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Posdata: La cara que cada uno tiene

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•Un día, en París, a Carlos Fuentes lo confundieron con Jorge Negrete y dijo: “Soy su primo hermano”. Otro día en Boca del Río, a Enrique Levet Gorozpe confundieron con Carlos Fuentes y dijo, iracundo: “¡No soy!”

•Uno es el rostro que creemos tener y otro el que proyectamos

LUIS_VELAZQUEZEn París, a Carlos Fuentes Macías, el escritor, le fue bien cuando un día un francés le pregunto si era Jorge Negrete.

Sonriente, bromista, el cronista de “París, la revolución de mayo”, contestó: “Soy su primo hermano”.

En Boca del Río, una mañana al viejo cacicón del FESAPAUV, Enrique Levet Gorozpe, le fue mal cuando un turista le preguntó si era  Carlos Fuentes.

Endurecido el rostro, la ceja fruncida, dijo: “¡No!”.

Pero a Jorge Arias le fue peor cuando un día en la ciudad de México, parado afuera del hotel donde se hospedaba, con un estacionamiento de taxis enfrente, un turista le dijo: “Señor taxista, me puede llevar a…”?

Y Jorge Arias, herido en su amor patrio, aclaró que no era taxista.

Bueno, otro día, en un viaje del ADO de Veracruz a Coatzacoalcos, en San Andrés Tuxtla subió una señora de unos 70 años, y cuando lo miró a la mitad de los asientos se le acercó, porque lo confundió con un sacerdote.

“¿Me da su bendición?” le dijo y Jorge Arias se la dio porque así, ni hablar, la señora se retiró feliz a buscar su asiento.

Un día, una novia le dijo que en su cara se parecía a David Reynoso, el más feo de los artistas feos, en la película aquella “Viento negro”, la ceja con abundante pelo, el ceño fruncido, el rostro duro y redondo, los ojos llenos de coraje social, el resentimiento y el odio mezclados.

“Lo siento, quise operarme para parecerme a Tom Cruise y terminé pareciéndome a David Reynoso” dijo Jorge Arias a la novia.

La chica aquella, por fortuna, sintió la delicadeza y le pidió perdón casi casi de hinojos.

TODO EN ÉL ERA VIEJO, MENOS SUS OJOS

Y es que, bueno, un psicólogo dice que en la vida creemos tener una cara; pero en realidad proyectamos otra.

Claro, Arthur Rimbaud, el poeta maldito, solía decir que la vida empieza y termina frente a un espejo.

Él, sin embargo, a los 17 años de edad había publicado su obra maestra y entonces desapareció del mundo y se perdió en el anonimato.

Sara Luz Herrera, expresidenta municipal de Alvarado, quiso mudar de rostro de cuando era trabajadora doméstica de Delia Pensado Ortiz a edil, y entonces se aplicó mínimo ocho operaciones plásticas en rostro y cuerpo e iba por la penúltima en el pie pues tiene seis dedos, y como el tiempo constitucional llegaba a su fin, le faltó espacio.

El secretario de Desarrollo Social, Jorge Alejandro Carvallo junior, quiso cambiar de naricita y se operó y luego de abdomen.

Hay quienes aseguran que la presidenta del CDE del PRI, Elizabeth Morales García, lleva unas cuatro, cinco operaciones en la cara; pero, bueno, Elmo nació y Elmo seguirá.

El caso es que por más hazañas plásticas que pudieran darse, ningún cirujano opera el alma y el espíritu y el corazón para sanear la vida misma, y que es de donde proviene la fuerza biológica de un ser humano.

Por eso, y más que deseemos cambiar de rostro, expresión facial, tonalidad de la mirada, los años vividos y los sentimientos anidados adquieren su impulso natural y tal cual la irradiamos hacia fuera.

Un compadre que tenía en el pueblo, qepd, de pronto, zas, ni modo, la vida es así de canija y sorpresiva, se metió de malandro y al ratito tenía dinero para hacerse todas las operaciones plásticas de la vida.

Le hicieron una, dos, tres, cuatro operaciones y nunca lograron cambiarle el tono de la mirada que era de un peleador callejero, mal encarado, bravucón y bragado, capaz de madrearse a sí mismo en la noche si las horas del día habían transcurrido en blanco.

El único consuelo, por ejemplo, es cuando como en el caso andas cargando un rostro con mirada patibularia y un día, de pronto, descubres que otros la tienen peor, entonces, gracias a Dios, resulta que se tiene competencia y con el tiempo y un ganchito hasta un club de los hermanos Almada puede formarse.

En fin, hay cosas que en la vida nunca mudan como es la mirada. Lo describe Ernest Hemingway cuando habla de “El viejo y el mar”, Santiago, que le cuidaba su yate, diciendo de él que a los 70 años todo en él era viejo, viejas las arrugas de la cara y del cuello y del cuerpo; pero en cambio, sus ojos tenían la mirada limpia y nítida, llena de enjundia, de un joven de 15 años.

Hemingway lo describe así: “El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Sus mejillas mostraban las pardas manchas del benigno cáncer de piel que en el mar tropical produce el sol con sus reflejos”.

“Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos”.