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Sabado, 19 de Setiembre de 2020
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Posdata

LUIS_VELAZQUEZ

Un cadáver tirado en el cañaveral

•Cinco días desaparecido en el municipio de Yanga, el joven de 25 años se topó con la muerte. Luego, los zopilotes peleaban tragarse los ojos cuando unos jornaleros descubrieron su cuerpo

•Identificado por un par de tatuajes en los hombros

Iban los campesinos caminando por una vereda en medio de los cañales en el ejido Los Mangos, casi a la orilla de la vereda. Uno de ellos miró la posición del sol y calculó la hora. Han de ser como las 2 de la tarde, les dijo. Y siguieron platicando.

Entonces, uno de ellos aguzó el olfato, asmático como es, y sintió un olor desagradable que emergía de entre los cañaverales. Parecía el olor de un cuerpo humano en una rara y extraña mezcla de un cuerpo descompuesto, con olor, digamos, a basurero.

Se lo dijo a los otros. Y los otros respiraron y expiraron y asintieron con la cabeza. Se pararon en seco.

A la expectativa, con los machetes fueron tronchando las ramas de las plantas de la caña de azúcar y se toparon con unos zopilotes, a los que de inmediato asustaron revoloteando el machete y a gritos.

Los zopilotes apenas habían descubierto su mina de oro y por eso mismo esculcaban el cuerpo de aquel hombre para asestar el picotazo en sus ojos, lo primero que se tragan cuando saben y detectan que se trata de un cuerpo humano.

Los campesinos olieron el cadáver y por el grado de putrefacción calcularon que tendría más de 72 horas sin vida.

Miraron su cuerpo y se detuvieron en los rasgos de la cara. Ha de tener unos 25 años, dijo uno, mirando el estómago sin grasa, los bíceps fornidos, las piernas sólidas.

Otro recordó que desde cinco días anteriores, en el poblado Las Palmillas, en el pueblo de Yanga, los familiares reportaron la desaparición de su hijo. Abel, dijo, parece que se llama.

Con todo y el olor del cadáver siguieron escudriñando. Lo torturaron, exclamó uno cuando miró las huellas. Otro supo que también estaba degollado.

Jornaleros, acostumbrados a la vida provinciana, la paz de los espíritus, el respeto al derecho ajeno, fueron a la comandancia policiaca; el paso apresurado, el corazón en el latido cardiaco, y reportaron el hallazgo.

“Vamos” dijo el policía. Y aun cuando el trío de campesinos se resistía entre ellos mismos dijeron que si los tres habían descubierto el cadáver los tres irían. Ni modo de lavarse las manos y dejar que solo uno fuera. No se valía arrugarse.

LOS TATUAJES AYUDARON A SU IDENTIFICACIÓN

Una funeraria del pueblo levantó el cuerpo, pues, ya se sabe, las funerarias viven, como zopilotes, a la espera de la muerte para ganar el cadáver a las otras.

Incluso, ya querían preparar el cuerpo para meterlo al féretro.

Pero el comandante Carlos Samuel Hernández Martínez fue contundente: al Forense, dijo.

En el forense el empleado de turno revisó el cuerpo. Y descubrió unos tatuajes.

Uno, en el antebrazo izquierdo, con la palabra “Flores”, que luego sabrían se trataba de su apellido: Abel Flores Méndez.

Y el otro tatuaje, en el hombro derecho, con la figura de una estrella, que bien pudo haber sido la estrella de Belem.

Fueron los datos para que el muchacho de 25 años fuera identificado. Era el mismo levantado en su pueblo, Palmillas, 5 días antes.

Torturado, cierto. Degollado, cierto. Asesinado, cierto. Tirado a la orilla de un cañaveral, cierto.

Sólo faltó, como es habitual en el camino de Omealca a Tezonapa, que su cadáver fuera tirado en algún pozo artesiano, convertidos en panteón particular de los malandros, de igual manera como en el siglo pasado, tiempo de Agustín Acosta Lagunes gobernador, lo acostumbraba Toribio “El toro” Gargallo, aquel cacique asesinado en un fuego cruzado con la policía.

La policía avisó a los familiares y se adornaron: encontramos el cadáver de su hijo, aseguraron a los padres.

Ese mismo día, en Xalapa, el procurador de Justicia, Luis Ángel Bravo Contreras, revelaba en su comparecencia en la LXIII Legislatura, que de los 650 desaparecidos, 144 menores de edad, registrados en su carnet en el primer semestre del año que corre (el año de los Juegos Centroamericanos y de la Cumbre Iberoamericana, también el año de Ayotzinapa y la Casita Blanca de Las Lomas), ahora llegaban a 2,055.

Tan sólo en la región de Potrero, ahí donde una chica de 16 años fue secuestrada, desaparecida, ejecutada y tirada en un lote baldío donde, parece, los zopilotes se tragaron sus ojos, el número de levantados llega a 26, convirtiéndose así, quizá, en el infierno de Veracruz en competencia con la Cuenca del Papaloapan, primer lugar estatal en fosas clandestinas.

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