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La cuerda, el rayo, el relámpago y el trueno

Celebramos el 50 aniversario de la mejor versión grabada de las Seis Suites para Violonchelo Solo de Johann Sebastian Bach: en el invierno de hace medio siglo, Pierre Fournier plantó su hermoso violonchelo, una rareza de laudería, en la Beethovensaal de Hanover y creó la joya discográfica que hoy festejamos.

Las razones por las cuales consideramos a la de Pierre Fournier la mejor versión de esta obra capital, escapan a cuestiones de gusto personal y obedecen a consideraciones técnicas que plantearemos a continuación.

En primer lugar, Fournier es un cultivador del anhelo de perfección técnica y de la belleza de sonido. Una manera de describir su manera prodigiosa de empuñar el arco y que hace estallar en mil añicos la de por sí fragmentada brea, es un silogismo de la invención de Pascal Quignard: “La presa que cae es al sonido de la cuerda del arco lo que el rayo es al sonido del trueno”.

Pierre Fournier, buscador de sonido, encontró en su bellísimo violonchelo fabricado en 1849 por el eminente laudero francés Charles Adolphe Maucotel, lo que Pu Ya halló gracias a las enseñanzas de Yang Lieng en la Lección de música, del violonchelista y escritor francés Pascal Quignard: “La música está en la vida, en lo que de naciente hay en la vida”.

En la apreciación de Jürgen Ostmann, el sonido que hace nacer Fournier de su violonchelo Maucotel está pleno de nobleza, refinamiento y exquisita elegancia.

Esplendor en la digitación, mano izquierda, fulgor en las arcadas, mano derecha. Su amigo Paul Tortelier, otro de los gigantes del violonchelo, le decía: “Pierre, desearía tener tu brazo derecho”, a lo que Pedro respondía: “Paul, quisiera tener tu mano izquierda”.

Uno de los rasgos decisivos que distinguen la versión de las Suites de Bach en manos y brazos de Pierre Fournier es el uso del vibrato, ese recurso cuyo abuso resulta tramposón como resultado de las

intervenciones que realizan en las partituras originales muchos intérpretes en pos de apantallar, de hacerse notar mediante efectismos; entre ellos, está el ejemplo típico de Herbert von Karajan, quien multiplicaba por cinco las letras f, indicadoras de sonido fuerte (una f = forte, varias f = fortisssimo). Y lo mismo hacía con el vibrato y otros elementos de acentuación y distintos signos semafóricos, de atmósfera, tono e inflexiones.

La elegancia del sonido de Pierre Fournier contiene un vibrato moderado, una elevadísima intensidad controlada. Eso lo hace único.

El Disquero ama la intensidad de las distintas grabaciones que ha hecho Yo-Yo Ma de las Seis Suites de Bach, en especial la incandescencia, la muy elevada intensidad, inspiración, arrebato y enjundia que ejerce en el clímax del Preludio de la Primera Suite.

También gustamos enormemente de las versiones grabadas por el gran Mstislav Rostropovich, una de ellas por cierto bajo el Muro de Berlín en el momento de la caída de aquel esperpento.

Amamos la lectura intimista que hizo de las Seis Suites de Bach la violonchelista Jacqueline du Pré. Disfrutamos la apoteosis que logra con esas obras el amigo de Fournier mencionado: Paul Tortelier.

Nos asombramos ante la magnificencia de Janos Starker, una torre de ajedrez en pleno enroque; entrecerramos los párpados con el violonchelo barroco del neerlandés Pieter Wispelwey y nos llenamos de gozo y alegría cuando el belga Sigislav Kuijken se pone en el pecho su hermoso violonchelo da spalla y aún más cuando Anner Bylsma, también neerlandés, nos abisma en la bruma de la brea salpicando el aire conmocionado por sus frases largas, inexorablemente interminables en su violonchelo barroco, muy próximo al espíritu de Bach.

La última nota que entona Bylsma se queda flotando en el ambiente como un aroma percibido entre sueños.

Mención aparte merece la grabación por antonomasia, la de Pau Casals, a quien debemos de hecho la existencia de las Seis Suites en el repertorio de todo violonchelista que se precie.

Toda versión es por naturaleza diferente. Las hay en velocidad lenta, las hay vertiginosas, gráciles, densas, reflexivas, alegres, ligeras, apesadumbradas, alegres, muy alegres, exultantes.

En todas ellas está el nacimiento de la danza.

Allemande, Courante, Sarabande, son las danzas más antiguas de entre ellas. El Minuet, la Gavotta y la Bourrée fueron más modernas cuando Bach escribió sus Seis Suites, cuyos movimientos reciben el nombre de cada una de esas danzas.

De entre todas las versiones mencionadas aquí, la de Pierre Fournier es la que mejor danza. Y canta.

Es sabido que el violonchelo –lo ha glosado de distintas formas Pascal Quignard– es el instrumento más cercano a la voz humana. Monsieur de Saint-Colombe, por cierto personaje de Quignard en Tous les Matins du Monde, hizo cantar tardes enteras en su cabaña a su viola da gamba, instrumento antecedente del violonchelo.

Al escuchar la Seis Suites de Bach con Pierre Fournier danzamos y cantamos.

Cuando una filóloga, al enterarse de que al violonchelista Pascard Quignard le gustaba poner danza y canto en todos sus textos, buscó en todos los libros de ese escritor francés y al no encontrar “el cuerpo” de la danza, le preguntó a Quignard que entonces por qué él decía que su obra era danza y él contestó: la danza está en todo momento de la vida cotidiana de mis personajes; danzan cuando mueven la cabeza, levantan los brazos, caminan hacia atrás. Y cuando hablan, cantan.

Y va más allá Quignard en su explicación: “El mundo amniótico es el mundo de la danza”. Es el primer reino, apunta el autor de Último reino (serie inagotable de tratados donde Quignard habla del misterio de la vida de los humanos).

Esa sensación percibimos cuando escuchamos las Seis Suites de Bach con Pierre Fournier: flotamos. Como lo hicimos en el vientre materno.

Ahonda aún más el violonchelista y escritor Pascal Quignard: “Johann Sebastian Bach gustaba anotar en la partitura redondas y blancas ligadas a dos cuerdas de distancia, sólo audibles mediante la vista”.

También eso percibimos al escuchar a Fournier interpretando a Bach: una experiencia sinestésica. Escuchar con la vista no es otra cosa sino sinestesia.

El secreto a voces de la voz en violonchelo de Pierre Fournier es su dominio técnico y su sentido de la elegancia, que le permiten trazar una línea interminable: avanza, se curva, nunca retrocede, asciende, ondula. Danza.

Heinz Wildhagen, el ingeniero de sonido que grabó a Fournier en el disco que aquí recomendamos, hace notar que Pierre Fournier entablaba danzas tan ensimismadas que no permitían corte de edición alguno. El equivalente en música al placer suntuoso que proporciona un plano secuencia en el arte del cine.

Fournier tiene otro secreto: tomó como modelo no a un violonchelista como él, sino a un violinista: Fritz Kreisler, lo cual le habilita una técnica muy fluida y generosa en variedad de atmósferas, emociones, sentimientos.

Además, su técnica prodigiosa de mano derecha e izquierda combinadas asegura que la línea melódica se aproxime a la voz humana.

Otro secreto: inventa un ritmo dentro del ritmo, en seguimiento fiel de lo que indica la partitura, para cada compás y así dotar de una tensión siempre renovada y crear un sistema de proporciones cercanas a la lógica matemática pero que en realidad obedecen a la lógica de funcionamiento del cuerpo humano: la respiración, el canto, el movimiento grácil prenatal convertido en acciones vitales a lo largo de toda la existencia: la danza.

He ahí los fundamentos.

Escuchemos a Rostropovich, a Tortelier, a Starker, Ma, Du Pré, Kuijken, Wispelwey, Piatigorsky, Maisky, Bijlsma. O bien, a Pierre Fournier, cuya grabación de hace 50 años se redita ahora a manera de celebración en una caja conmemorativa que incluye los dos discos compactos con las Seis Suites, además de un tercer disco con lo más nuevo en tecnología: High-Fidelity Pure Audio Blu-ray, porque esa calidad de sonido le viene como anillo al dedo a un buscador de la belleza del sonido: Pierre Fournier.

Recibimos así con júbilo al 2021.

*Con información de la Jornada

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