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Palabra de Mujer : ¿USTED NO FUE RAMERO?

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Lety CasillasNo se ustedes que piensen, pero a mi me parece que todo se ha sofisticado demasiado. Las exigencias sociales y la mercadotecnia han hecho de nuestra vida una carrera que nos cansa y nos agobia pero que todos corremos cada vez a mayor velocidad.
Hace años a diferencia de hoy, las celebraciones se vivían en la época que les correspondía, ni antes ni después.
Actualmente, la navidad por ejemplo, se empieza a vivir desde agosto o septiembre. Afortunadamente en la época a la que quiero referirme no había prisa, todo tenía su tiempo, su momento. A los que entonces éramos chiquillos nos crecía la emoción conforme se acercaba la fecha.
Por ahí de los primeros días de diciembre se empezaban a ver las luces navideñas y los arbolitos, que por cierto no se importaban, eran más mexicanos que el Jarabe Tapatío. Los adornos consistían simplemente en esferas de cristal, y luces que no tenían los diminutos tamaños de las de hoy, por el contrario, eran grandes y de colores. En mi casa había unas elegantes flores de hojalata que en el centro se les insertaba un foquito, mejor dicho, un focote que prendía y apagaba siempre a la misma velocidad, sin musiquita ni nada más. Cada serie de luces podía durar lo que la infancia de uno de nosotros.
Terminando las fiestas, series de luces y adornos se guardaban cuidadosamente y así se utilizaban por muchos años, pues no eran de origen chino ni desechables como las de ahora.
Los nacimientos eran tan grandes como lo permitiera el espacio; mucho pascle y musgo a diferentes niveles conformaban el terreno y casi nunca faltaba un lago que parecía espejo, o al revés, un espejo que hacía las veces de lago, en el que curiosamente los peces no nadaban bajo el agua sino sobre ella.
Muchas figuras de barro constituían un pueblo sui generis en el que el borrego podía ser mas grande que el camello, o el elefante mas chiquito que el recién nacido niño Dios, pues las figuritas conforme pasaba el tiempo se rompían y al reponerse no resultaban del mismo tamaño que el resto. De esta manera convivían por más de un mes enanos y gigantes en ejemplar armonía.
Decorado el arbolito e instalado el nacimiento, la neblina, la lluvia y el intenso frío, hacían su parte y el ambiente navideño se respiraba por todos lados.
Y como entonces la televisión no era el centro de nuestras vidas, los niños dedicábamos mucho tiempo a recrearnos contemplando los bizarros nacimientos que despertaban en nuestra imaginación las más variadas historias.
Todo diciembre era de sobresaltos y emoción, espiábamos a los Santos Reyes entre estrella y estrella escondiéndonos para hacer travesuras y arrepintiéndonos a cada rato después de hacerlas, no fuera que como decía mi papá, en lugar de juguetes nos dejaran un cuerno retorcido o simplemente un mojón.
Ya por el día 13 empezaban los preparativos: había que elegir una rama bien verde y grande, no importaba si de aguacate, guayabo o naranjo. Era entonces cuando se empezaban a desaparecer los adornos de los arbolitos de nuestras casas guardados por tantos años y aparecían flamantes el 16 en la majestuosa rama que nos inspiraría “las naranjas y limas” de ese diciembre.
Farolitos de papel que se abrían como abanicos, brillantes escarchas y una que otra esfera, exaltaban nuestro orgullo de rameros. Las corcholatas aplanadas, agujereadas en el centro y ensartadas en un alambre se convertían en sonajas, y en mi caso la marimba de madera de mi hermano que pesaba como 20 kilos, (la marimba), y que teníamos que lomearnos entre todos durante el recorrido porque si no él se negaba a cantar, eran los instrumentos perfectos para el marco musical.
Por fin la noche llegaba y el coro acicalado emprendía su recorrido por las calles. Ahí íbamos bajo el chipi chipi jubilosos y entonados o por lo menos eso creíamos.

Buenas noches venimos señores,
la rama les viene a cantar,
les viene a cantar sus dolores (¿honores?)
a ver que le puede usted dar.

¡Claro que había quien nos daba nuestro aguinaldo!, 20 centavos, 50 y a veces hasta un peso. En ese caso cantábamos alegres aquello de:
Ya se va la rama muy agradecida
Por que en esta casa fue bien recibida.

Sin embargo, no se piense que todo era fácil, había ocasiones en que después de echarle ganas a la cantada, nadie nos abría y era cuando deprimidos y enojados echábamos mano de lo peorcito de nuestro repertorio ramero. Vengativos cantábamos unos versos “mal intencionados” pero divertidos. A lo mejor ustedes se acuerden de ellos y quizá hasta los cantaron.

Ya se va la rama con patas de alambre
Por que en esta casa están muertos de hambre

Y si el enojo era mucho y agarrábamos valor, nos arrancábamos con aquello de:

Ya se va la rama por toda la acera
Porque en esta casa tienen “cagalera”

Seguramente, en las casas donde cantamos este florido repertorio jamás escucharon la última frase, porque aunque el coraje era mucho el miedo era más así que salíamos corriendo antes de terminar.
Mientras las noches pasaban y disfrutábamos cada salida a la rama guardábamos celosos el dinero recibido hasta decidir que destino tendría, repartirlo individualmente o invertirlo en lo que más nos gustaba: Una posada
Con la cantidad de dinero reunida comprábamos lo necesario para hacer pambazos de frijoles con chorizo, refrescos y algunos dulces, aunque en honor a la verdad casi siempre las mamás de los cantores apoyaban el festejo pues nunca alcanzaba para tanto después de comprar la piñata. La escasez de golosinas no importaba, lo mejor era la emoción y algarabía de darle de palazos y nos contentábamos cuando entre guijarros, nos sentábamos a comer cacahuates, tejocotes y mandarinas producto del sudor de nuestra frente, o mejor dicho, de la cantada de nuestra garganta.
Ayer salí a comprar unas figuras de barro que faltaban en mi nacimiento y cuando estuvieron colocadas al observarlo me sonreí pues descubrí que el caballo de Melchor parece perro.
Desde aquí formalmente les hago a todos una petición: Si tienen niños en casa organícenles una rama y acompáñenlos a la cantada, pues está a punto de extinguirse esta hermosa tradición auténticamente veracruzana. Si tienen suerte y a sus puertas llegan unos rameros denles sus aguinaldos no sea que vengativos les vayan a cantar los versitos de “la acera”.