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Voto por correo

Juan Manuel Vázquez Barajas (Twitter: @juanmanuel_vb)

Siempre es bueno mantener una mente abierta para aprender de los demás. A lo largo de este año de pandemia, las elecciones alrededor del mundo han producido resultados mixtos en cuanto a la cantidad de personas que participaron en estos ejercicios. Algunos países vieron una caída en la participación ciudadana, mientras que otros han logrado mantener (o inclusive incrementar) la cantidad de electores que votaron este año.

Mientras que, en las elecciones de Coahuila e Hidalgo, hubo una caída en la participación el mes pasado, nuestro vecino del Norte se está preparando para una de las elecciones más participativas de su historia contemporánea. Los Estados Unidos se caracterizan por elecciones con baja participación, siendo que inclusive en años presidenciales a penas se logra una participación promedio por debajo del 60%. Sin embargo, este año se pronostica que 65% de los electores podrían definir la permanencia de Donald Trump en la Casa Blanca.

¿A qué se debe esta participación casi inédita? La realidad es que hay muchos factores que pueden influir, varios de ellos políticos. Sin embargo, este año tiene una característica bastante particular: mucha más gente va a votar por correo que en cualquier elección pasada.

A diferencia de nuestro país, las elecciones en los Estados Unidos no son organizadas por una autoridad nacional, sino por los propios estados. Sumado a ello, los congresos estatales definen las leyes electorales que rigen tanto a las elecciones locales, como a las federales dentro de sus fronteras. Esto significa que los estados tienen mayor libertad para flexibilizar (o endurecer) su sistema electoral, conforme lo consideren pertinente.

En México, hemos luchado por garantizar que todos nuestros ciudadanos tengan un acceso parejo a los derechos político-electorales, sin importar su lugar de residencia. Sin embargo, debemos reconocer que al hacerlo hemos generado un modelo inflexible que depende de la votación presencial en papel para poder funcionar.

En contraste, nuestros vecinos han sido capaces de adaptarse con mayor facilidad al reto que presenta la pandemia del COVID-19. Veamos algunas cifras; en la última elección presidencial de 2016, los votos por correo postal representaron más del 50% en únicamente 7 de los 50 estados de la Unión Americana. De estos, solamente Colorado, Oregón y el estado de Washington tuvieron más del 85% de sus votos enviados por correo.

Un estudio organizado por un observatorio de universidades norteamericanas indica que este año hay un incremento radical en la cantidad de votos emitidos por correo. Este año, 40 estados esperan recibir más del 50% de sus votos por correo postal.

Este cambio tiene sentido dada la situación actual, ya que permite que los ciudadanos ejerzan su derecho a votar sin poner su salud en riesgo al acudir a un centro de votación. Pero también representa una gran oportunidad, ya que permite una mayor facilidad para el votante, lo cual podría traducirse en una participación más amplia a futuro.

A un día antes de la elección, ya habían votado 93 millones de estadounidenses, un 39% del electorado. En comparación con las elecciones pasadas, ello representa un incremento de dos terceras partes. Faltará ver cuántas personas acuden a las casillas el 3 de noviembre para ver si realmente se genera un incremento sustancial en la participación total. Aún así, la tendencia apunta a que esta flexibilización va a permitir un incremento importante.

Para aprender de cómo podríamos flexibilizar nuestro modelo en México, es importante saber cómo nuestros vecinos del Norte manejan su voto por correo. Para empezar, las personas en Estados Unidos que se registran para votar tienen la opción de optar por voto por correo. Esto significa que desde el momento que se registran, pueden pedir que se les envíen sus boletas directamente a su domicilio. Una vez que las reciben, el ciudadano cuenta con un instructivo a seguir para el llenado y envío de su voto.

Para este último, típicamente se tienen dos opciones: el ciudadano puede enviar su voto usando el sistema de correo postal tradicional, el cual puede ser más conveniente dada la mayor accesibilidad de cajones postales; o bien, puede depositarlo en algún centro de recepción oficial. Ambas de estas opciones permiten que la persona deposite su voto en un momento previo al día de la elección, permitiéndole participar en el momento que mejor le convenga.

Una vez que la autoridad recibe estos votos, tiene que almacenarlos y resguardarlos en un lugar seguro, ya se su conteo no puede empezar hasta que se cierre la votación el día de la elección misma. Ello implica que, en muchos lugares, no se conocerá el resultado definitivo de la elección hasta que se computen todos los votos por correo. Ello puede extenderse a días después de la elección, lo cual puede ser un riesgo para la certeza en caso de una elección sumamente cerrada.

Sin embargo, este es un riesgo que en México también tenemos, inclusive sin voto por correo. Dado que empezamos a contar los votos hasta el día miércoles después de la elección, tardamos casi una semana en conocer los resultados definitivos de una elección.

Existen alternativas para eficientar estos procesos, tales como el voto por internet que el INE implementará para mexicanos residentes en el extranjero. Gracias al uso de la tecnología, esta alternativa nos permite flexibilizar los tiempos de votación sin generar un mayor retraso en el cómputo de los votos.

Cual sea que sea el mecanismo, es importante que veamos más allá de nuestro sistema actual para considerar los costos y beneficios de nuevas herramientas para votar. Como nos demuestra el caso de los Estados Unidos, un modelo más flexible permite que el ciudadano ejerza sus derechos con mayor facilidad y sin miedo a exponer su salud.

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