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Veracruz, igual que la Cuba de Fidel Castro

 

  • Jorge Castañeda dice, en su libro “Amarres perros”, que en un tramo de la historia La Habana, con Fidel Castro, se convirtió en un país productor de mesalinas de entre 15 a 14 años

  • El mismo fenómeno se repite en Veracruz

 

LUIS_VELAZQUEZJorge Germán Castañeda Gutman cuenta en su último libro, “Amarres perros”, su biografía, que un tramo de la Cuba de Fidel Castro La Habana se convirtió en un país productor de trabajadoras sexuales de entre los 15 a 40 años, incluidas mujeres y hombres y que en el mundo se conocían como “las jineteras”.

Aquel fenómeno fue considerado, incluso, como un testimonio del fracaso de la revolución, pues de algún modo reproducía la Cuba de Fulgencio Batista, que la convirtió en el patio trasero de Estados Unidos, donde los fines de semana la fauna norteamericana pudiente llegaba para refocilarse con las cubanas.

Y, bueno, toda proporción guardada; pero Veracruz así parece haber terminado, es decir, con un disparo en la prostitución ante el manifiesto fracaso de la política económica ideada por el fino y exquisito Érik Porres Blesa, secretario de Desarrollo Económico.

Lo dice, por ejemplo, la investigadora Patricia Ponce, autora del libro testimonio La guerreras de la noche, de que la tierra jarocha mudó en la entidad federativa número uno del país en producción y exportación de cortesanas.

Lo testimonian, de igual manera, las páginas de los periódicos con anuncios sexuales al por mayor los fines de semana.

Lo testimonian algunas ONG, la más puntual alrededor del Valle de Orizaba, con el disparo de la prostitución, incluso indígena, pues los hombres se fueron a la frontera norte y Estados Unidos de migrantes y abandonaron a la familia por completo  con nuevas parejas en el otro lado.

Lo testimonia, incluso, la Comisión Estatal de Derechos Humanos cuando a través de su Unidad de Género denunció que las mujeres migrantes de Veracruz a EU eran cooptadas por los traficantes de carne humana y obligadas a cometer 50 actos sexuales sólo fines de semana, más entresemana.

Lo testimonian el aumento en las casas de cita, incluso, con jovencitas que llevan una doble vida.

Y de paso, hasta la prostitución universitaria.

He ahí, pues, uno de los alcances de la Sedeco de lo que, claro, nadie habla porque perturba a las buenas conciencias, a la gente bonita, a la sociedad VIP.

 

MALA VIBRA

 

El dato resulta estremecedor si se volta la tortilla en el comal y se advierte la contraparte:

Uno. Veracruz, en uno de los cinco lugares en feminicidios y agravios y lesiones a los derechos de la mujer.

Dos. El alto número de mujeres desaparecidas cuyos familiares se han lanzado a la calle en caminatas de protesta, y más con las humillaciones del procurador de Justicia de que las mujeres huyen con el amante y, por tanto, nadie puede hablar de levantones.

Tres. El gigantesco número de mujeres desaparecidas y secuestradas, todos los casos en la impunidad.

Cuatro. El secuestro de menores por los traficantes de carne humana, lenones.

Cinco. La marginación política de las mujeres. De 212 presidentas municipales sólo 22 son mujeres. De los 18 secretarios del gabinete legal del gobierno de Veracruz sólo una es mujer. De los 50 diputados locales sólo 13 son mujeres. De los 30 diputados federales sólo 13 son mujeres. Y de los tres senadores priistas, ninguna es mujer.

Es decir, que el lado del águila y del sol, la población femenina de la tierra jarocha termina el año con una mala vibra, sin que nada alimente la esperanza de que las cosas cambien.

 

CRUDA REALIDAD

 

El más grave daño es el fracaso de la política económica de Érik Porres.

Y más, porque el 55 por ciento de la población de norte a sur y de este a oeste es femenina.

Y más porque a cada rato la elite política “se corta las venas” por las mujeres y todo termina en un rollo mediático a 8 columnas, en portada, sin mayor trascendencia.

Bastaría referir que en las ocho regiones indígenas de Veracruz el mayor número de los pueblos están dominados por mujeres y niños y ancianos, constituyendo las mujeres el sustento del hogar con su forma tradicional de sobrevivir, haciendo faenas domésticas en otros hogares, echando tortillas, incluso trabajando en el surco, pidiendo limosna.