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Necesitamos más fotoperiodismo y menos selfis

Camigliatello Silano. El italiano Filippo Ganna (Ineos) se impuso este miércoles en solitario en la quinta etapa del Giro de Italia, en un recorrido de media montaña a través de Calabria, al sur del país.

El campeón del mundo de contrarreloj aventajó en unos 40 segundos al grupo de los favoritos, entre los que estaba el portugués Joao Almeida (Deceuninck), que mantiene la maglia rosa de líder de la carrera.

MADRID — Una familia se acercó al borde de un acantilado de la costa genovesa para tomar una fotografía de la puesta del sol, pero ninguna parecía agradarles o ser lo suficientemente instagrameable. Mientras el papá se agachaba buscando un mejor ángulo, la madre estiró los brazos y asomó a su bebé por el precipicio. “¿Qué tal ahora?”. Durante unos segundos, los presentes aguantamos la respiración. La probabilidad de que el niño se resbalara de las manos de su madre era ciertamente remota, pero existía. Y si podía ocurrir, ¿merecía la pena tomar el riesgo por una foto?

Volví a recordar la escena, de verano de 2019, al leer la noticia de que Instagram cumplía esta semana diez años. Más de mil millones de personas utilizan la red social y, aunque no todos asomamos bebés por acantilados en busca de un like, nuestro deseo natural por gustar a los demás, multiplicado por cientos de millones de personas, ha convertido lo que empezó como una distracción en una gran distorsión.

El mundo podría estar viviendo una gran pandemia con miles de muertos, con sus economías arruinadas, y nadie lo diría viendo Instagram.

En España, las imágenes de diversión, playas, vacaciones y entretenimiento acompañaron el final del primer confinamiento de junio y dieron una falsa sensación de que todo había terminado. “La nueva normalidad” declarada prematuramente por el gobierno lo parecía de verdad, mientras las llamadas de médicos y científicos a la precaución eran desatendidas. Hoy, en medio de una segunda ola que vuelve a situarnos como uno de los principales focos de contagios del mundo, Instagram sigue mostrándonos un mundo paralelo. Y aunque tiene su lado bueno —necesitamos una ventana por la que mirar a otro lado—, el riesgo es que la ficción se haga tan real que nos encierre en una burbuja y limite nuestra capacidad de respuesta ante lo que será una larga batalla.

El exreportero de guerra y novelista español Arturo Pérez-Reverte atribuía en agosto el descontrol de la segunda ola en España a que los ciudadanos no vimos suficientes muertos y, autoengañados, acabamos protestando porque “no nos dejan bailar en las discotecas”. Mientras Instagram hacía su magia, atrapándonos en su mundo virtualmente ideal, los pocos medios españoles que publicaron duras imágenes de la pandemia fueron criticados por colegas, políticos y, de manera más previsible, hordas de indignados usuarios de redes sociales. Su mensaje parecía ser: “No estropee con la realidad el bello universo donde los muertos son solo un número”.

La publicación de féretros o pacientes de hospital ha sido considerada una herejía periodística en España.

Nada nuevo: quienes ejercemos el periodismo desde antes de la aparición de las redes sociales venimos detectando una creciente intolerancia a la exposición de las fealdades del mundo. Como si, al taparnos los ojos, la parte trágica de la vida dejara de estar ahí. La experiencia muestra que sucede lo contrario: el engaño solo aumenta la indiferencia hacia quienes la sufren.

La mayoría de los medios españoles siguen siendo reticentes a contrarrestar las falsas percepciones de normalidad con una información cruda y más cercana al momento. Por eso, el fotoperiodismo nunca ha sido tan importante como ahora, cuando compite con la realidad ficticia que millones de fotógrafos amateurs muestran cada día en sus redes sociales, la utilización de esas herramientas digitales para manipular la verdad por parte de los poderes y la dificultad de captar la atención de una audiencia que recibe una cantidad de información imposible de procesar.

En España miles de personas siguen contagiándose cada día y cientos mueren todas las semanas en una pandemia que no terminamos de controlar. Los que se van lo hacen en la trastienda de una avalancha diarias de datos y broncas políticas que ocupan gran parte de la atención. El lado más humano de la tragedia, salvo excepciones, sigue marginado.

La contradicción es que ese vacío ha coincidido con la mejor generación de reporteros gráficos que ha tenido España, un grupo de periodistas que ante la precariedad profesional en los medios españoles han llevado su trabajo a los grandes diarios del mundo, reciben los premios de mayor prestigio internacional y tienen a sus espaldas la experiencia de haber cubierto los grandes conflictos de nuestros días. Su talento para transmitir el drama humano, sin embargo, se ha visto obstaculizado en su propio país por el empeño de autoridades en restringir a los medios el acceso a hospitales, morgues o residencias de ancianos, donde más de 20.000 personas han muerto en soledad.

Manu Brabo, ganador de un Pulitzer en 2013, es uno de los fotoperiodistas que han padecido los intentos de invisibilizar uno de los grandes acontecimientos de nuestra época. “Hemos vivido una emergencia sanitaria con colapso de hospitales y no hay ni una imagen que muestre eso. Se ha usado el derecho a la intimidad de pacientes y doctores para bloquear el acceso a los fotoperiodistas”, me dijo.

Brabo y otros siete fotógrafos españoles crearon el proyecto Covid Photo Diaries en un intento de generar “un discurso independiente de medios e instituciones, plural, descentralizado y con alta calidad”. Sanitarios, inmigrantes, pacientes, ciudadanos y víctimas protagonizan un trabajo que empezó mostrándose en Instagram, donde sus imágenes de la pandemia compiten en atención con la superficialidad y la vanidad que dominan la red comprada por Facebook en 2012.

*THE NEW YORK TIMES

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