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La política en tacones

Por María del Pilar Ramírez

Aunque no me gustan, debo admitir que los tacones identifican a las mujeres, de ahí el nombre de esta columna. No me gustan los tacones porque básicamente me parecen una tortura disfrazada de moda y también, como afirma Alda Facio, son un instrumento de dominación. Para acabar pronto, son una atadura. Quien lo dude puede hacer un ejercicio sencillo de observación en cualquier zona comercial, oficina o escuela. Allí podrán ver la dificultad con que caminan las mujeres que utilizan tacones altísimos; en lugar de caminar hacen pruebas de equilibrio para mantenerse sobre sus zapatos. Si el terreno es accidentado, la prueba se convierte en deporte extremo.

Cuando surge una situación de emergencia es imposible que una mujer corra si va encima de 15 centímetros de tacón. Si se le poncha un neumático, le resultará sumamente dificultoso cambiarlo montada en los tacones. Si su pequeño hijo se suelta a correr le costará esfuerzo, y quizá una caída, alcanzarlo.

Si lo queremos mirar por el lado estético quizá los puntos de vista sean más discutibles, pues habrá quien defienda que este tipo de accesorio es bonito y de buen gusto, mientras otros, como yo, consideran que es feo y antinatural. Puede ser que mi distancia ideológica hacia los tacones me predispone y ya no les encuentro el lado agradable. El menor de los Figueroas que tengo en casa tiene una opinión elemental pero muy gráfica sobre el tema; Andrés, de 15 años, lego todavía en la diplomacia, afirma que las mujeres en tacones muy altos tienen una imagen parecida a los faunos.

No se trata de una nimiedad. Las zapatillas, ese calzado llamado “de vestir”, son el ingrediente de una industria poderosa. Están los inalcanzables Manolo Blahnik, Jimmy Choo, Prada, Gucci, Salvatore Ferragamo, Louboutin, Fendi o Louis Vuitton cuyo precio, por par, oscila entre cinco mil y cincuenta mil pesos, hasta los que se venden en el mercado de Mixcalco o en cualquier tianguis y no tienen una marca famosa. Hay para todos los bolsillos; los caros a los que aspiran muchas mujeres, y sólo algunas tienen, y los baratos que intentan imitar los modelos de diseñador para lograr éxito; unos y otros contribuyen cada día a formar esta sólida industria que vive de una necesidad muy bien construida y que no es de ningún modo la primitiva protección contra el clima o el piso, sino la de lucir hermosa o a la moda, que no siempre van juntas.

Ahora, los tacones femeninos también se convirtieron en objeto de estudio del investigador francés Nicolas Guéguen, quien publicó recientemente en la revista Archivos del comportamiento sexual un artículo con los resultados de una curiosa investigación: el efecto de los tacones femeninos en el comportamiento masculino.

Guéguen, quien ha explorado otros temas poco habituales como el efecto del adorno del cabello en la obtención de ayuda o la popularidad del nombre como predictor en la posibilidad de obtener un empleo, señala que encontró en su investigación que los tacones son un instrumento para atraer al sexo masculino y que su eficacia se demuestra porque los hombres se comportan diferente ante una mujer con tacones que ante una que no los usa. Guéguen afirma que existe mayor posibilidad de que un hombre se acerque a una mujer en tacones, es decir, que son un artefacto persuasivo.

La investigación señala que los tacones hacen verse más hermosas a las mujeres porque al verse más altas, se estiliza la silueta. Si una mujer pide ayuda, la probabilidad de ser auxiliada aumenta en forma directamente proporcional a la altura de sus tacones. Hasta aquí parte de los resultados más destacados de Guéguen. Las mujeres podrían simplemente echar mano de estos datos y sacar provecho de ello.

Los datos de Guéguen no hacen más que corroborar que los tacones son una atadura para las mujeres. La publicidad nos hace víctimas de esta moda y nos encarcela en la inmovilidad, nos hace creer que si usamos zapato bajo o de piso somos “fodongas” o, peor, poco femeninas. En realidad, cuando usamos tacones dependemos de ayuda hasta para caminar. Con tacones de 15 centímetros nos tambaleamos mientras la industria del calzado y la libertad masculina se mantienen firmes.

¿Por qué no probamos a bajarle a los tacones? Una vez que logremos tener como valores más apreciados la libertad física y la comodidad podremos emprender el camino más difícil: la reeducación sentimental. Hombres y mujeres debemos aprender nuevos protocolos de seducción, donde jueguen un papel más relevante otros factores de la apariencia y se revaloren atributos como la inteligencia, que tradicionalmente se le ha escamoteado a las mujeres como virtud o se les ha hecho creer que es una desventaja en la competencia del coqueteo. ¿Por qué no pensar que la libertad femenina puede comenzar en nuestro propio clóset?

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Tacón alto: Con la enérgica recomendación de no regalar o aceptar zapatos de tacón alto, la autora de esta columna tomará un receso y les desea unas fiestas de fin de año que serán más gratificantes porque la felicidad se deberá rescatar de las ruinas que han dejado el engaño, la corrupción y los agravios, y de la melancolía por la sangre joven regada en el alma de todos los mexicanos, pero con una esperanza ciudadana que no se rinde.

ramirezmorales.pilar@gmail.com

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