchúes que establecieron la dinastía gobernante de los Qing. Otro episodio de saqueos y destrozos se vivió en 1901, cuando la Rebelión de los Boxers -un movimiento popular contra la despótica injerencia de las potencias coloniales en el país- fue sofocada por las tropas de la fuerza expedicionaria internacional, que aprovecharon su victoria para desmandarse en el interior del recinto real. Pero ese no fue el último capítulo violento. En 1917, un intento de restaurar en el trono a Puyi -el último emperador, que había abdicado en 1912- se finiquitó con el primer bombardeo aéreo de la historia de China, un biplano que no provocó graves daños en el complejo. 

En 1917, un intento de restaurar en el trono a Puyi -el último emperador, que abdicó en 1912- se finiquitó con un bombardeo aéreo que no provocó graves daños 

Años después, el peligro provenía de Japón, entonces una potencia totalitaria que en 1931 invadió Manchuria. Ante el temor de que también atacaran la capital, se decidió evacuar los tesoros más valiosos de la colección imperial. En 1933, las obras iniciaron un éxodo épico que les llevó a errar por distintas partes de un país en guerra en busca de refugio seguro. Finalmente, antes de ser derrotados por los comunistas de Mao, las tropas nacionalistas de Chiang Kai Shek se llevaron parte de las piezas más valiosas a Taiwán, donde se exponen en el Museo Nacional del Palacio de Taipei. Mientras, el resto regresó a su antiguo hogar, donde se albergan unos 1,17 millones de objetos artísticos. 

Pese a tamaña colección, la Ciudad Prohibida permaneció durante gran parte de las últimas décadas como un imponente páramo vacío en medio del bullicioso centro pequinés, con su perezosa existencia alterada por episodios esporádicos como la visita del presidente estadounidense Richard Nixon en 1972 o la grabación de la oscarizada ‘El último emperador’, de Bernardo Bertolucci. 

“Años después de la Revolución Cultural (1966-1976), el complejo se encontraba en un estado muy triste. Sus edificios estaban llenos de grietas, en ruinas y habían adoptado un horrible color gris. Solo un corredor estrecho del enorme terreno rectangular estaba abierto, y las obras de remodelación eran tan deficientes que parecía el plató de una película, aceptable de lejos pero barato e improvisado de cerca”, describió el veterano periodista del ‘New York Times’, Ian Johnson. 

El espacio visitable ha pasado del 52% del recinto en 2014 al 80% en la actualidad 

Tras años funcionando a medio gas, las autoridades apostaron este siglo por su revitalización, y las mejoras ya pudieron apreciarse antes de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. Pero fue con la llegada al poder del presidente Xi Jinping y su estrategia enfocada a proteger y proyectar el legado cultural del país cuando el cambio se hizo evidente. Como resultado, el gobierno hizo un llamamiento al Museo del Palacio para que exhibiera mejor sus joyas y ampliara el espacio a visitar (ha pasado del 52% del recinto en 2014 al 80% en la actualidad). 

Sus gestores también se han vuelto más creativos con el uso del espacio. En febrero de 2019, la apertura nocturna del museo -la primera vez en un siglo- llevó al colapso de la página para reservar entradas. Por su parte, las tiendas de regalos también han aumentado su oferta, antes limitada a llaveros y muñecos de eunucos, y ahora cuenta con porcelanas, textiles, muebles e incluso su propia línea de cosméticos, que le ha reportado jugosas ganancias. 

Todas estas estrategias parecen estar funcionando. Año tras año, el recinto va batiendo su récord de visitantes, que en 2019 alcanzaron los 19 millones de personas. Para su 600 cumpleaños, se esperaba superar esta cifra, algo que el coronavirus ha impedido. Aún así, el programa de festejos ha seguido adelante para el público nacional, que está pudiendo disfrutar de muestras conmemorativas, seminarios, conferencias, documentales y monedas acuñadas para la ocasión. Después de soportar siglos de conflictos, desastres y negligencias, la Ciudad Prohibida goza ahora del aprecio de las autoridades, que la exhiben como un símbolo orgulloso de la historia y la cultura de la nación. Como resumió Chatwin, con los fondos garantizados para su restauración y preservación, “su futuro parece ahora más seguro que nunca”. 

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