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Palabra de Mujer

¡BRAVO OBAMA!

Lety CasillasHace unos días que recibimos la noticia de lo que seguramente será el fin del bloqueo estadounidense hacia Cuba, me emocioné. Quizá haya quien diga que soy una pesada, pero es que vino a mi mente un viaje que hicimos a la isla mi esposo y yo hace como 25 años. Me pareció que podían resultar reveladoras algunas de las experiencia que vivimos en aquella ocasión, así que decidí contarlas.

El viaje a la llamada “Perla de las Antillas”, era como es hasta la actualidad muy barato, no se necesitaba visa y el avión salía desde Veracruz. Cubana de Aviación organizaba un vuelo chárter por semana de la Habana al puerto y viceversa, con tanto éxito que el avión llenaban su capacidad con turistas en ambos sentidos.
No tengo la más nómada idea de quiénes eran los cubanos que viajaban a nuestro país y de dónde sacaban dinero para turistear. De lo que sí tengo idea es de quiénes íbamos de aquí: Los que simplemente se sentían atraídos por el país, que era nuestro caso. Los amantes de la música, jóvenes que iban al destrampe, y otros que no tenía tanto dinero para hacer vacaciones en el extranjero. Además, viajaban también numerosos hombres casados y solteros que buscaban experiencias sexuales con chiquillas, que en muchos casos sospecho, eran menores que los hijos que los esperaban en casa. Conocimos a uno que viajaba allá cada dos o tres meses, era un divorciado cuyo motivo era Mayra, una mujer simpática como de 25 años, blanca, de cara bonita y cuerpo exuberante, que reía a carcajadas a la menor provocación. El jarocho seductor se llamaba Gerardo y nos ayudó mucho orientándonos sobre la mejor manera de vivir la ciudad.
Llegamos a la Habana al anochecer y lo primero que nos sorprendió fue la oscuridad que envolvía la ciudad, todo estaba en penumbras. Después supimos que hacían tandeos con la luz y sólo los hoteles estaban suficientemente iluminados porque no participaban en ellos.
En cada parada para dejar turistas, se juntaban a las puertas del autobús grupos de jovencitas casi niñas, que ofrecían sus servicios de “compañía” a los caballeros que viajaban solos. Mientras esperábamos, observamos la manera en que se vendía sin recato las adolescentes bonitas y delgadísimas a los potenciales clientes, apenas por unos dólares o algún artículo de “lujo” (jeans, cosméticos, jabones, medias, golosinas y chicles), llevado desde México para negociar ventajosamente los encuentros amorosos.
El viaje resultó por demás divertido y relajante; la comida, la música, la hospitalidad, el clima y la ciudad conformaron una deliciosa semana de vacaciones.
Sin embargo, hubo momentos de desconcierto y hasta de tristeza por la situación de miseria en que vivía prácticamente toda la población y que no pasó desapercibida para nosotros. La primera vez que se hizo notoria fue durante una caminata por la ciudad, cuando unos niños me arrebataron de las manos un paquete de galletas que pretendí regalarle a uno de ellos. Pelearon con furia por la bolsa de papel hasta que se rompió y entonces del suelo recogieron las migajas.
En otra ocasión, un adolescente le pidió a mi esposo el paliacate que le salía de la bolsa del pantalón y que suele usar como toalla, servilleta, cuello, gorra, mantel, contenedor y de muchas formas más. Cuando se negó a cederlo, el cubanito enfureció y le exigió a gritos escupiendo al hablar que se lo entregara. No se lo dio, pero nos impactó mucho el hecho.
Recuerdo la Habana hermosa con su vista al mar y sus edificios coloniales, y sí, es muy parecida a nuestro puerto de Veracruz, sobretodo el bulevar pero menos bullicioso. Recuerdo también la zona del Vedado con sus construcciones majestuosas, al Tropicana con su añejo espectáculo musical, La Bodeguida del Medio cantina de barrio que se hizo famosa por su ambiente sabroso, y desde luego recuerdo el Floridita que revelaba el lujo y esplendor de la vieja Cuba en donde dicen que Heminway, el Nobel de Literatura, inventara (¿o sólo se tomara?) el daiquirí.
Aunque fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982 para preservar su arquitectura y su herencia histórica, la Habana se caía a pedazos. Algunas casas y edificios estaban apuntalados y mostraban con grandes evidencias el deterioro producido por los años y el salitre del mar.
La música se oía a cada paso, en cada rincón. Sin duda, Cuba es una país muy musical, su gente baila y canta igual que respira. El cubano es alegre, aunque a momentos yo no podía explicarme cómo en una situación tan adversa no había dejado de reír.
Bailadores como somos una noche nos fuimos de farra al centro nocturno del hotel pero no bailamos, apantallados por la destreza de las parejas cubanas que inexplicablemente estaban en la pista pues tenían prohibida la entrada, sólo nos dedicamos a observar. Bailaban con maestría, sus cuerpos se movían en una cadencia seductora que disfrutaban sudorosos al ritmo del son.
Una de las cosas que más llamaron nuestra atención fue que el gobierno no permitía a sus propios ciudadanos disfrutar de lugares como hoteles y restaurantes, ni de las famosas “diplotiendas”, que funcionaban en las grandes mansiones que dejaron montadas las familias ricas que salieron cuando la revolución. En esos comercios no había mucho que comprar, algunas guayaberas de un lino fino y delicado, habanos, ron y joyas antiguas. Vendían también pasta de guayaba que envasaban en unas latas doradas rectangulares que en nuestra maleta parecieron lingotes de oro y en el aeropuerto nos causaron problemas. Convertidos en sospechosos, nos vocearon a todo volumen para inquirirnos y hacernos abrir el equipaje.
Los cubanos tampoco podían entrar a las tiendas comunes, sólo algunas parecían hacer excepciones y en ellas se formaban largas filas. Por cada ocho o nueve turistas pasaba un cubano que compraba con dólares americanos adquiridos en el mercado negro.
Mayra y dos amigos suyos nos ofrecieron servicio de transporte que consistía en llevarnos y traernos por la ciudad a razón de 10 dólares el día. El carro en el que nos paseaban era pequeño, ruso y antiguo. Parecía un tanque de guerra que hacían funcionar a base de keroseno pues la dotación de gasolina era mínima.
Conocer lo que fuera la zona comercial en el centro de la Habana nos estremeció. Era como una ciudad fantasma donde los locales que habían sido tiendas estaban oscuros y polvosos, pero lo que más impresionaba era ver decenas de aparadores totalmente vacíos.
Caminábamos por esas calles cuando descubrimos tirado un gran rollo de pesos cubanos en billetes de diferentes denominaciones que más tarde intentamos regalar a nuestros amigos. Los rechazaron no sin antes estampar en cada cara de aquellos trozos de papel sin valor, dedicatorias cariñosas que nos firmaron.
Nos explicaron que con los 10 o 12 pesos cubanos que podían ganar por 30 días de trabajo no compraban ni una pasta de dientes.
La gran contradicción que existía era que aunque la circulación del dólar americano estaba prohibida y ni a los turistas nos quería aceptar los pesos cubanos. Por eso algunos como ellos, conseguían dólares deambulando por las calles cazando turistas, pues la dotación de vales para comida y ropa que les daba el gobierno, era la misma trabajaran o no.
Cuando hablamos de este viaje, siempre recordamos que el primer día de nuestra estancia buscamos una heladería que me recomendó mucho un amigo. Se llamaba Copelia y estaba en el kiosco de un parque que se ubicaba justo frente a nuestro hotel. Nos encontramos con largas filas de personas que esperaban para entrar pero que no lo hacían aunque curiosamente el lugar estaba semivacío. Cuando el que regulaba el ingreso nos escuchó hablar de inmediato nos levantó la cuerda que limitaba el paso. Desde el interior vimos como se suscitaron varios pleitos por el lugar en las filas y la verdad los helados no lo merecían. Más tarde resultó comprensible su deseo de comerlos cuando supimos que esa era la única golosina que el gobierno les fabricaba y eventualmente les permitía disfrutar.
Con el trío de cubanos pasamos mucho buenos momentos. Agradecidos, cuando nos fuimos nos llevaron al aeropuerto acompañados de una botella de ron de la que dimos cuenta en vasos desechables y en “strike”, es decir, el licor sólo y sin hielo. Sobra decir que tuvimos un vuelo muy placentero de regreso.
Nunca olvidaré nuestra estancia en Cuba ni a nuestros amigos Fredy, Bernardo y Mayra, a quienes después mandé una maleta, la más grande que encontré. Iba llena al tope, de ropa, jabones, pastas de dientes, rastrillos para afeitar, dulces y chicles. A petición de ella incluí en el envío, una generosa cantidad de toallas sanitarias y tampones que evitarían que su sábana se fuera achicando cada mes por el pedazo que Mayra le cortaba.
Nos comunicamos por carta por mucho tiempo pero lo complicado y tardado del correo terminaron con nuestra relación epistolar.
Por todo lo que vi y viví en aquel viaje, aplaudo la acción de Obama que por este hecho pasará la Historia como un hombre conciliador y decidido. ¡Bravo Obama!

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