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Sabado, 19 de Setiembre de 2020
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Veracruz, ensangrentado

LUIS VELÁZQUEZ

 

•Las últimas horas como las anteriores y las anteriores con jarochos levantados, torturados y asesinados 

•Apapacharon malosos a políticos en el fidelato 

•Fueron dueños hasta de los reclusorios 

 

Igual que el resto de la nación, Veracruz está ensangrentado.

Las últimas horas, por ejemplo:

Las Choapas. Un taxista, levantado, torturado y ejecutado.

Huatusco. Otro joven desaparecido, más los tres estudiantes que van.

Xalapa. En el bar “El corral”, un par de sicarios, originarios de Veracruz, Zetas en Mérida, matan a un parroquiano cuando iba al baño “sólo porque los miró feo”.

Tierra Blanca. Otro hombre aparece sin vida en un cañaveral.

Tamiahua. La señora de 77 años, Antelma Cruz, asesinada… sólo para robarle.

Y en Acultzingo, la tragedia más significativa de las últimas horas: el asesinato del presidente municipal. Desaparecido 10 días antes, al parecer, secuestrado por los malandros.

Ahora, ni el síndico ni tampoco el alcalde suplente desean aceptar el cargo, cuando todavía faltan tres años y dos meses y, ni hablar, el Congreso nombró a un tercero en discordia.

Por una sola razón, la misma: los malosos se han adueñado del pueblo y la región.

Tan es así que semanas anteriores el ejército descubrió ahí un campo de entrenamiento de los Zetas.

Y ni hablar, al despacho del secretario General de Gobierno, Érick Lagos, la víbora chillando ha llegado: igual que en otras latitudes geográficas de la república, los carteles han filtrado y adueñado de los alcaldes.

El mismo Veracruz se vivió, por ejemplo, en el sexenio anterior.

 

EXALCALDES APAPACHADOS POR LOS NARCOS 

Juan Alfredo Gándara Andrade, entonces alcalde de Poza Rica, contaba que una noche, a las 24 horas, supervisaba la pavimentación de una calle en el centro de la ciudad y de pronto, zas, se le apareció un Zeta, el jefe de la plaza.

Solitos a la mitad de la noche, platicaron, quizá habrán negociado porque nunca, jamás, se conoció el desenlace.

Para su fortuna, semanas después en el estacionamiento de una plaza comercial hubo un tiroteo entre los marinos y los malosos y el jefe Zeta murió.

Claro, habrían nombrado un sucesor…

En aquel tiempo de igual manera trascendió que una noche, la alcaldesa jarocha,  Carolina Gudiño Corro, fue interceptada en el bulevar por los malandros.

Y hablaron. Sabrá la astróloga y los santeros cubanos el resultado.

Por eso, nadie hoy, y a partir del alcalde de Iguala y su esposa con el caso de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, nadie duda que en Veracruz también los malosos han filtrado a los políticos locales.

 

LA MANO DE LOS MALOSOS 

Al principio del Duartismo, varios alcaldes fueron ligados a los malosos.

Una edil de Tlacojalpan, secuestrada y ejecutada.

Otro edil, de Las Minas, desaforado para ser investigado.

La expresidenta municipal de Alvarado, Sara Luz Herrera, está privada de su libertad en el penal de Amatlán por el asesinato de su secretario particular, sus amistades peligrosas, el daño patrimonial al erario público por 38 millones de pesos y el emplacamiento de automóviles, propiedad de los narcos, cuando fuera jefa de la oficina de Hacienda en San Andrés Tuxtla.

En Soledad de Doblado el exalcalde panista, Enrique Marín, fue ejecutado por los malosos en complicidad con unos policías y un agente de tránsito.

El exalcalde de Tampico Alto fue citado en una plaza comercial en Tampico, Tamaulipas, y desde entonces, ninguna pista.

 

LOS MALANDROS EN EL FIDELISMO 

Por un lado, entonces, Veracruz sangrando, porque los malosos se han adueñado de la vida cotidiana.

Pero, además, poco a poco, pian pianito, han ganado espacios, como en Guerrero y Tamaulipas, donde ahora extorsionan al personal médico del ISSSTE, a quienes cobran “el derecho de piso”.

Y, por el otro, un Veracruz donde también los políticos han sido filtrados.

Por eso es que el experto electoral, Zeferino Tejeda Uscanga, se desempeñó de manera breve, debut y despedida, como director de Prevención y Readaptación Social en el sexenio anterior.

Dos, tres días después de haber tomado posesión, el teléfono rojo, el directo, sonó y pensó que era el gobernador Fidel Herrera.

Eran un jefe narco que le hablaba para decirle que tal cual era el acuerdo con sus antecesores y les dijera la cuenta bancaria donde le harían el depósito mensual.

Zeferino colgó de inmediato el teléfono, pero al día siguiente y al siguiente y al siguiente, el jefe narco insistió.

Así, habló con su padre, su máxima autoridad en la vida, y el acuerdo fue la renuncia.

Tejeda Uscanga presentó la dimisión a Fidel y Fidel le insistió en que aguantara vara.

Estableció un plazo para que el gobernador buscara un relevo, y cuando los días pasaban sin respuesta, entonces, renunció y nunca más, en el resto del sexenio, cruzó palabra con el fogoso.

Y, por supuesto, el desenlace con el sucesor de Prevención Social nadie lo conoció; pero siguió al frente…

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